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Inteligencia Artificial: Un proyecto de control humano que ni los psicópatas más perturbados habrían soñado

Magdalena del Amo: “El cerebro humano no está evolutivamente preparado para recibir tal cantidad de estímulos por segundo, sin enfermarse” 

El paisaje social muestra un rebaño de locos programados corriendo desenfrenados, atacados por millones de bits por segundo, y la “flecha del tiempo” en el arco de la vida, apuntando a una realidad no elegida, pero sumisamente  aceptada sin analizar las diversas y variadas consecuencias inesperadas que la sociedad ya está empezando a sufrir, sin esperanza de retorno. 

Si por voluntad o por destino el hombre está aquí para vivir una experiencia humana y elevar su espíritu a un nivel superior, el objetivo no se presenta fácil. En esta etapa tan distópica, a la vez que interesante e inexplicable del juego de la vida, los ilusionistas y vendedores de paraísos continúan tentando con golosas manzanas “para ser como dioses”. Pero las del edén cibernético del presente, más parecidas a las del Jardín de las Hespérides, son aún más brillantes y apetitosas que la del bocado de Eva. Las frutas  del nuevo escaparate, aparte de regalar felicidad y prometer la inmortalidad o casi, están caramelizadas, con música incorporada y otros componentes del espectro adictivo. ¡Quién puede resistirse a esta golosina tan sabrosa en una sociedad tan poco entrenada a analizar, a dudar y a discernir, sin criterio propio y, por otra parte, tan esnob, tan pendiente de las tendencias y lo nuevo, tan temerosa de la quietud y el silencio, y tan presta a ser embaucada! Pareciera que los estafadores tienen como lema la clásica frase, falsamente atribuida a Petronio: “Mundus vult decipi, ergo decipiatur”, o dicho en castellano: “El mundo quiere ser engañado, engañémoslo”. Y lo están haciendo, por todo lo alto, y a gran escala. Nada que ver con los entretenimientos bastante recientes para distraer o esquivar asuntos turbios, y mucho menos con  el “pan y circo” de la Antigua Roma. Hoy, la feria es diaria, continua y en línea. Pero, además, le están robando al ser humano su libertad y capacidad de autonomía, condenándolo a la dependencia, a vivir supeditado, cuando no sometido, a máquinas y artilugios seductores y aplicaciones que, aparentemente, resuelven su vida haciéndole vivir en un sueño que no es el suyo. Es hora de utilizar la balanza y recapacitar sobre lo que se está perdiendo en esta trampa de trueque engañoso y desigual que, más que liberar, ha esclavizado a la humanidad hasta límites nunca antes conocidos.

Sin embargo, la sociedad se cree libre, tal como el psicólogo conductista, Frederick Skinner, sugirió a mediados del siglo pasado, plasmado en estas palabras: “Podemos conseguir un control, bajo el cual los controlados, no obstante, se sientan libres, aunque estén siguiendo un código mucho más escrupulosamente que el que nunca existió”. Tal cual. El control augurado ya se ha conseguido. ¡Y de manera completamente silenciosa!

¿Pero desde cuándo existe este plan para desposeer al ser humano de su genuina esencia y convertirlo en un mutante, no por evolución natural, sino con métodos externos? ¿Desde siempre, desde el jardín del Edén? Creencias, metáforas, alegorías y patrones literarios  aparte, el asunto merece una reflexión profunda.

¿Estamos acaso reivindicando la humanidad anterior al descubrimiento de la rueda? Nada más lejos. Solo pretendemos analizar el estado de atontamiento de la sociedad actual, la falta de cordura y la carrera al precipicio a la que la están empujando confiada en que se trata de un apacible paseo en góndola. Hay que reivindicar y poner en práctica la mesura. “Ne quid nimis”, esto es, “nada en exceso”.

Soy consciente de que el juego es imparable y que la casilla de salida ha quedado atrás. Confío en los seres humanos despiertos de verdad, con su alma individual activa y consciente, que se sienten cada vez más alejados del alma grupal de la masa uniforme y aborregada, entregada por completo a lo efímero y evanescente de la vida, a cualquier artilugio que tenga luz, sonido o movimiento; a la IA y a todo invento que conlleve un atrofiamiento de las cualidades y potencialidades humanas. 

Como poco, y hasta donde sabemos, dado que esto acaba de empezar, la inteligencia artificial y sus racimos de estímulos es causante de deterioro cognitivo con la consiguiente pérdida de sentido crítico. El cerebro humano ha ido evolucionando lentamente a través de miles de años; y, a pesar de su capacidad de adaptación (neuroplasticidad), no está preparado para vivir en entornos tan contaminados energética y lumínicamente y recibir tal cantidad de estímulos (más de diez millones de bits por segundo), creando un desajuste con la propia biología.

