jueves, febrero 29, 2024

Lidia y lenguaje

Artículo escrito por Alfonso de la Vega

A la memoria de mi querido amigo el sensible y valiente torero de Arzúa, Hilario Taboada

Hoy en decadencia por las tenebrosas modas externas, los aficionados a los toros han podido disfrutar de un lenguaje maravilloso, gloria y primor de la lengua española que aúna el entendimiento psicológico con la voluntad y maestría en la vida ante las dificultades. Muchas de las expresiones de la Tauromaquia han adornado el lenguaje común referido a otros ámbitos. Existe un lenguaje taurino y la Tauromaquia en sí misma no deja de ser una forma de lenguaje simbólico que comunica ideas y emociones.

La propia corrida tiene ante los aficionados no demasiado expertos varias facetas de todo un lenguaje a comentar.

El toreo puede parecer algo fácil, sencillo, que casi pudiera hacer cualquiera con tal de ponerse, en el que el toro dócil, obedece el mandato del maestro como si fuese una danza armoniosa y precisa. Ritmo, armonía, momentos de fugaz gran belleza plástica, hacen creer que el toro es un inocente animalito bien amaestrado y no la violenta fiera que su naturaleza brava le dicta.

Pero a veces por la catadura aviesa del morlaco a torear, propia de algún conocido encaste criminal, o por la bisoñez, miedo o la simple mala tarde del diestro, o por lo que sea, surge la verdadera naturaleza del drama. Aquí se muestra la naturaleza simbólica del toreo, la misma posibilidad del intento de someter a la fuerzas de la naturaleza incluido el propio miedo y transformarla en algo bello, templado y armonioso. En cierto modo una alegoría del devenir histórico de la civilización. Y entonces es el momento de la lidia y de los lidiadores.  Una lucha sin cuartel en el que lo más perentorio es lograr la propia supervivencia.  Ante un morlaco avieso, traicionero, marrajo, violento, surgen las dudas acerca de la real capacidad del ser humano de domeñar a las fuerzas de la naturaleza.

Sí. En cierto modo la civilización no deja de ser un milagro construido sobre la naturaleza. Entre feroces tarascadas o arremetidas violentas es preciso ingeniárselas para sobrevivir con dignidad. Para vencer el miedo y comprender qué es posible hacer y cómo hacerlo.

Hoy nos encontramos en uno de estos casos en nuestro singular ruedo ibérico. Un infame traidor, marrajo altivo y burlón, corre impune por la arena provocando el pánico entre actores y espectadores. Las violentas fuerzas de devastación nacional arremeten no ya contra la constitución que no deja de de ser una construcción más o menos jurídica o artificial, temporal o transitoria, sino lo que es mucho peor: contra la continuidad histórica de la nación española. E incluso contra las bases mismas de la convivencia y la permanencia de la sociedad atacando la moral natural y la familia. No es el momento del toreo de salón cara a la galería. Es preciso relegar compadreos, florituras y postureos para mejor ocasión porque “no se ha hecho el hombre para el sábado sino el sábado para el hombre.”

Es evidencia de razón que nos encontramos ante una gravísima crisis de ideas, que los partidos políticos al uso han fracasado, que no se trata tanto de una u otra escuela de Tauromaquia sino de toreros, de hombres. Necesitamos hombres capaces no ya de torear sino de lidiar tan terroríficos morlacos. Sí, aunque sea fiero, marrajo o canalla, la Tauromaquia nos enseña que puede ser doblegado y vencido si enfrente hay un maestro valiente y con oficio que prefiere la oportunidad del arte pero no desdeña la lidia. Que cuando hay peligro no se esconde tras el burladero o la letra pequeña del reglamento.

Pero mientras tanto la situación se agrava con un autogolpe perpetrado por el Gobierno en funciones de Su Majestad. Todo un marrajo resabiado de embestida aviesa que se resiste a salir del ruedo a rastras de las mulillas de la Libertad, la Justicia o el Bien común de España, sin poder acabar su faena de destruir antes lo que se le ponga por delante. Es el momento de los lidiadores, hay que someter a la fiera. Es peligroso, pero más cornadas da el comunismo plutocrático que las cría y engorda.

Suenan los timbales y llega otra vez la hora de la verdad.

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