Enrique de Diego aborda en sus memorias mucho más que el simple repaso de una vida. Su obra se presenta como una reconstrucción personal, política y sociológica de una España que, según su mirada, ha sido deformada por décadas de propaganda interesada.
El autor vuelve sobre el tardofranquismo no como quien visita una época muerta, sino como quien reivindica un tiempo vivido en primera persona y sometido después a una caricatura sistemática. Frente al relato dominante, que ha convertido aquel periodo en una sombra uniforme, De Diego propone una lectura distinta: la de un país con orden, continuidad histórica, ascenso social y una conciencia nacional que, a su juicio, fue posteriormente desmontada por las élites políticas y mediáticas surgidas al calor del nuevo régimen.
El libro se construye desde una premisa incómoda para el consenso actual: la España del final del franquismo no sería ese páramo oscuro que se ha repetido hasta la saciedad, sino un escenario mucho más complejo, con luces, logros y una estructura social que permitió a millones de españoles vivir con estabilidad y esperanza. Enrique de Diego no escribe desde la distancia académica ni desde la prudencia calculada del cronista neutral. Escribe desde la experiencia, desde la memoria y desde una voluntad clara de ajuste de cuentas. Su mirada no pretende agradar al sistema, sino impugnarlo.
En ese recorrido, la figura de Franco ocupa un lugar central. El autor lo presenta como un personaje histórico de dimensión excepcional, comparable en su importancia a grandes figuras de la historia de España y de Europa. No lo aborda como el monstruo unidimensional fabricado por la propaganda antifranquista, sino como un gobernante cuya obra, según su interpretación, debe medirse en términos de construcción nacional, desarrollo económico, estabilidad institucional y continuidad histórica. Para De Diego, la demonización de Franco no habría sido un ejercicio espontáneo de memoria, sino una operación política sostenida durante décadas para legitimar el sistema posterior y desarraigar a los españoles de una parte decisiva de su propia historia.
El tardofranquismo aparece así como el paisaje sentimental y sociológico de un país que todavía conservaba certezas. Una España con jerarquías claras, con sentido de comunidad, con respeto por la autoridad y con una idea de nación no sometida al relativismo político posterior. El autor no lo presenta como una edad perfecta ni como una postal ingenua, sino como un tiempo mejor en comparación con la degradación que, a su juicio, vino después. La memoria personal se convierte entonces en una herramienta de combate contra la versión oficial de la historia reciente.
Uno de los ejes más duros del libro es la crítica a lo que Enrique de Diego denomina la “mierdocracia”, una expresión deliberadamente agresiva con la que resume su desprecio hacia el sistema político y mediático surgido tras la muerte de Franco. En su visión, la democracia española no habría sido la culminación de una libertad largamente esperada, sino la sustitución de un orden por una maquinaria de corrupción, mentira, mediocridad y servidumbre. La Transición, lejos de aparecer como un pacto ejemplar, queda retratada como el inicio de una decadencia moral e institucional.
El autor dirige especialmente su mirada contra el mundo mediático, al que conoce desde dentro. Por sus páginas desfilan periodistas, directores, opinadores y empresarios de comunicación con los que se cruzó a lo largo de su trayectoria. No los presenta como guardianes de la verdad ni como referentes intelectuales, sino como piezas de un circo de vanidades, intereses, traiciones y cobardías. Enrique de Diego utiliza una pluma afilada para describir miserias personales, ambiciones profesionales y formas de corrupción moral que, según su relato, ayudaron a construir el gran engaño colectivo de las últimas décadas.
En ese desfile aparecen nombres como Luis María Anson, Joaquín Vila, José Antonio Vera, Ramón Pi, Pedro J. Ramírez, Federico Jiménez Losantos, Julio Ariza o Risto Mejide. Cada uno representa, a su manera, una parte de ese ecosistema mediático que el autor considera responsable de haber sustituido el periodismo por la propaganda, la independencia por el cálculo y la verdad por el espectáculo. No se trata solo de una crítica profesional, sino de una acusación moral. Para De Diego, buena parte de la prensa española habría renunciado a su función de vigilancia para convertirse en cómplice del poder o en instrumento de manipulación.
