Por Alfonso de la Vega
Hoy quería ofrecer un homenaje a nuestra prodigiosa lengua española tradicional, tan lamentablemente maltratada por muchos de nuestros próceres. La neolingua es de uso habitual entre los nuevos dictadores. Así, por ejemplo, hoy en España “feminismo” suele ser sinónimo o viene a significar estupro o mancebía. O bien, feminismo es lo que hacen los socialistas.
Para entender mejor sin confusiones interesadas en beneficio del Poder es necesario regresar a nuestro vocabulario de germanías que de modo más preciso revela el verdadero jaez de muchos de nuestros próceres borbónicos actuales con mando en plaza. Es una pena que con la riqueza de nuestra lengua sólo se usen términos tan flojos como “saunas” lejos de nuestras más acendradas tradiciones y utilizados por gente del gremio periodístico de pocas lecturas y escasa capacidad crítica o cognitiva.
El lenguaje de germanías tradicional suele clasificarse en dos grandes apartados o especialidades: el de los explotadores sexuales y el de los ladrones, ambos suelen operar juntos, no obstante como resulta fácil comprobar también hoy.
La típica doble moral de otros tiempos ha pasado de la religión a los filantrópicos próceres del socialismo español. En otro lugar ya comentamos lo de la cornudería y las celestinas o los Estacios para centrarnos en la delincuencia económica propiamente dicha, aunque en la práctica ambas especialidades sean difíciles de separar. Y desde ese punto de vista conviene recordar el escalafón de las germanías felizmente recuperado por nuestros próceres.
Agoreros y gentes de bien pensar y mal vivir auguran que pintan bastos para la lucrativa banda en el poder. Parece que se ha levantado la veda. El tinglado se descompone a la vista del más topo. El jayán de popa principal quiere tregua para sí, e intenta mantener las mañas de gobernar en la fortaleza de la Moncloa mientras otros jaques no tan adelantados en el escalafón o con menos suerte también piden acogerse a sagrado. Pero no un bajamanero cualquiera, que ya decía el pícaro Guzmán de Alfarache: “quien se precie de ladrón procure serlo con honra, no bajamanero, hurtando de la tienda una cebolla y trompos a los muchachos”. Ni fragute ni menos santiguador de bolsillos, cachuchero, gomarra, alcatifero, desmotador, murcigallero, mulciglero o murcio. ¿Piedad por el descarriado descubierto?, ¿solidaridad entre compadres? No suele darse salvo interés mutuo.
Hay que descartar que todo un excelentísimo señor devenga en aguilucho. Sin embargo, sabido el ventor, quedan cosas aún por averiguar: ¿Quién fuera el aliviador, azorero, caleta, palanquín? Se abre un abismo para el virtuoso joven de talante virginal, espíritu puro y pensamientos elevados que se inicia en los arcanos de los partidos borbónicos. Ante él, como visión de diabólico tentador, se despliega la carrera completa dentro de la cofradía: de jorgolino a trainel, luego a mandil o mandilandín si porta espada. Aquí, el ameno y florido jardín se bifurca: la honesta aspiración a rufezno por un lado. La carrera de ciertas armas de otro. De ahí a espadachín. Luego, previa oportuna iniciación, a jaque. La naturaleza de esa esperanzadora iniciación varía. Se debe probar coraje y desenvoltura para la causa: ¿pelearse con otros matones?, ¿liquidar a un corchete o justicia? Y ya demostrada la valía el jaque puede devenir en jaquetón. O jayán: el que, según Quevedo, es respetado por todos los demás. Tal como cierto descuidero, comendador de bola según otros, que le escolta. Con la globalización del crimen, la cosa se complica y pierde su rancio sabor local.
De especial actualidad es la organización de una de las instituciones más acreditadas para el desarrollo curricular meritocrático dentro del Régimen: los burdeles que viene sustituyendo con ventaja a las famosas escuelas de negocios de influencia anglosajona. En la organización del burdel aparece el triple concepto: de familia (como lo demuestran los nombres de padre = alcahuete, y madre = alcahueta), de propiedad (guardadamas, guardacoimas, guardaizas) y de negocio (reclamo, faraute, trainel).

