Por Alfonso de la Vega
No está el horno para bollos, con Ceuta indefensa a merced del enemigo, la marina de guerra marroquí atacando con pulsos electromagnéticos o paseando por nuestras aguas territoriales como Pedro por la Moncloa, los rojos manteniendo la simbólica humillación al un lugar casi sagrado del patriotismo español como es la Puerta del Sol convertida hoy en un hediondo estercolero socialista, lanchas del narcotráfico agrediendo impunemente a la guardia civil desarmada por Marlaska, quien también pone en peligro a la ciudadanía pacífica e incluso a sus propios agentes de policía…En fin, un suma y sigue interminable que el lector ya conoce de traiciones y felonías por no hablar de la amenaza del autogolpe, la dictadura comunista, el aumento de la pobreza, el deterioro inducido de la clase media, la corrupción institucionalizada, los desfalcos o del hostigamiento criminal de jueces en el ejercicio de sus funciones.
No, no está para bollos, pero los Borbones históricamente van a lo suyo que es lo contrario de lo nuestro. Viven en su lucrativo Olimpo, caiga quien caiga, solo afectado por sus intrigas familiares, odios intestinos, trifulcas personales e infidelidades mutuas. A pocos kilómetros de donde solo dos días antes miembros de la tercera fuerza política española y sus simpatizantes pacíficos, torpemente «defendidos» por Su gobierno eran violentados por hordas rojas, celebran como si nada malo pasase un acto de afirmación monárquica. Un sarao, remedo provinciano de los Nobel, que además de su insensible frivolidad adquiere tintes casi obscenos en las actuales circunstancias que padece la nación bajo el reinado de don Felipe VI. Una Monarquía que consiente o considera natural la creciente inseguridad en las calles no solo de la invadida y abandonada Ceuta sino de toda España.
Un acto ridículo, falsario, inoportuno, prescindible, que a diferencia de la honrada gente común se encuentra super protegido. Y dispuesto para que la feliz princesa de cuento se luzca engarzando tópicos y vaciedades ante su heroico papá que, con lágrima fácil en este caso, asiente conmovido y muestra más emoción con las hueras ensoñaciones e insustancialidades de la hija, que con los infortunios ciertos de su pueblo bajo su desastroso reinado. Que, como explicaba Baroja de otro de sus ancestros, “era hombre de cortos alcances, egoísta y torpe…. Don Carlos, llamado séptimo por los carlistas, era un patán acromegálico, rijoso y cínico, y Alfonso XII, señorito insignificante, no lo era menos.
Eran los tiempos de la Gloriosa, otra ocasión histórica perdida, en la que ambas virtuosas ramas fraticidas borbónicas seguían disputándose el Trono a costa del bienestar del pueblo español desde la muerte de Fernando VII.
Sin embargo, choca este diagnóstico profesional de médico con la de los cortesanos según revelador testimonio de Julio Nombela. La diferencia insalvable entre la versión de la Monarquía y de su pretendiente titular con la que sus propagandistas intoxicaban al populacho y la propia realidad.
Un ejemplo de lo que sus hagiógrafos sobre el auto titulado duque de Madrid:
“don Carlos sabe lo que hemos perdido desde que invocando la libertad, se nos ha reducido a esclavos, y con el corazón lleno de fe, con el alma fija en Dios y los ojos en el porvenir, viene a abrir una era de prosperidades para la deprimida España por el régimen constitucional, devolver la paz y la armonía a las familias, la riqueza a nuestro suelo, la tranquilidad a nuestra España, la preponderancia a nuestra patria y brillantes páginas a nuestra épica histórica.
Yo he conocido a Don Carlos de Borbón y de Este y siendo hijo del pueblo y amando a pueblo me felicito al presentar esa bella esperanza a los ojos de ese pueblo… no hay miedo de que se desdore don Carlos no cumpliendo lo que promete, es harto noble, es harto honrado para manchar sus labios y su reputación con una incalificable compostura, quede tan solo esto para aquellos que, dueños de su propia honra, no tienen ni un pasado que les pueda acusar, ni una nación que les pueda exigir cuentas de sus compromisos, como tiene Carlos VII, El Restaurador”. A lo que un decepcionado y sincero Nombela opone su “también los escritores carlistas engañaban al pueblo, unos sin saberlo, otros a sabiendas, porque mientras bordaban a nuestros ojos tantas felicidades, lo que realmente sucedía en París (lugar del lujoso exilio del pretendiente) era desconsolador”.
Como desconsolador sigue siendo que la farsa continúe, que gran parte del pueblo español no acierte la mano con la herida, y no termine de comprender que la Monarquía española actual es parte del problema de España y no de su solución. Y que ni tan siquiera parezca importarle demasiado defender a sus súbditos al menos intentarlo por bien de su pueblo y, al cabo, del suyo propio.

