sábado, mayo 18, 2024
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Sí. La culpa es del calentamiento global

Artículo escrito por Alfonso de la Vega

El actual desastre español es multifuncional y multiorgánico. Una sepsis generalizada. La irresponsabilidad y corrupción política impunes de la Monarquía parlamentaria va extendiéndose y contaminando todas las instituciones sin olvidar la deontología profesional y conciencia personal de los españoles.

Hemos tenido otro escandaloso caso más de comprobación de este lamentable aserto con ocasión del tremendo incendio de unos locales nocturnos en Murcia. Se van conociendo informaciones oficiales, con base en las cuales cabe hacer algunos comentarios provisionales.  Según se ha dignado informar el ayuntamiento murciano los locales asesinos carecían de licencia y tenían orden de cierre desde hace un año y medio. En octubre del año pasado se habría ordenado precintar el local pero «que si quieres arroz Catalina.» Los locales se anunciaban y eran frecuentados por centenares de personas cada semana pero ha habido que esperar a que se produjeran quince víctimas mortales y una veintena más de heridos para que hubiera que lamentar el resultado de tanta desidia, incompetencia o  presunta corrupción.

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Cabe entender la evidente y principal responsabilidad de los empresarios implicados en estas muertes. Pero desde luego no la única como pretenden las autoridades políticas en este caso del PP. El porqué no se han cerrado año y medio después de haberse emitido la orden de cierre según indican las autoridades municipales resultaría casi un misterio, una fatídica casualidad, una calamidad natural propia del cambio climático más que del estado actual de nuestras múltiples, onerosas e incompetentes instituciones.

Y no será por falta de leyes, reglamentos y normas, que de eso como de las plagas estamos bien servidos. Tantas que para el pobre ciudadano e incluso para profesionales cada vez resulta más difícil saber qué puede o debe hacer y qué no. Ya Tácito consideraba a “la multiplicidad de las leyes como señal cierta e infalible de un mal gobierno y de un pueblo corrompido”. Y se lo recordaba nuestro sabio Don Quijote avisando al buen gobernador Sancho contra la excesiva proliferación de leyes. Mal endémico de la política española, puesto que muchos de nuestros políticos creen en que basta la mera promulgación de las leyes sin proveer recursos para darlas curso y hacerlas posibles en la práctica: “si las hicieres procura que sean buenas, y sobre todo que se guarden y cumplan, que las pragmáticas que no se guardan lo mismo es que si no lo fuesen, antes dan a entender que el príncipe que tuvo discreción y autoridad para hacerlas no tuvo valor para hacer que se guardasen…”

O bien provocando una intrincada y a veces contradictoria o absurda maraña normativa sin criterio en la que se extravía el sentido común o se arruinan legítimas expectativas depositadas en proyectos empresariales. Si el ciudadano a veces no sabe bien a qué atenerse, otra cosa es la propia soberbia y caprichosa Administración con todas sus ingentes y onerosas bandadas de inspectores y funcionarios cuyo nivel de incompetencia e impunidad pueden llegar a resultar escandalosos.  Porque en este desgraciado siniestro la variable principal sería la falta de voluntad, esa citada falta de «valor para hacer que se guardasen

Si queremos memoria histórica conviene recordar el excesivo celo rondando en ocasiones lo criminal con el que policías locales exigían el uso de mascarillas o impedían eludir el fraudulento e anticonstitucional encierro con el que castigó a los ciudadanos el liberticida gobierno de Su Majestad. Y ahora, a una indefensa ciudadana por dejar a su perro atado con la correa a la puerta de una farmacia le han endiñado quinientos euros de multa. Sí, quinientos euros, importe de una pensión para muchos ancianos, una cantidad que no se roba todos los días.

En tiempos más honorables para España, don Quijote le aconsejaba a Sancho el buen gobernador: “No te muestres, aunque por ventura lo seas, lo cual yo no creo, codicioso, mujeriego ni glotón, porque en sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinación determinada, por allí te darán batería, hasta derribarte en el profundo de la perdición”.

A lo que el buen Sancho le contesta para tranquilizarle que “hasta agora no he tocado derecho ni llevado cohecho”. Finalmente, cuando Sancho dimite de su cargo de gobernador, don Quijote le consuela: “ven tu con segura conciencia y digan lo que dijeren”. Claro que una forma de estar tranquilo con la conciencia es no tenerla. Es lo más posmoderno y «woke».

Dimitir, lo que se dice dimitir no es de esperar que dimita nadie salvo que el escándalo devenga insoportable. Ni tampoco de la investigación entre los funcionarios implicados probablemente quepa esperar sanciones, ceses ni despidos sin aguardar a los dilatados “otros sí digos” o  al no menos socorrido «a quién Dios se la dé, San Pedro judicialmente se la bendiga.” Me encantaría equivocarme.  Ojalá.

Descansen en paz las víctimas.

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