En lo que puede entenderse una forma de feminismo sui generis dentro de la sociedad hetero patriarcal clásica que hoy combaten nuestras audaces feministas de pelo en pecho, según la psicología germanesca, la mujer no solamente no delinque, sino que no tiene personalidad para delinquir, y por lo mismo, no forma parte de la sociedad delincuente. Es la personalidad más pasiva de cuantas se denominan en la jerga, y esta pasividad la incapacita para los fines explotadores de la delincuencia, porque empieza por ser el primer objeto de esa explotación. El feminismo socialista ha superado estos prejuicios de antaño por no ser posmodernos.
El rufián se clasifica en las siguientes categorías: cherinol, el que es principal en la rufianesca o ladronesca; jayán, el que es respetado por todos los demás; jaque, león, pendencia, rufo, los valientes o camorristas, lo mismo que ruido; consejo, el astuto; aviso, el confidente de prostitutas y ladrones; germano y germán, amancebado, agermanado; engibador y engibacaire, recaudadores de la ganancia de las prostitutas, y gayón, guardador de rameras.
En cuanto a los nombres de los dueños del burdel tienen el genérico de padres de mancebía, con las variantes de padre, cambiador, alcancía y tapador.

Publicado hace unos años por la Universidad de Salamanca, el profesor Alonso Hernández explicaba en El lenguaje de los maleantes españoles de los siglos XVI y XVII el léxico del marginalismo, del hampa, de esas heces de la sociedad degenerada, de la envidia igualitaria y de los enemigos de España, sostenedoras del socialismo sanchopedresco. En su libro citado, Alonso resume los grupos del hampa español de la época en tres principales: Prostitutas, Ladrones y Valentones.
A lo mejor convendría publicar en el BOE el curioso cuadro resumen que nos ofrece el profesor. Allí nos presenta una tipología sobre prostitución que atiende a diferentes variables. Según la clientela, los divide en mendigos, criados, valentones, soldados, clérigos e incautos. Según la relación de dependencia de la prostituta en alcahueta, marido cornudo o rufián. La meretriz puede ser liviana, buscona o asentada. Y según topología puede dividirse en: con casa, de cantón, callejera, de posada, de albergue de pobres o de cementerio. Por la calidad en: por edad, joven o vieja. Por hermosura, en guapa o fea. Por ganancia, en mucha o poca.
Nuestros autores del siglo de oro, así como el Diccionario de Autoridades, nos hablan de: Ramera, buena mujer, honrada, mujer al trote, mujer de buen fregado, mundana, errada, mundaria, común y de precio, de gusto, trotona, regatona, trabajadora, enamorada, zorra, cortesana, lozana, pobreta, mocetona, recatona o regatona, dama corsaria, dama de alquiler, dama de alta guisa, dama de conversación, dama de interés, dama de trote, dama descubierta en oposición a dama tapada, arpía, frutera del pecado, menacilla del deleite, alcorzada, pandorga de la lujuria, madama, metresa, putana, quiraca, cendolilla, saltabardales, pájara, horadada, doncella chanflona, apretada, estrecha, maja, rabadilla, rabicaliente, rabiza, escalentada, tusona, moza de golpe, redomada, matante, andorra, andorrera, trotalotodo, ninfa del cantón, pidona, salteadora de sonsaque, recoleta, puta de celosía, gorrona de puchero encinta, pedigüeña, mujer de manto tendido, puta de tapete, haldraposa, pelleja, zurrona, marica, estragada, alquitara de pijas y carazos, manceba de a cuatro, piquera, barbacanera, galopeadora de gusto, bullidora del deleite, mula del diablo o amancebada con clérigo, tributaria (que no se refiere a la tristemente célebre agencia de igual nombre sino al término empleado por Cervantes en El rufián viudo).
Otra curiosidad digna de recuerdo: entonces, empeñarse significaba liarse una puta con un rufián.
Por la trascripción. Alfonso de la Vega

