Por Alfonso de la Vega
Menos los precios que están por las nubes últimamente la cosa está por los suelos. No faltan ejemplos, además del propio prestigio de las instituciones del régimen borbónico:
Vistoso y marcial desfile en Galicia el que nuestras FFAA lucen sus habilidades de salón, la bandera nacional por los suelos.
Vistoso y marcial desfile en Madrid en que mientras el jefe de gobierno de Su Majestad es recibido de modo entusiasta al grito unánime de “hijo de p”, hijo de p”, el joven genio militar de los tres ejércitos y el espacio pierde el toisón de oro regalado por su padre en virtud de la meritísima hazaña biográfica de será primogénita: Se trata de la máxima la máxima condecoración civil y honorífica que otorga la Corona española, procedente de la Casa de Borgoña.
La actual Orden del Toisón de Oro de la que la princesa Leonor es flamante caballero desde 2018 a la tierna edad de 12 años fue establecida el año 1430 en la iglesia de San Bertín por Felipe Primero, llamado El Bueno, Duque de Borgoña, famoso según los viejos cronicones por su “gran liberalidad con los pobres, afabilidad con los vasallos y todos los príncipes extranjeros. Gastó infinitas riquezas en socorrer y amparar a los necesitados vasallos, viudas, huérfanos y pupilos, en enriquecer a sus amigos y favorecer a muchos señores…”
Una Orden de Caballería con unos objetivos muy claros: “El instituto fue para mantener la Iglesia de Dios y la noble Cavallería del Toisón, a ejemplo del valeroso Gedeon, capitán de los israelitas, y su vellón o de Jasón, u otro cualquier ejemplo, pero el fin fue la defensa de la Ley Christiana”. Durante la solemne ceremonia tradicional de entrega del Collar del Toisón de oro el Maestre exhortaba al nuevo caballero para que cumpla diferentes juramentos y preceptos. Y a que el collar que ha de llevar “lo sea en gloria de Dios, de toda la Christiandad y ensalzamiento de la Santa Iglesia, y en honra y aumento así de esta orden universal como privadamente a fama, reputación y alabanza vuestra en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”.
Una pena que tantas y tan buenas disposiciones terminen arrastradas por los suelos tras siglos de historia. Pero lo que “poco cuesta, poco se valora”.
Pero quizás la más curiosa de las caídas por los suelos sea la risible costalada propia de película muda que se ha dado la altiva consorte al subirse muy estirada a un pesquero dentro de la campaña de blanqueo de la Monarquía y confraternización con el populacho.
Afortunadamente, aparte del ridículo de la afectada, no se han lamentado desgracias personales, ni practicado detenciones. Cabe sospechar por los más supersticiosos que la costalada pudiera tener carácter premonitorio.

