miércoles, mayo 22, 2024
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Una Iglesia de estampida

Por Alfonso de la Vega

Sí, ya sé, la consigna de Bergoglio a es otra, «una Iglesia de salida»… de emergencia. O de estampida, «sinodal» por supuesto.

Un querido amigo desde hace décadas, antiguo senador del reino y buen patriota preocupado por la deriva que está tomando la cosa, me traslada, muy disgustado, una noticia sobre la última ocurrencia del flamante cardenal Cobo, bonita nueva “niña de sus ojos” del heresiarca argentino. Este pío clérigo políticamente correcto, vicepresidente de la CEE dirigida hoy por un ex militante socialista, afirma muy puesto en razón que hay que abrir de par en par nuestras fronteras a las invasiones ilegales, cerrar los centros de MENAs y aún más, que exista solo un único gobierno mundial para terminar de arreglar la cosa. Desde luego “una cosa es predicar y otra dar trigo”, pero estamos curados ya de espanto y de tanta e irresponsable incoherencia. De no ser que se pretenda resucitar al Sacro Imperio Romano Germánico pero ahora con sede en Tel Aviv.

Cabe recordar unas palabras proféticas de T. S. Eliot: “no creo que la cultura de Europa pueda sobrevivir a la completa desaparición de la fe cristiana. Estoy convencido de que no es simplemente porque yo sea cristiano, sino porque soy un estudiante de biología social. Si el Cristianismo desaparece, desaparece nuestra cultura en su integridad”.

No deseo dar carácter elegíaco a este breve texto pero me asalta la nostalgia de lo que fuera la Iglesia Católica y en lo que hoy se ha convertido sobre todo desde la deriva del concilio Vaticano II. Bien es verdad que en todo momento de la historia hubo sus más y sus menos con el papado y la ejemplaridad de los titulares. En un paradójico cuento del Decamerón, el del judío converso, a su regreso a Jerusalén desde Roma el nuevo cristiano preguntado por otros judíos asevera que no ha sido precisamente el ejemplo piadoso de la Curia o del Papa lo que le ha llamado a su conversión, sino que siendo como son, adúlteros, libertinos, ladrones, ambiciosos, mentirosos, aún haya gente que crea en ellos… por lo que sin duda en esto debe haber algo sobrenatural…

Un ejemplo: con motivo de la reforma eclesiástica promovida por los Reyes Católicos e instrumentada por ciertas autoridades de la Iglesia española se produjo cierta correspondencia epistolar entre el cardenal Cisneros y su agente Fray Boil quien le comenta que aún no ha podido hablar con el Papa sobre tan importante asunto «porque está muy metido en desposorios de su hija Lucrecia con don Alfonso.» Algunos de los Papas eran gente indeseable a la que casi ningún vicio, pasión o crimen era ajeno, pero no el de herejía consciente o sabotaje de la Iglesia, como ahora. La desidia papal permitió el desarrollo, de modo relativamente autónomo y desde una perspectiva nacional, de la Reforma de la Iglesia española, la conocida como Observancia, promovida por los Reyes Católicos y el propio Cisneros.  

Y es que pasando de la “catolicidad” que significa universalidad a la peculiaridad de la propia situación española cabe establecer una estrecha correlación entre el auge, esplendor y decadencia de la Iglesia española y los correspondientes de nuestra nación. Escuchando al tal Cobo nadie creería que en los siglos VI y VII había mentes esclarecidas como la de san Isidoro autor de las Etimologías, una especie de “Google” de su época en el que se trataban temas como la guerra, el derecho natural y de gentes, Gramática, Leyes, Retórica, Matemáticas, Música, Astronomía, Medicina, Angeología, libros, Zoología, Cosmología, Mineralogía, Agricultura, Arquitectura…. En fin, la revisión de la cultura clásica, enmarcada en la tradición católica se hace posible gracias estas personalidades en España y desde aquí irradiaría al reto de Europa.