Esta disonancia evolutiva causa niveles de estrés y fatiga mental que, aparte de influir negativamente en la salud y el carácter, se sustancia en la vida diaria en forma de dificultad para conciliar el sueño, mal humor, nerviosismo, irascibilidad y otros síntomas compatibles con desequilibrios mentales. Hemos perdido el sentido de la orientación; ya no somos capaces de llegar a un destino sin que “el personaje” de la ubicación nos guíe; se nos ha olvidado dividir; se nos hace incómodo leer mensajes de texto largos, sobre todo si están escritos con buena sintaxis; o escuchar audios de más de un minuto. Por no hablar de leer un libro en papel, máxime de un tema que requiera cierta concentración, y no digamos hacer un resumen o un comentario de texto. Se está perdiendo la capacidad de retener números de teléfono; han aumentado los despistes, los olvidos e incluso se están produciendo borrados de memoria, lo cual es muy preocupante. Se puede decir que la sociedad padece un síndrome de saturación permanente. ¿No hemos sentido en alguna ocasión que ya no nos cabe un dato más, y que la cabeza nos va a estallar? 

El cerebro humano es perfecto, tal como debe ser en esta etapa evolutiva, pero a los “odiadores” de la especie  humana, léase Noah Harari, Elon Musk, Natasha Vita-More, José Luis Cordeiro o Peter Thiel, por citar algunos del vasto elenco transhumanista en sus diferentes disciplinas, no les gusta el ser humano tal como es y quieren aumentarlo creando ese cuarto cerebro llamado “conectoma”. De hecho, ya no hablan solo del transhumanismo como proceso, sino de la era posthumana. Y la sociedad no solo les ha creído, sino que está  encantada esperando los nuevos inventos para tirarse de cabeza a ellos, sin reflexionar previamente. Igual que está embelesada con la inteligencia artificial, fascinada ante el “maravillosismo”, como los habitantes precolombinos ante los espejos de los conquistadores reflejando la luz del sol.

En cuanto a la IA, dejando a un lado su empleo en los diversos sectores de la industria, la medicina y otros rubros, en los que no tendremos ni voz ni voto, en el ámbito privado, como usuarios aún tenemos capacidad de elección. A pesar de ello, actuamos en manada, teledirigidos. Es penoso comprobar cómo la IA se ha convertido en el oráculo de Delfos siglo XXI, a la que han entronizado dispensándole una credibilidad ciega. Ignoran quizá que la IA es la gran controladora, cuyo fin es, primero hacer adictos y después dominar. La IA es un arma peligrosa, servidora del sistema y, por tanto, es sesgada, acosadora, manipuladora, impertinente, difusora de bulos, además de cometer muchos errores, por lo que sus respuestas y análisis no son fiables y deberán ser siempre supervisados y  contrastados.

Pero, aparte de otras características negativas para el ser humano, aportadas por algunos de sus creadores arrepentidos, que comentaré en otro artículo, lo más nefasto es el lugar de preeminencia que se le ha otorgado respecto al hombre. ¡Cómo si se pudiera comparar! El ser humano, considerado globalmente, es perfecto en consonancia con su etapa evolutiva. No corre como los coches o los galgos, ni oye como los murciélagos, ni nada como los peces, ni ve como los linces, ni falta que hace, pero tiene una mente y un cerebro envidiables. El hombre es, además, un ser espiritual por naturaleza, con el sentido de trascendencia impreso en sus genes y en su alma.

El cerebro humano es lo más importante del planeta, con sus múltiples capacidades, unas activas y otras latentes, que deben funcionar de manera natural; nunca por medio de engañosas y peligrosas sustancias psicodélicas o alucinógenas, sea en forma de pastillas, plantas, hongos o cualquier otra. 

En 1997, el politólogo y experto en conducta de masas, Giovanni Sartori, definió al sapiens de hoy como “homo videns”, en cuanto a espectador dependiente de la cultura audiovisual, recibiendo millones de estímulos triviales que no llega a procesar, incapacitándolo para el razonamiento abstracto. En eso estamos, pero lo peor de todo es que  Sartori dijo que al “homo videns” le seguiría el “homo cretinus”. Han pasado casi treinta años de este análisis profético. ¿Han aparecido ya los primeros especímenes de esta nueva mutación humana?  Mucho nos tememos que sí, con varias remesas en espera.

Magdalena del Amo
Magdalena del Amo
Periodista, psicóloga, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.
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