jueves, febrero 22, 2024
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Los buenos chicos no van al infierno

Los niños se sienten muy cómodos en sus familias y colegios si siente que siguen las reglas, que nunca serán regañados por su conducta y siempre serán aceptados y ayudados. Creen que seguir las normas es un código de honor hacia ellos mismos, de modo que cualquier signo de que puede que no las sigan en forma de gesto ambiguo o de falta de aprobación, que por lo general suele ser inmediata, les provoca el temor a ser rechazados por el resto del grupo: es decir, la soledad absoluta. Sólo conciben el mundo si ellos forman parte de él y creen que lo desconocen y que otros les explicarán con detalle en qué consiste; cuántas más dudas mejor, cuánto más temor mejor se incorpora a la dinámica colectiva si ven aciertos en los intentos, por mínimos que éstos sean.

Se tiene la falsa creencia de que llegados a cierta edad nos convertimos en adultos con capacidad propia de observación, de rechazo hacia lo que no nos guste o desentone por ser ilógico o absurdo, así como considerado poco útil para nuestro bienestar. De seguir esta lógica, el mundo de los adultos sería interesante de cara a la protección de lo que no los son aún. ¿Qué ocurriría si así no fuese y los que tuviesen que cuidar de la cordura de la humanidad fuesen tan inmaduros o más incluso que los que tienen que ser protegidos? Es obvio que las normas absurdas se impondrían por sí solas porque los no niños se las creerían, conduciendo a un proceso de estupidez creciente.

Ya hemos tenido ejemplos sobrados de ello durante la farsemia covidiana. En ese modelo tan distópico, la interiorización del absurdo social hasta en el inconsciente más profundo, ligado a experiencias pasadas en las que había que ser buenos niños y excelentes niñas, se asimilan valores y creemos ser valorados y evaluados por otros. Es el llamado puntaje social: según nos comportemos así seremos tratados como buenos ejemplos de lo que la sociedad espera de nosotros o monstruos peligrosos y destructivos de lo que otros tantos aman. 

De hecho, muchos de nosotros nos sentimos así evaluados de manera continua, bien sea considerados aptos para compartir la eterna fiesta o rechazados por rebeldes. Así es el modelo chino; en función de si se siguen las normas que establece el Partido Comunista las personas son clasificadas y aquéllas que no se ajustan al modelo aparecen en las pantallas de los centros comerciales con códigos rojos, no pueden ni comprar ni viajar, sobre todo si muestran actitudes de desobediencia ante el régimen, aunque sólo lo parezca. Estos códigos existen en todas partes y en el país de los dragones han sabido sacar partido de ello muy inteligentemente. ¿Sabrán hacerlo en Europa?

Una de las normas básicas es la aquiescencia al gobierno y a las autoridades, aceptar su sometimiento y evitarse problemas, pues no existe peor enemigo que las fuerzas de seguridad o las denuncias porque cometiste un delito que has de pagar, al afectar la moral y la seguridad de quiénes te dan comer. Sin embargo, no es igual la vara de medir, según de quién se trate, sobre todo si nos referimos a los que ponen las reglas para el resto o son aleccionados para dirigir a millones de personas. Las normas no son inocentes y están repletas de trampas y la función de quienes dirigen es hacer de profes aparentemente inocentes de toda culpa.

El código de honor también está entre los ladrones, los asesinos, los delincuentes y las personas que carecen de empatía, como psicópatas, narcisistas, maníacos y todo el elenco de sujetos enfermos que nos toque soportar; manejan sus propias instrucciones y ay de aquél que se las salte, sufriendo peor castigo que el que tienen los niños en los colegios: el tiro en la nuca. Para asegurarse de que no van a tener que dar ese vergonzoso espectáculo, que les haría caer en el descrédito, tan peligroso como destructivo desde el primer momento, escogen bien a quiénes forman parte del club. Además, como se trata de evitarse problemas porque todos ellos actúan de manera colectivamente egoísta y consideran que la obediencia es tan necesaria como respirar, aunque se hable sólo de ciertos temas y dando las mismas y ciertas opiniones, entre ellos se cuidan de que no salte le liebre. Ya fueron escogidos.

En este sentido, las normas de las cuevas de los ladrones funciona del siguiente modo: no se puede delatar a nadie porque eso sería como hacerlo con quien da el chivatazo; el botín se reparte por orden de liderazgo, ya sea porque emplea el chantaje mejor que nadie y se lleva la mejor parte o sabe manipular al resto y, dado que todos ganan, el hecho de que alguien deje de hacerlo porque denuncia las reglas delincuenciales, hunde el barco desde dentro; por eso es muy importante asegurarse de quién entra en el club. Como muchos buenos entendedores ya supondrán, me estoy refiriendo a los partidos políticos.

Entre ellos utilizan todo tipo de trampas, chantajes y mentiras, pero nunca ha de llegar la sangre al río; eso sí, cuando ven sus barbas peligrar, huyen todos como ratas a la primera de cambio, haciéndose invisibles, incluso en nuestra memoria. “Yo te dejo a cambio de que tú me dejes”, es su lema.

