En un país donde la monarquía se supone que debe encarnar la unidad, la continuidad histórica y la defensa de las instituciones frente a los desafíos, el rey Felipe VI ha optado por la comodidad, la foto protocolaria y el silencio cómplice. Las imágenes recientes, que muestran al monarca en perfecta sintonía con Pedro Sánchez en el palco de la final del Mundial, no son un simple gesto de cortesía institucional. Son la prueba visual de que a Felipe VI, simplemente, le da igual todo.
Mírenlo ahí, sonriendo, charlando animadamente, señalando con complicidad mientras Sánchez, el mismo que ha erosionado la separación de poderes, ha pactado con independentistas y populistas radicales, y ha convertido La Moncloa en un cortijo personal, le devuelve la sonrisa. Dos figuras que representan visiones aparentemente opuestas del país, pero que en la práctica se entienden a la perfección cuando se trata de mantener el statu quo del poder.
Un monarca ausente en los momentos clave
Mientras España se fractura por la amnistía a los golpistas del 1-O, la judicialización de la política, los escándalos de corrupción en el entorno de Sánchez y la degradación institucional galopante, Felipe VI brilla por su ausencia. ¿Dónde estuvo el Rey cuando se aprobó la ley de amnistía que humilla al Estado de Derecho? ¿Dónde cuando se atacó sistemáticamente a la Corona en el Congreso? ¿Dónde ante la deriva autoritaria y el clientelismo descarado?
En cambio, siempre aparece para la foto con el presidente. Sonriente. Relajado. Como si todo fuera normal. Como si Pedro Sánchez no representara una de las mayores amenazas a la cohesión nacional en décadas. La «buena sintonía» con «el one» (como lo bautizaron con sorna en redes) no es neutralidad: es connivencia. Es mirar hacia otro lado mientras el sanchismo desmonta España a golpe de Boletín Oficial.
La buena sintonía del rey con «el one». pic.twitter.com/NGSQB2JDPR
— NORMA VEGA (@ElsadelCastill3) July 19, 2026
Felipe VI heredó una Corona ya debilitada por los escándalos de Juan Carlos I, pero en lugar de reconstruir su prestigio con firmeza institucional, ha elegido la vía fácil: la equidistancia cobarde. Un Rey que en sus discursos habla de «unidad» y «Constitución» con palabras vacías, pero que en la práctica no mueve un dedo para defenderla cuando más se necesita. Un monarca que viaja en jets oficiales mientras predica austeridad, que posa en eventos deportivos como si fuera un jefe de Estado cualquiera, ajeno al hartazgo ciudadano.
La foto que lo dice todo
Esas imágenes del palco no mienten: Felipe VI y Sánchez, dos caras de la misma élite desconectada. Uno, el Rey constitucional que debería ser contrapeso; el otro, el presidente que actúa como si la ley no fuera con él. Y ahí están, riendo juntos. Mientras tanto, millones de españoles ven cómo su país se degrada: inflación, inseguridad, ruptura territorial, nepotismo en el Gobierno y un Rey que, en lugar de encarnar la resistencia, prefiere la foto amable.
A Felipe VI le da igual. Le da igual la deriva de Sánchez porque, al final, la monarquía actual parece más preocupada por su supervivencia protocolaria que por el bien común. Prefiere la estabilidad ficticia de la foto que el riesgo de defender la España real.
España merece mucho más que un Rey que posa sonriente mientras el país se descompone. Merece un Jefe del Estado con coraje, no con sonrisa de photocall. Hasta que Felipe VI no demuestre lo contrario, estas imágenes serán su mejor retrato: el de un monarca al que, simplemente, todo le da igual.

