Por Alfonso de la Vega
Tal como se está poniendo la geopolítica para no quedarse fuera de juego en la comprensión y análisis de los acontecimientos conviene releer los viejos grimorios, los manuales de exorcistas, demonólogos, o lo santiguos textos sobre magia demoniaca como por ejemplo el del P. Martin del Río, S J, sin olvidar el Talmud. Cuando se observa el grado de infestación diabólica de gran parte de nuestras élites como demuestran los horribles archivos de Epstein o las no menos espantables mañas de la degenerada Monarquía británica o de muchos magnates de la plutocracia norteamericana es preciso reconocer la naturaleza espiritual de esta batalla en la que nos encontramos. Acaso no demasiado nueva puesto que ya San Pablo nos advertía de ello.

Aunque como decía Papini una de las más astutas argucias del diablo es hacernos creer que no existe, desde el punto de vista católico cabe recordar que el Concilio de Braga del año 564 en su canon VII establecía como artículo de fe la existencia real del Diablo. Y la posición de nuestras actuales élites con su demostrada capacidad de devastación sería prueba circunstancial de esta afirmación. La publicación de los archivos de Epstein confirma que el mundo se está desplazando hacia el dominio de los peores o la fase más peligrosa de la caída moral. Nos tememos que el horrendo crimen perpetrado quedará impune, no les pasará nada a aquellos poderosos cuya implicación conocemos, y a quienes sirvieron como mesías tecnológicos, gigantes políticos o demás. Aunque ahora están expuestos por su verdadera condición satánica. Y así se comprende mejor lo que está pasando incluidas las guerras. El Mal estaría generalizado, incluso parece ya institucionalizado en ciertos ámbitos de poder. Algunos intuyen que constituye una especie de iniciación para las malvadas cordadas de ascenso a los puestos de más influencia o poder que se perpetra contra los pueblos.
Otra prueba es la progresiva implantación de un nuevo lenguaje, una neolingua capaz de confundir a cualquiera que no tenga una solida formación e instrucción. Este problema de la pobreza de sinónimos y de la comprensión de significados resulta de lo más preocupante y desalentador pues en el lenguaje se basa el pensamiento y la cultura desaparece sin ello. El lenguaje, ¿nos sirve o nosotros le servimos a él? Somos criaturas del lenguaje y sufrimos cuando lo tergiversamos ¿”feminismo”, “democracia”…? De la sublimidad del lenguaje musical o el literario a la oscuridad de los grimorios o la degradación chabacana del incierto y tosco del lumpen o las germanías de cierta empoderada chusma envidiosa resentida y semi analfabeta actual. El caos programado, el mundo al revés al servicio del Adversario.
Otrora hubo una cierta polémica sobre si el Diablo admitía alguna forma de religión. ¿Se puede hacer una religión en honor del ser menos religioso? Probablemente el Diablo no puede tener una religión pues sería algo contradictorio y absurdo. Lo contrario de toda religión digna de tal nombre. Ahora bien, a lo largo de la historia numerosos grupos más o menos sectarios han sido acusados de pacto diabólico. El sabat parece símbolo hoy de muchos consejos de ministros y ministras en todo Occidente.

Pero cabe citar dos formas tradicionales de adoradores del Diablo:
Los ñanigos fueron en su inicio una sociedad secreta de color inspirada en el fetichismo del Senegal o del Congo y producto de la desdichada situación de la negritud llevada a Cuba. Se trataba de una forma religiosa primitiva y elemental fundada en la admiración del Mal y al dolor que sufrían antes que al Bien que apenas conocían. Pronto degeneró en un centro de convergencia de toda clase delincuentes. Los ritos eran presididos por un sacerdote que representaba al Diablo y como tal recibía los juramentos de los neófitos.
Los yesidas o yezidis, famosos por la elaboración de muselina, son otro grupo de reconocidos adoradores del Diablo en el norte de Irak. Tienen un templo cerca de Mosul y poseen un objeto de adoración, un candelabro montado en un pájaro de bronce llamado Mael Tos que es una figura del Diablo. También una serpiente a la puerta del templo. Las ceremonias son secretas pero al parecer los yesidas son gentes humanitarias y de cierta condición moral. Entonces, ¿Por qué adoran al Diablo?
La respuesta no carece de lógica. Los yezidis adoran al Diablo porque creen que solo de éste puede venir el Mal y en consecuencia conviene estar siempre en buenas relaciones con él.
Algún amable lector que haya tenido la paciencia de llegar hasta aquí, pensará que la cosa no está para muchas excursiones de antropología cultural que nos distraigan de los graves problemas que nos afligen. A lo que cabe oponer que conviene hacer un esfuerzo por comprender, que la Historia nos enseña y que esto no es cosa aislada o de un pasado lejano sino que ahora disfrutamos de muchos nuevos yesidas adoradores del “Diablo” para que les proteja. En casi todo Occidente aunque con alguna notable excepción que se intenta erradicar para que no cunda el ejemplo.
Aquí contemplamos las declaraciones y conducta de casi toda la vergonzante casta política borbónica con especial mención de don Felipe, de Feijoo y su grupo complaciente. Ahora lo estamos volviendo a comprobar: en vez de afirmar la causa de la Moral adoran al Diablo en la forma de personajes e instituciones al servicio del Mal en la creencia yesida que así ellos van a poder quedar a salvo.
Una táctica acomodaticia que es muy diferente sino opuesta a la indicada por San Pablo en su epístola a los Efesios (cap. VI, 12): “Revestíos de la armadura de Dios para que podáis resistir los asaltos del diablo. Que no es nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los principados y las potestades, contra los poderes mundanales de las tinieblas de este siglo, contra los espíritus malos que andan por los aires. Por esto tomad la armadura de Dios para que podáis poner resistencia en el día malo y, poniéndolo todo en obra, manteneros en pie. Manteneos, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y revestidos con la corona de la justicia…”
Rectificar es de sabios. No, no me gusta nada el lamentable estado de la civilización occidental ni tampoco lo que ha degenerado España tras medio siglo de Monarquía. Es preciso reconducir completamente desde unas reconstruidas bases morales este actual sistema degradado. La Tradición está ahí pero se ignora. Las dificultades son muchas y si esto se sigue deteriorando, quizás ni estemos aún a tiempo o en condiciones ya de hacerlo. La propaganda oficial dirigida a perpetuar el engaño hace estragos en las conciencias. Al menos nos queda intentar comprender y mantener la propia dignidad personal como indicaba San Pablo y sin adherirse a la cobarde táctica de los yesidas.