La política tampoco sale mejor parada. El libro se adentra en el retrato de figuras como José María Aznar, Eduardo Zaplana, Federico Trillo o José Bono, nombres que forman parte de la historia reciente del poder en España. Enrique de Diego los observa desde la desconfianza y el desencanto, como representantes de una clase dirigente que, en su opinión, no estuvo a la altura de la nación que decía servir. La crítica no se limita a un partido ni a una ideología concreta. Su ajuste de cuentas es más amplio: apunta contra una casta política que habría convertido España en un territorio de reparto, cálculo electoral y renuncia a los principios.
Especialmente significativa resulta la presencia de Julio Ariza, presentado como inventor de Vox. Esa mención permite al autor extender su crítica también hacia sectores que se presentan como alternativa al sistema, pero que, según su mirada, formarían parte de sus propias dinámicas. De Diego no parece escribir para salvar a ningún bloque político concreto. Su tono es el de quien se considera fuera del tablero y contempla la escena pública como una degradación casi completa, donde incluso las supuestas opciones de regeneración nacen contaminadas por los mismos vicios que dicen combatir.
El estilo de la obra combina memoria, denuncia y retrato personal. No es una autobiografía complaciente ni un libro de recuerdos amables. Es una obra de combate. Enrique de Diego escribe con voluntad de dejar testimonio, pero también de señalar culpables. La memoria funciona como arma contra el olvido y contra la versión oficial. Cada episodio personal se convierte en una pieza de un diagnóstico más amplio: el de una España que habría sido traicionada por quienes tomaron el control del relato, de las instituciones y de los grandes altavoces públicos.
La dureza del libro alcanza su punto máximo cuando el autor aborda lo que considera un genocidio en curso. Más allá de la formulación extrema del término, De Diego plantea esa cuestión como una denuncia de enorme gravedad y como una causa personal. No se limita a describir una decadencia política o cultural, sino que afirma enfrentarse a una agresión deliberada contra la sociedad, ante la cual se compromete a exigir responsabilidades. En ese tramo final, el tono memorialístico se transforma en una declaración de guerra moral contra quienes, según su visión, han participado en ese proceso o lo han permitido.
Estas memorias, por tanto, no buscan la equidistancia. Tampoco aspiran a integrarse cómodamente en el relato aceptado por el mundo académico, político o mediático. Son el testimonio de un autor que se sitúa frontalmente contra el consenso dominante y que reivindica el derecho a mirar el pasado desde una perspectiva prohibida por la corrección oficial. Enrique de Diego no escribe para reconciliarse con su tiempo, sino para impugnarlo. Su libro es una acusación contra la España nacida de la Transición, contra sus élites y contra el aparato cultural que, a su juicio, ha falsificado la memoria colectiva.
En el fondo, la obra plantea una pregunta incómoda: qué queda de una nación cuando se destruye su memoria, se ridiculiza su pasado, se corrompen sus instituciones y se entrega el relato público a quienes viven de manipularlo. La respuesta de Enrique de Diego es severa. Para él, la España actual no es el fruto de una evolución natural hacia la libertad, sino el resultado de una demolición dirigida. Sus memorias son, por eso, una reivindicación del pasado vivido, una denuncia del presente y una advertencia sobre el futuro.
El lector encontrará en estas páginas un libro incómodo, combativo y deliberadamente alejado del lenguaje templado. Unas memorias que no piden permiso, que no suavizan sus juicios y que no esconden su intención de ajustar cuentas. Enrique de Diego escribe contra la propaganda, contra la cobardía y contra la corrupción moral de quienes, desde los despachos políticos y los platós mediáticos, han construido una España que él considera degradada. Y lo hace desde la convicción de quien cree haber conocido un país mejor y se niega a aceptar que su recuerdo sea enterrado bajo la versión interesada de sus vencedores.