Tampoco debemos olvidar a los grandes autores de la Escuela de Salamanca, los Vitoria, Alcalá, De Soto, Mercado, Azpilicueta, y Suárez. O los Arias Montano, Pedro de Valencia, Torreblanca Villalpando, Mariana, Gracián, Góngora, Calderón, Lope, Juan de Yepes, Teresa Cepeda… O los cronistas de Indias, y los esforzados misioneros conquistadores de almas que mientras rescataban viejos conocimientos indígenas evitaban posibles excesos de los descubridores y conquistadores, de modo que la Hispanidad llegase a ser lo que fue y no se convirtiera en un saqueo despótico, sangriento e hipócrita como el de los imperios protestantes. Esa gente esforzada y sacrificada que evangelizaba y de la que ahora abomina el traidor argentino. Los primeros misioneros eran casi todos pertenecientes a la Observancia franciscana resultado de la citada reforma fomentada por los Reyes Católicos y el cardenal Cisneros. O luego personalidades como las de los racionalistas ilustrados P. Feijoo o P. Sarmiento.

Muchos de ellos bienintencionados preceptistas imitadores del Platón por filósofo consejero de poderosos para procurar un mejor gobierno.  Hubo estadistas que quizás no hubieran llegado a serlo tanto sin un buen apoyo de sabiduría y conocimiento.  Un tiempo en el que la Iglesia Católica española era imán y santuario de la aristocracia del mérito. Y trataba de evitar o paliar algunos desmanes de las élites que se consideraban impunes en el plano humano.

Una lástima que luego la civilización española se fuera degradando, vinieran y pontificaran los Fray Gerundio de Campanas, alias Zotes que tan abundante cosecha posterior tuvieran para desgracia de la patria.  Sin embargo, existen algunos aspectos diferenciales muy importantes entre el pasado y lo que ocurre ahora. No deja de ser incomprensible, el fenómeno de estulticia o ignorancia generalizadas, de imprudencia temeraria, de desconocimiento de la historia, de no sostenibilidad que ofrecen ahora gran número de miembros de la jerarquía eclesiástica bergogliana que con sus nefastas actuaciones parecen querer hundir la vieja barca de San Pedro, saboteándola desde dentro. Si esto sigue así, el naufragio parece asegurado.

Probablemente el asunto comenzó aquí con el abandono sino traición de la Iglesia Católica española al régimen que le había salvado de ser exterminada.  Una maniobra de la que entonces fueran cómplices Pablo VI y el nuncio Dadaglio.  Y luego la peculiar sinergia de la Compañía de Jesús del General Arrupe con los comunistas de la Teología de la Liberación o los mismos etarras. Tremenda la ingratitud hacía el raro estadista, condecorado por el propio Vaticano con su máximo galardón, que la había salvado evitando que fueran asesinados el resto de los  obispos, sacerdotes, monjes y monjas que pudieron librarse de los cobardes crímenes del Frente Popular.  Y en cierto modo el desastre actual viene de esa incoherencia, agravada hoy en cuanto a credibilidad moral por la cobardía al consentir la profanación de sus restos mortales por parte del enemigo.  O al seguir unas políticas que debilitan el Cristianismo.

La Institución parece haber perdido la riqueza de su liturgia, su vocación evangelizadora tradicional y con ella su deseo de permanencia, al menos como tal. Unas élites profundamente malvadas hacen todo lo posible para difundir y materializar pestes psíquicas para conseguir sus efectos de devastación y sacrilegio de la condición sagrada del hombre. En palabras de Jung: “Cuanto más se pierde la ilimitada autoridad de la visión cristiana del mundo, tanto más se revuelve en su prisión subterránea la bestia rubia y nos amenaza con un ataque de consecuencias imprevisibles. Este fenómeno se produce en el individuo como una revolución psicológica, pudiéndose presentarse también en la forma de un fenómeno social.” Tratan de convencer a fondo al hombre de la insignificancia de su alma y de la psicología misma; hay que dejarlo claro desde cualquier púlpito de autoridad que toda salvación viene de fuera y que el sentido de su existencia está en la “comunidad popular”. O “sinodal” como dice ahora Bergoglio. Nos queda el mensaje de San Pablo a los Efesios: Por último, fortalézcanse con el gran poder del Señor. Pónganse toda la armadura de Dios para que puedan hacer frente a las artimañas del diablo. Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales. Por lo tanto, pónganse toda la armadura de Dios, para que cuando llegue el día malo puedan resistir hasta el fin con firmeza.  Manténganse firmes, ceñidos con el cinturón de la verdad, protegidos por la coraza de justicia  y calzados con la disposición de proclamar el evangelio de la paz.”

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1 COMENTARIO

  1. La Iglesia Católica oficial se ha convertido, clarísimamente, en uno de los mayores prostíbulos de la Gran Ramera de Babilonia ¡Dios proteja a sus fieles de buena voluntad!

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