domingo, junio 23, 2024
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El origen de la leyenda anti-española

Sobre nosotros, el pueblo español, aún pesan los eslóganes de una campaña de propaganda de guerra conocida como leyenda negra que aún hoy menoscaba nuestra moral y autoestima. También afecta negativamente a los hispanoamericanos. Conviene, pues, conocer su origen y desarrollo.

Las  mentiras hispanófobas se originaron en Italia durante el siglo XVI. Algunos italianos, en vez de estar agradecidos por la defensa que el imperio español les proporcionaba frente a los turcos, se mostraron envidiosos (pues ellos habían tenido un imperio en la Antigüedad) y cuando los mercenarios germanos del emperador Carlos V saquearon Roma en 1527 nos echaron la culpa a los españoles.

Envidias aparte, los infundios y mentiras antiespañolas alcanzaron la categoría de propaganda de guerra en torno a 1530, cuando los príncipes alemanes que se habían pasado al protestantismo para quedarse con las tierras de la iglesia y convertirse en los papas de sus propias sectas utilizaron la imprenta de Gutenberg para diseminar libelos insultantes contra los españoles por ser los principales defensores del catolicismo.

Luego los holandeses protestantes y secesionistas hicieron lo mismo. Pero fue en Inglaterra, a partir del reinado protestante de Isabel I (1558), cuando esa propaganda de guerra fue estructurada en forma de campaña de marketing para ganar la batalla cultural, ya que no podían vencernos en el plano económico y militar.

Esa propaganda venía a decir que éramos la encarnación −en grado supino− de la maldad intrínseca del catolicismo, o sea, unos monstros que habíamos destruido las obras de arte de Roma y genocidado a los buenos indios para robarles el oro y violar a sus mujeres.

Los españoles de la época no comprendieron la importancia de combatir tales maledicencias y calumnias porque con saber que eran falsas les bastaba. ¡Sin duda desconocían que una mentira repetida mil veces termina siendo verdad (Goebbels)!

Las falsedades de esa campaña de propaganda tenían dos objetivos. Uno interno, el pueblo inglés, a quien debían convencer de que los españoles y el catolicismo eran la encarnación del anticristo, unos demonios no-humanos a los que se podía matar y piratear sin ningún remordimiento de conciencia. Eso también justificaba la matanza y la persecución que los reyes protestantes cometían contra los católicos ingleses.

A nivel externo el objetivo de ese marketing eran nuestros socios comerciales y, especialmente,  los españoles de América (tanto indios como criollos) con la finalidad de que estos se rebelasen contra la península y terminaran aliándose con Inglaterra, ya que por aquel entonces Hispanoamérica eran la tierra más próspera del occidente cristiano y aún no se había colonizado ni Australia ni Asia ni África.

Los indios hispanos no hicieron ni caso de tal leyenda, pues acababan de verse liberados del canibalismo y de la cruel opresión de los incas y los aztecas y estaban encantados con el nuevo modelo político social que, a cambio de la carne humana, les había dado vacas, cerdos y corderos y la riqueza aparejada al comercio entre China, América y Europa. También les había traído hospitales y universidades a los que podían acceder sin ningún tipo de racismo, ya que la corona española promovía el mestizaje.

Quienes sí quisieron creer la falacia de esa leyenda fueron las familias criollas (blancas) que comerciaban ilícitamente con Inglaterra saltándose las leyes que sólo permitían el comercio externo con la península; proteccionismo que permitió desarrollar en la América española un próspero tejido protoindustrial (las mercancías provenientes de la península ibérica eran escasas y muy caras debido a la piratería y todo lo necesario debía fabricarse en América).

Estos contrabandistas, ubicados en las ciudades costeras y celosos de la riqueza de las ciudades del interior protoindustrial, fueron quienes encabezaron las guerras civiles (mal llamadas guerras de la independencia) y subyugaron a las nacientes repúblicas hispanoamericanas al poderío inglés, que fomentó la división mediante guerras intestinas.

Esos traidores, además, alimentaron la leyenda negra para justificar su poder espurio y el endeudamiento de sus repúblicas para con el banco de Inglaterra, el cual, a cambio de sus préstamos, les exigió abrir sus mercados a los productos del Reino Unido (libre comercio), lo que no tardó en destruir el tejido industrial de Hispanoamérica.

Actualmente las elites gobernantes de Hispanoamérica siguen alimentando las mentiras negro-legendarias para desviar la atención de la pobreza que generan en beneficio de las oligarquías anglosionistas, lo cual les viene muy bien a estas en otro sentido, pues la leyenda negra (junto con el nacionalismo de campanario, la Ilustración y la masonería) son claves para mantener fragmentada a Hispanoamérica.

¿Os imagináis el poder que habrían tenido a día de hoy las diferentes repúblicas hispanas si se hubiesen mantenido unidas como las 13 colonias que fundaron EEUU y, además, hubiesen implementado políticas para proteger su tejido industrial?

En España la leyenda antiespañola comenzó a calar con los Borbones (que envidiaban a los Austrias), se acentuó con el liberalismo del siglo XIX, aminoró con Franco y ahora, con el poder ocupado por los masones anglófilos del PP-PSOE y los republicanos antiespañoles de Podemos, es la versión hegemónica.

¿Consecuencias? Un auto-odio que nos está llevando a la extinción como pueblo (pues es uno de los factores que influyen en que apenas tengamos hijos) y a la disgregación estatal (Cataluña, Vascongadas…), lo cual beneficia a las oligarquías extranjeras, pues ya sabéis: divide y vencerás.

Conviene, pues, que tanto españoles como hispanoamericanos conozcamos la verdadera historia que se oculta bajo esa leyenda falaz, para lo cual es recomendable ver, oír y leer los trabajos de autores como Marcelo Gullo, Patricio Lons, María Elvira Roca Barea o Iván Vélez.

José Miguel Alvarado 

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