El criminólogo y catedrático de la Universidad de Valencia Vicente Garrido ha vuelto a poner el foco en un tema que lleva años estudiando: la psicopatía “integrada”, la que no sale en las películas de asesinos en serie pero causa un daño enorme en la vida cotidiana. En una entrevista publicada en La Opinión A Coruña (y compartida por él mismo en X), afirma con rotundidad: “En España hay 2,5 millones de psicópatas: pueden ser tu pareja, tu padre o tu jefe”. Y añade la frase que resume su diagnóstico: “Vivimos en la era de la psicopatía, hoy los psicópatas juegan en casa”.
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— Vicente Garrido (@martyrium2014) October 21, 2026
La imagen distorsionada del psicópata
Garrido insiste en que la sociedad tiene una visión deformada por el cine y las series. Cuando oímos “psicópata” pensamos en Hannibal Lecter o Ted Bundy, pero eso es solo una franja muy pequeña. El perfil más abundante —y según él más peligroso por su capacidad de pasar desapercibido— es el del psicópata integrado: alguien que se mueve con normalidad en la familia, la empresa o las instituciones. Puede ser la pareja, el padre, el jefe o el socio de un negocio.
La característica central es la desconexión emocional. No sienten (o sienten de forma muy limitada) empatía, culpa o emociones morales. Son maestros en la mentira y el fraude emocional: detectan vulnerabilidades, inseguridades y heridas afectivas, y adaptan su comportamiento para ofrecer exactamente lo que la otra persona necesita. Pueden resultar encantadores, divertidos, atentos o incluso “buenos padres”. Todo forma parte de una estrategia de seducción. El problema aparece cuando el vínculo se consolida (un hijo en común, un negocio, una dependencia afectiva). Ahí comienza la fase de explotación: control, manipulación, humillación y coerción emocional constante.
Cifras y violencia psicológica
Según los estudios que cita, la psicopatía de intensidad moderada o alta afectaría aproximadamente al 5 % de la población. En España eso supone unos 2,5 millones de personas, con una proporción de siete hombres por cada tres mujeres. Si cada uno impacta de media en cinco personas de su entorno, el alcance es enorme. Garrido lo califica de “urgencia de salud pública y mental”.
Por qué es tan difícil reconocerlos y qué favorece su expresión
Uno de los errores más habituales, señala, es pensar que el psicópata padece una enfermedad mental que le impide controlar su conducta. Tienen contacto con la realidad y pueden planificar. La creencia de que “el amor lo cambiará” o que “solo necesita ayuda” suele mantener a las víctimas atrapadas.
Garrido no afirma que haya más psicópatas genéticamente (la prevalencia tiene un componente estable), pero sí que el clima cultural, social y político actual favorece la expresión de estos rasgos: orientación al poder, individualismo extremo, competición feroz y búsqueda del éxito a cualquier precio. Las redes sociales amplifican el odio, un entorno en el que el psicópata se siente cómodo. Menciona la glorificación de ciertos líderes y cita ejemplos internacionales (Trump y Putin) como ilustraciones de liderazgo con rasgos psicopáticos. En sociedades marcadas por el miedo y la incertidumbre, su carisma y falta de empatía les dan ventaja.
También en la política
Aunque el titular de la entrevista se centra en la pareja, el padre o el jefe, el propio Garrido lleva años advirtiendo sobre el mismo fenómeno en la política. En su libro El psicópata integrado (en la familia, la empresa y la política) y en intervenciones anteriores ha señalado que los partidos no filtran la catadura moral de sus dirigentes: lo único que importa es si sirven para conseguir votos. “Y luego pasa lo que pasa”, ha escrito.
En los comentarios a su publicación en X, varios usuarios dan un paso más y apuntan directamente a la cúspide del poder: “O mi presidente del gobierno, tampoco nos cerremos puertas” o “O tu presidente del gobierno…”. No es una acusación concreta de Garrido en esta entrevista, pero encaja con la lógica que él mismo describe: cuanto más poder ofrece una actividad, más atractiva resulta para perfiles con estos rasgos, y menos filtros morales existen.
¿Se puede convivir o hay cura?
Garrido es tajante: no. La convivencia tiene un precio altísimo porque la coerción emocional puede llegar a hacer la vida miserable. No hay pastilla que cure la psicopatía ni la ayuda profesional suele cambiar el comportamiento de fondo. La auténtica liberación, dice, exige salir de su órbita, romper la relación o neutralizar al máximo su influencia. Y después reconstruir el sentido de la propia vida. “Ese es el verdadero triunfo sobre el psicópata”.
El mensaje de Garrido no es alarmista en el sentido de que “todos somos psicópatas”, sino de que una minoría significativa de personas con estos rasgos causa un daño desproporcionado precisamente porque pasan desapercibidas. Y que en un entorno que premia la falta de empatía, el carisma superficial y la orientación al poder, su campo de juego se amplía: desde el hogar y la oficina hasta, potencialmente, las instituciones y el Gobierno.