La falta de decoro es una de las claves, demostrar actitudes egoístas y hegemónicas de forma clara y mostrar todo el descaro imaginable. Lo que se busca es el control porque un grupo ha de dominar a los otros, mientras los demás esperan pacientemente su turno; sólo han de ver signos de debilidad en el macho alfa para entrar a disputar el ansiado trofeo en una campaña de ladrones que actúan hipócritamente como buenas personas que respetan a otros, cuando en realidad sus acciones son la representación de la mentira, no pocas veces personificadas en carne y hueso.

Es lo que se observa actualmente en la política española. Sin entrar en ideologías, las cuales no son más que fachadas para engaña bobos, a la hora de la verdad desean seguir viviendo de nosotros, los sacrificados y bienintencionados ciudadanos que creemos, ingenuamente, en la democracia, aún en estos tiempos… Las normas que se siguen en el gobierno de España no rozan ya el delito, sino que son ilícitos penales en estado puro: robo (impuestos), hurto, amenazas, coacciones, genocidios en masa, torturas de todo tipo (incluyendo las psicológicas), perversión sexual de menores en los centros educativos, asesinatos en masa por vacunas que son armas biológicas, encarcelar en el domicilio (cuarentenas del 2020) y un larguísimo etcétera. Una visión crítica de lo que nos imponen desde el gobierno y las condiciones impuestos nos dejarían a las claras que estamos en manos de delincuentes.

Y entre ellos se entienden, como no podría ser de otro modo, de la misma forma que entre ellos se encubren. No hay más que recordar como Pedro Sánchez indultó a todos los encausados por el golpe independentista en Cataluña de 2017, eliminó los delitos de sedición y manipuló a cuantos organismos pudo para hacer sus tropelías, al estilo del padrino. No es extraño que aquéllos con los que tiene que acordar para seguir al mando de la banda sean por el estilo: Bildu, ex representantes de terroristas; ERC, pura corrupción; Sumar, comunistas al viejo estilo del estalinismo y del chavismo venezolano, y Puigdemont, fugitivo de la justicia española, capaz de paralizar a todo un país con tal de salirse con la suya y romper España en dos. Por otra parte, ni vox ni PP denuncian el pucherazo y la falta de escrutinio general tras las elecciones, dictaminado por la LOREG como medida obligatoria, como si no quisieran limpiar el mal llamado juego democrático que tanto les conviene… Un delincuente sólo puede tratar con otro delincuente y el reto se vuelve más apasionante aún si el rival es un peligroso matón de barrio o es conocido por sus malas artes, llenas de engaños y traiciones. Todo ello muy en consonancia con las normas satánicas en las relaciones humanas, regidas por el engaño, la traición, los perversos planes cuyo fin es quitar al enemigo del medio sin que se percate de la jugada, amenazar con miedo a quien ose desafiar a quién se cree invencible y soberbio, vengarse por detrás, hacer trampas y reírse después de que todo está hecho, apropiarse de lo ajeno porque se cree es propio y hacer del odio el principio rector de toda acción, toda ambición desmedida y todo acto de traición, siempre inesperada. El fin no es otro que el premio fácil, empleando a los otros para ello como herramientas y esclavos de tiempos que creíamos superados. Después de todo, la regla que impregna todo ello es la agenda 2030, que rezuma satanismo desde el pin multicolor, pasando por quienes nos pintan un mundo de bellos colorines y acabando por la muerte como fin del objetivo, al menos de parte de la población. Como no se podría imaginar de otro modo, para ello no se necesitan seres angelicales, sino perversos demonios encarnados.

El poder, siempre apetitoso, hace creer que es un juego de niños en el que ninguno pierde. Pedro Sánchez tendría su magnífico premio por haber robado a los españoles a manos llenas mientras se reía de los pobres súbditos, que nunca dejarán de ser otra cosa; no olvidemos que España les importa menos los cargos que les prometan desde la OTAN y a Irene Montero menos que los puestos que le dé la ONU por haber convertido a los colegios de España en centro de perversión sexual de menores. Tuvieron su oportunidad de enriquecerse a nuestra costa y, superada la prueba los organismos internacionales sabrán premiarlos, subiendo de grado como se hace en la masonería hasta el grado 33.

Mientras tanto, mientras siguen la lucha y el psico teatro político, se impone el código de honor: no fiarse del rival, engañarlo y utilizarlo forma parte del pastel y a quién le quede el trozo más pequeño ha de dar sus pinitos para llamar la atención y así adquirir el premio por la obediencia al gran maestro y líder.

He aquí el principio delictivo, que encubre sus actos a través de la decencia y la preocupación por el pueblo, el cual tiene el poder no sólo de denunciarlos con pruebas, sino de regirse a sí mismo con amor y sabiduría. 

Nos gobiernan delincuentes con corbata y, si no es así, tendrían que denunciar semejantes tropelías, demostrando de parte de quién están.

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