sábado, mayo 18, 2024
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Cuernos de interés patriótico

Artículo de Alfonso de la Vega

Hace unos días se ha conocido un escándalo palaciego mayúsculo. Con repercusión en las redes, sin embargo, la prensa oficial del Régimen lo ha tapado todo lo que ha podido que es mucho.

Me refiero a las presuntas infidelidades de la reina Leticia con su amante y futuro cuñado estando ya se supone que felizmente casada con don Felipe, en todo caso disfrutando de todos los privilegios, canonjías y prebendas de su oneroso cargo a costa del sufrido y humillado súbdito y contribuyente. De ser ciertas estas revelaciones, Leticia y Jaime del Burgo habrían sido amantes desde principios de siglo, luego confidentes íntimos y luego nuevamente amantes aún más íntimos hasta que se convirtiera en su cuñado, ya en el 2012.

El asunto es muy grave y debiera ser aclarado sin género de duda porque nos encontramos ante un caso de interés público que no sólo afecta personalmente al presunto cornudo directamente interesado en el ámbito privado, sino que son unos cuernos, podríamos decir, de carácter patriótico nacional, debido a su condición de “Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia que arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes”. Para colmo, “la persona del Rey es inviolable…”

De modo que, como vemos, son unos cuernos los que supuestamente le habría puesto su mujer de altísimo alcance constitucional. Ahora bien, ¿Qué puede hacer Su Majestad con tales cuernos? De acuerdo con las teorías ya enarboladas por los cortesanos ditirambo alabanciosos partidarios de que el Rey es un mero adorno decorativo que según la constitución no puede hacer nada salvo vestir aguerridos uniformes, asistir a desfiles y saraos y firmar lo que le echen, Su Majestad se conformaría con seguir con su dolce far niente ni siquiera siendo refrendado por la autoridad que corresponda. Cuando todo vale, nada vale nada.

No sería el único caso histórico conocido en la calamitosa Dinastía.

Pío Baroja coincide con los historiadores que se atreven a revelar sobre la vida de la reina María Luisa de Parma en que “de todos los hijos de esta dama ninguno es de su marido”. Un escabroso asunto. Dicho de otro modo, nos encontramos ante una Dinastía de bastardos, debido primero a la virtuosa mujer de Carlos IV y luego, al menos con los retoños de la no menos virtuosa niña Isabel.

“De Isabel II todo el mundo sabe que tuvo amantes: desde Serrano y el cantor Mirall hasta Marfori. Se sabe además que se mostraba cruel, liosa, supersticiosa y de gran perfidia. Don Carlos, llamado séptimo por los carlistas, era un patán acromegálico, rijoso y cínico, y Alfonso XII, señorito insignificante, no lo era menos.”

La reina doña Isabel II también mereció la glosa de artistas tan notables como los hermanos Bécquer. Sí. Según los hermanos Gustavo Adolfo y Valeriano Bécquer sensibles artistas autores de un documentado libro ilustrado conocido luego como Los Borbones en pelota, biografía erótica no autorizada de la señora y de su propio bizarro reinado, fueron muchos oficiales o espontáneos los que promovieron vistosos injertos en el útero borbónico maternal de la señora. El mismo Alfonso XII sería hijo de un oficial valenciano. Don Alfonso XII, víctima en la flor de la edad de su desordenada vida sexual, es sobre todo famoso aparte de por sus orgías y francachelas por su célebre testamento en su lecho de muerte: “Cristinita guarda el coño y en lo político de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas.” 

Debemos al gran artista gallego Valle Inclán toda una saga de episodios históricos no sé si nacionales. Así el esperpento Los Cuernos de don Friolera, de mucha más actualidad de lo que parecería. 

O bien actuar de modo más civilizado que de tal inspiración calderoniana.

Consintiendo y haciéndose los locos como los ya citados cornudos coronados como Carlos IV o Francisco de Asís. De modo que don Felipe se uniría así de tal guisa a la gloriosa saga regia cornamental de sus antecesores: ya está muy entrenado en mirar para otro lado sin querer enterarse de nada. O bien, pidiendo el divorcio de la casada infiel, como diría Lorca. Así que surge el problema, ¿Qué es más elevado para el espíritu divorciarse o no divorciarse? ¿Consentir los cuernos y disimular en un vengan ollas y vengan legislaturas o armar una gorda en un reinado ya plagado de desastres?

Consentir no es bueno. Una constitución violada, un golpe de Estado perpetrado por las mismas instituciones borbónicas, unos cuernos disimulados de cornudo complaciente…

Todo tiene su coste. Sabemos que don Mendo, el de la famosa venganza, se arrepintió de hacer el panoli: “¿Moriré sin venganza? ¡Cielos! ¡Nunca! Sin embargo, la venganza de la lurpia puede ser tremenda, peor aún que la de don Mendo que mató a menda.

Toda Dinastía alberga sus abusos cuando no crímenes históricos por mucho que se maquillen o se oculten. En sí misma la monarquía es una superstición amén de la legitimación e institucionalización del nepotismo. Si para la sensibilidad actual resulta feo que los cargos se ejerzan solo por razones de parentesco sin tener en cuenta méritos o capacidades personales, mucho más grave es que tal desatino tenga que ver con la máxima magistratura de una nación como es su jefe del Estado. De manera que si sale malo, como es el caso habitual de los Borbones, no queda sino aguantarse y esperar tiempos mejores que acaso nunca llegarán. Pero por mucho que se quiera recauchutar la cosa dinástica, aún peor con premisas tales resultaría deslealtad notoria, acaso meter de tapadillo a un bastardillo en el linaje de la ruta sucesoria.

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