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La fiesta de la democracia

En mi pueblo, como en todos supongo, celebramos, cada año, las típicas fiestas patronales, que brindan, a todos los mozos y mozas, la oportunidad (no la obligación) de ser festeros al llegar a una determinada edad (Yo lo fui hace treinta y dos años, cuando tenía treinta).

Ser festero significa ser el organizador de la fiesta, el que elige las orquestas, las compañías teatrales, la pirotecnia y hasta el menú del ágape con el que, tradicionalmente, agasajamos a nuestros mayores. Significa ser el que decide en qué se gasta todo el dinero, y eso es tener todo el poder.

Es normal que haya piques; que los festeros actuales intenten organizar unas fiestas mejores que las del año anterior. Podríamos decir que es un claro ejemplo de “envidia sana” porque, para lograrlo, se obligan a trabajar más (Vender más rifas, y llaveros, y calendarios, y lo que sea) y ese nunca es el objetivo del «envidioso enfermo», que ansía tener lo que tienen otros pero sin hacer lo que otros hicieron para conseguirlo.

Así, los que viven en el pueblo pueden comparar, y ver como las fiestas van cambiando, evolucionando. ¿Fue mejor, este año, el castillo de fuegos artificiales, o no? Pero ¿No es también cierto que siguen conservando su esencia? ¿Cómo se puede “mejorar” (que implica cambiar, progresar) y, al mismo tiempo, “conservar la tradición” (que implica no hacerlo)? ¿Cómo se puede ser progresista y conservador, a la vez?

Se puede, teniendo en cuenta lo que es la fiesta y que no solo los festeros tienen derecho a divertirse. Pongamos por caso que mis gustos musicales son “poperos” y eso me lleva a proponer, en la junta de festeros, la contratación de bandas de pop-rock. ¿No fastidiaré a los abueletes, y no tan abueletes, que gustan de marcarse un pasodoble? Pongamos que soy “animalista” ¿Voy a dejarlos sin toros? ¿Voy a quitarles las procesiones, dado que no soy creyente?

Todo festero sabe que, para organizar unas buenas fiestas, hay que prescindir de los gustos particulares, hay que pasar por encima de las preferencias propias e incluso de las creencias (trascenderlas) pues el reto es contentar a todo el mundo, porque todo el mundo tiene el mismo derecho a divertirse.

Ese es el secreto del éxito de las fiestas de mi pueblo, y de todos los pueblos supongo. Todos hemos sido (o seremos) festeros y todos aprendimos (o aprenderemos) lo que es «ponerse al servicio del bien común”. Si un día usamos ese conocimiento para organizar la política, sin duda lograremos, más que una “semana grande”, engrandecer el año entero.

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