martes, febrero 24, 2026
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Baal y Santa Marina

Por Alfonso de la Vega

Recientes lamentables acontecimientos han movido especulaciones sobre la vigencia actual del terrible culto a Baal. Me han hecho recordar las impresiones que experimenté durante una visita a Santa Marina de Aguas Santas en Orense. No me refiero a su extraordinaria iglesia románica existente en la plaza mayor de esta pequeña localidad sino a otro lugar próximo situado en las afueras, cruzando un robledal centenario, cerca de lo que fuera una villa romana conocida como Castro da Atalaia de Armea y de una calzada romana.

Existe un recinto con la planta de lo que iba ser una iglesia templaria, de la que se conserva una cripta, bajo los restos del templo inconcluso conocido como iglesia de la Ascensión, vinculada a las legendarias peripecias de Santa Mariana. Se trata de un recinto misterioso que hoy posee muy malas vibraciones opresivas enclavado junto a un hermoso robledal dotado con ejemplares centenarios y reminiscencias precristianas o de otras formas heterodoxas de entender lo sagrado.

Rememorando los relatos de Poe o las leyendas de un poeta tan bien dotado para el psiquismo como Bécquer, parecería que al asomarnos a la misteriosa cripta pudiéramos sentir el escalofrío del sufrimiento, escuchar el canto de un miserere alucinante y desesperado o quizás oiríamos los fantasmagóricos sonidos vocales recuperados de Oriente de algún misterioso ritual iniciático en el que los caballeros se preparaban para cumplir las obligaciones de la milicia. Un combate doble: contra las propias pasiones pero también contra el enemigo externo. Existen restos de lo que parecen tumbas antropomórficas propias de los clásicos rituales de muerte y resurrección aparentes que recuerdan los del cercano primitivo cenobio de San Pedro de Rocas, pero desconocemos de cierto qué ritos o actividades se desarrollaban en tan enigmático recinto.

Según la leyenda más difundida, Santa Marina habría nacido en el siglo II en Braga. La hagiografía la presenta como hija de un gobernador romano. La tradición refiere que su madre dio a luz a nueve niñas en un mismo parto. Temiendo ser acusada de infidelidad, ordenó que las mataran, pero una criada cristiana desobedeció la orden y las entregó a familias creyentes, que las criaron en secreto y las educaron en la fe cristiana. Pero luego fueron denunciadas ante la autoridad romana. Conducidas ante el gobernador, que ignoraba su parentesco, se negaron a apostatar, de manera que fueron encarceladas y sometidas a tormentos. Tras escapar o dispersarse, habrían sufrido martirio en distintos lugares.

En el caso de Marina, primero fue arrojada a un horno pero sobrevivió milagrosamente al fuego, como una especie de ave fénix, por lo que fue condenada a muerte por decapitación. La leyenda narra que, al caer su cabeza al suelo, brotaron tres manantiales de agua lo que explicaría de forma simbólica el topónimo de Aguas Santas y el posterior carácter sagrado del lugar, convertido más tarde en centro de peregrinación. El director sueco Bergamn inmortalizó un caso parecido en El manantial de la doncella. También cabe recordar en el santuario pacense de la Virgen de Ara otra leyenda similar: la princesa mora Erminda consigue la cura de la ceguera de su padre el reyezuelo Jayón quien tras la revelación o apertura al mundo espiritual también se convierte al Cristianismo. Aparecen como arquetipos tradicionales el agua y la fuente. La doncella que va al manantial. La fuente como centro. Según Justino mártir “como una fuente de agua viva de Dios manó este Cristo en los paganos privados del conocimiento de Dios, el Cristo que se manifestó también a vuestro pueblo, y que curó a los que por nacimiento y por la carne eran ciegos, mudos o paralíticos…”.

Y San Juan, el gran poeta místico español nos lo explica: “Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche.”

El de Santa Marina se trataría de un caso más del fenómeno de porfidización mitológica o redefinición de mitos precedentes. Sobre todo  cuando se tiene en cuenta el fuego y se compara el tenebroso lugar orensano con un Tofet fenicio dedicado a Baal como el de Cartago, según puede observarse en las ilustraciones, la primera tomada por mí en el sitio.

En el contexto de los Tofet, el culto de Baal o Moloc en Cartago se ha asociado históricamente con la entrega de los primogénitos como sacrificio para asegurar la prosperidad. Pero no solo en Cartago.  Baal: Significa «Señor» o «Amo» y era una deidad antigua de varios pueblos del Próximo Oriente.

La palabra hebrea Tôfeth, altar de acuerdo con la pronunciación masorética, el término adquiere el significado de ‘lugar aborrecible’. Pero otros comentaristas creen que deriva de la raíz aramea, «arder», ‘quemar’; por tanto, significaría ‘lugar donde arde o se quema algo’. Así el lugar en el valle de Hinom donde, en los días de ciertos reyes de Judá, se ofrecían sacrificios de niños consumidos por el fuego en los altares de Moloc.

En efecto, la propia Biblia se hace eco de esta terrible cuestión en relación con los judíos. En tiempos de Isaías y Jeremías había muchos habitantes de Jerusalén que inmolaban a sus propios hijos, quemándolos vivos, Jeremías 7  31:  “han edificado los lugares altos de Tofet, que está en el valle del hijo de Hinom, para quemar al fuego a sus hijos y a sus hijas, cosa que yo no les mandé, ni subió en mi corazón”. O en 2 Reyes 23; “Asimismo profanó a Tofet, que está en el valle del hijo de Hinom, para que ninguno pasase su hijo o su hija por fuego a Moloc”.

Las leyendas y tradiciones son tan restos arqueológicos como los materiales que hay que saber interpretar. Sea como sea la leyenda de Santa Marina nos recuerda que el imperio del mal bajo uno u otro disfraz o pretexto sigue vigente. IGNI; la naturaleza se renueva por el fuego.  Y el agua: ¡Oh cristalina fuente / Si en esos tus semblantes plateados/ Formases de repente/ Los ojos deseados/ Que tengo en mis entrañas dibujados!

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