miércoles, mayo 22, 2024
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El sacrificio

Hoy no os voy a hablar de nombres, ni de partidos, ni de criminales ni de mafiosos, de ésos que se utilizan para hacer todo el ruido posible para tenernos entretenidos como eternos púberes en la gran caja problema de Skinner. No. Hoy vamos hablar del sacrificio.

Todo en este plano en el vivimos, en el que nos sostenemos con cuerpo que luego se convierte en un desecho más para la tierra, es temporal: los bienes, el dinero, la gloria, el poder, la ambición, hasta las guerras, Nada queda después, incluso la memoria de esos hechos queda borrada y su significado es siempre el mismo: la nada absoluta. Cualquier cosa nos llevamos a otro plano y si no lo hemos aprendido adecuadamente (lo cual es harto complicado ante la imposición de nuestras necesidades físicas, que luego se vuelven mentales e incluso emocionales), tenemos una lección por repetir.

Todas las sociedades humanas, en pro de la comprensión de la extraña realidad densa en la que estamos, buscan razones de lo que ocurre y eso es la religión, sus dioses y representantes. Desde la más prolongada antigüedad ha habido divinidades para todo, súplicas para todo ante la impotencia de los seres humanos para mantener sus incomprensibles vidas y éstos han exigido sacrificios, los cuales sólo eran para el pueblo llano, más no para los poderosos. Entidades como Mollock, que necesitaban a recién nacidos, vigentes en Mesopotamia, Fenicia, Cartago o a través del dios del tiempo, Cronos, son un buen ejemplo de ello. Se puede decir que todas las culturas antiguas exigían sacrificios humanos que servían para mantener la población a raya y los psicópatas y reyezuelos siguieran con su gobierno de imposición de la ignorancia, la mentira y el miedo.

Cometemos el error de creer que cuando pasan los siglos y se impone el cristianismo eso pasó la historia, pues ya no tenemos ni mil y un dioses y la religión tiene otro significado. Nada más lejos de la realidad. Las corrientes paganas sobrevivieron a través de los caballeros de la cruz, masonería, los illuminati, los sionistas y todo lo que ya conocemos. Es la misma ideología y el trasfondo es exactamente igual. De hecho, uno de los elementos institucionales del movimiento masónico del siglo XVIII es el libro de los muertos y aspectos muy arraigados a la antigua religión egipcia. Lo único que han hecho es cambiar el nombre de todas las antiguas divinidades y sustituirlas por una sola: Lucifer, el creador de la luz y de la sabiduría, el que justifica que la muerte justifica la vida, es decir, el dios Ra.

Todo lo que ocurre ahora tiene un trasfondo religioso porque los seres humanos no hemos logrado superar el nivel primitivismo biológico que nos caracteriza, y, yendo más lejos, el transhumanismo que nos venden desde la cuarta revolución industrial no nos haría avanzar, sino alejarnos de nuestra naturaleza espiritual, escasamente comprendida por unos cuantos considerados locos. La economía, la política y la ciencia, por ende, no aportan esencia alguna a la comprensión de la sociedad, sino sólo mecanismos operativos.

Si todo es temporal, el sacrificio adquiere un significado enorme. Con cada decisión que tomamos perdemos una oportunidad, dejamos que otros se beneficien de ella o ya no tenemos algo que para nosotros tiene mucho valor y, en no pocos casos, caemos en la trampa del dolor y de no reconocer el ciclo natural del tiempo. En cada segundo de nuestra existencia estamos sacrificando algo y no nos damos cuenta. ¿Entonces, nos podemos preguntar cuál es el valor que tiene en realidad eso que perdemos o es simplemente algo que nos sirve para seguir avanzando? ¿O podemos cuestionarnos sobre si existe algo eterno? La respuesta es sí, lo único que es eterno es el amor en su más intensa luz cegadora para el mismo Lucifer, el poder de la creación permanente y de la unión de lo que forma nuestro universo, nuestra existencia, nuestros recuerdos y actos. 

Y, como es de suponer, el amor requiere del mayor de los sacrificios y de las mayores pérdidas. La muerte en la cruz para el cristianismo supuso para Jesucristo la pérdida de su vida y de la entrega de su alma a algo muy superior y perfecto a lo que estamos acostumbrados a experimentar, es el ejemplo perfecto de quien fallece por amor a toda la humanidad, a todos los mortales que no entienden y caen en la ignorancia del verdadero sentido de la vida. Ésta, la vida, no es destrucción, tal como nos cuentan las religiones paganas, masónicas o sionistas, es la creación y la búsqueda de la armonía y, es de suponer, que cuando el tablero no está bien por la tozudez de los humanos, sus miedos, sus egoísmos y actos de ira y venganza, entonces ha de cambiarse por otro. Si enfrentásemos la vida con la muerte, siempre vence la primera.

Quiero decir con todo esto, con este artículo tan extraño para algunos, que todos tenemos un cometido, que es la defensa de la armonía y eso significa dejar atrás muchas cosas y aprender a dar libertad a aquello de lo que creemos dependen para nuestra estabilidad emocional, mental y material, significa no tener en cuenta nada de lo que forma parte de la infraestructura de la matrix en la que vivimos porque todo es una apariencia extraña. El estado, con todas sus leyes absurdas, es una ilusión de los hombres y no nos ayuda a definirnos frente a nosotros mismos, otras reglas de juego que se convierten en nuestras costumbres, a las que nos hacemos más adictos que a la peor de las drogas imaginables, también. Todo ello nos esclaviza y, lo peor, nos convierte en objeto del gran sacrificio que el poder necesita a diario, ya sea a través de nuestra vida, nuestra sabiduría, nuestra dignidad, nuestra conciencia, nuestra felicidad, nuestra armonía y, lo más peligroso, nuestra capacidad de amar. Todo ello es usurpado en un ritual de carácter invisible en el que cada uno de nosotros los hacemos más fuertes mientras nos van destruyendo sin que nos demos cuenta. Es el paganismo moderno, de corte democrático, de aparente democracia, siguiendo la farsa de los principios de la revolución francesa, que fue un libreto de los iluminatii.

Toda batalla por la vida, por nuestra verdadera dignidad exige el sacrificio, perder nuestra zona de confort y aprender que hemos venido a este plano a ser guerreros de luz y que esa luz es más fuerte que cualquier otra que con la que nos quieran engañar. 

Concluyo entonces con estas palabras: la fe en que por naturaleza todo está en su lugar por alguna razón que los humanos no entendemos, la fuerza de la voluntad en quien sabe que la verdad no se puede ver con los sentidos que tanto nos confunden y el amor en la constancia es lo que puede salvar a la especie humana.

Hemos venido a esta vida a luchar y tenemos un enemigo poderoso al que no podemos infravalorar. Nosotros decidimos si creamos aquí el cielo o el infierno.

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