Por Alfonso de la Vega
Debiera ser uno de los problemas a tratar en cualquier debate actual digno de tal nombre que no se quede en simple rebatiña para pillar y disfrutar de la mayor parte del botín. Me refiero a la actual UE, si tiene remedio desde dentro o es preciso salir huyendo de ella como alma a la que la lleva el diablo. Y en este caso no es exagerada metáfora porque el desempeño actual de la ruinosa y liberticida UE tiene mucho de diabólico.
La UE no es una federación de naciones sino una alianza mohatrera de élites financieras y corporaciones transnacionales contra los pueblos europeos. La UE ha devenido en enemiga de la clase media y de los trabajadores de Europa. Sus medidas arruinan las economías. Crecen las manifestaciones de protesta como la actual de agricultores en Francia. La potente y empoderada industria automovilística alemana empieza a cerrar sus fábricas. El sector agrario está siendo saboteado hasta extremos que ya apenas puedan garantizar la estabilidad o independencia alimentaria. Poco a poco pero cada vez más se está generalizando la conciencia de los desastres que producen sus políticas tales como la inmigración promovida por las élites.
La UE se encuentra en horas muy bajas lo que la hace aún más peligrosa. Las razones son varias además del actual cambio de planteamiento estratégico de la Administración Trump como se está viendo con la guerra de Ucrania o las pulsiones anexionistas que recuerdan al tristemente célebre lebensraum hitleriano ahora con Groenlandia. En cambio, el Secretario estadounidense del Tesoro anuncia que se retiran del fondo mundial contra el cambio climático.
Pero en su mayor parte la crisis se debe a los propios méritos de la UE que ha traicionado a sus pueblos a los que somete de modo despótico y contribuye a arruinar. Unos dirigentes traidores con razonables sospechas de corrupción generalizada que sirven intereses opuestos a los de la ciudadanía. Nos encontramos en la negación sistemática de las primeras ideas sobre las instituciones europeas, al menos en lo que tuvieran a su inicio de verdaderamente progresivo o filantrópico. Y están empezando a extenderse las protestas más fulminantes, primero mediante el auge de los nuevos partidos patrióticos de resistencia nacional vilmente saboteados por la UE. También mediante manifestaciones de protestas civiles contra los desafueros. La feroz Von Leyen se ha visto obligada a retardar un poco el ruinoso tratado de MERCASUR para favorecer a ajenos contra los legítimos intereses de los productores y consumidores europeos. O también con lo de la aberración de la imposición del fláccido coche eléctrico y la prohibición de los motores de combustión para el año 2035.
Con el acuerdo MERCOSUR, el acceso al mercado europeo de producciones extranjeras se verá muy facilitado. Esto supone una presión tremenda para la ganadería europea, que debe cumplir estrictas normativas ambientales y sanitarias mientras compite con carne producida a bajo coste en explotaciones transnacionales y a gran escala, incluso vinculadas a la deforestación de la Amazonía. La expansión agrícola de Brasil se hace a costa de la Amazonía. La deforestación avanza para dar paso a enormes explotaciones y monocultivos controlados por fondos de inversión internacionales, no por agricultores locales. Según PRODES (Programa de Monitoreo Satelital de la Deforestación en la Selva Amazónica Brasileña), Brasil ha deforestado 118.439 Km2 entre el 2010 y el 2024, lo que equivale a más de quinta parte de la superficie de España.
Un modelo agroindustrial que sacrifica sostenibilidad, biodiversidad y seguridad alimentaria en beneficio de corporaciones. Puro cuento encubridor de intereses bastardos como casi toda la política perpetrada por la UE. Y una competencia desleal de dimensiones tremendas que amenaza a casi todos los sectores productivos españoles y pone en entredicho la supervivencia de nuestro modelo agrícola.
En Europa se restringen fitosanitarios y fertilizantes, se prohíben transgénicos y se imponen exigencias ambientales cada vez más duras a los agricultores. Pero, al mismo tiempo, se firma un acuerdo con países donde vale todo o casi todo. Es completamente escandaloso que los mismos políticos que nos sermonean con conceptos abstrusos cuando no falsos, hablan de sostenibilidad y resiliencia, los que imponen barbaridades con exigencias climáticas y de biodiversidad buscando la descarbonización de Europa, sean quienes, haciendo gala de una hipocresía canallesca, apoyan este acuerdo con MERCOSUR. Mientras allí el sector agrario crece quitándole espacio a la selva, en Europa se obliga a abandonar explotaciones agrarias y ganaderas. Y una competencia desleal de dimensiones tremendas que amenaza a casi todos los sectores productivos españoles y pone en entredicho la supervivencia de nuestro modelo agrícola. Entre los dos últimos censos agrarios del INE (2009-2020) España ha perdido 74.925 explotaciones agrarias (-7,6%) y 73.054 explotaciones ganaderas (–30,1%). La tópica España vaciada se agrava.

En la desastrosa Francia de Macron las protestas de los agricultores están siendo reprimidas con la violencia policial y la detención de dirigentes de asociaciones agrarias. Es posible que esas tractoradas se vayan generalizando también en este hasta ahora impasible narcotizado reino filipino en el que parece que nunca pasa nada o si pasa no nos importa. Pero el tiempo actúa en nuestra contra.
No es descartable la amenaza de futuras hambrunas y desabastecimientos a añadir a las actuales carestías. Si bien se prevé una cierta tregua con el precio del petróleo, motivada por los intentos de Trump de reducir los ingresos por las exportaciones del crudo ruso y menoscabar su economía y presupuestos a fin de debilitar su posición geoestratégica.
Entiendo que el problema del sabotaje del campo por parte de las autoridades acaso sea demasiado sensible para mí no solo como ciudadano sino también como ingeniero agrónomo. Si la etiquetación sobre origen y composición de los alimentos no es fraudulenta y mientras haya alternativas en las estanterías cabe rechazar todo lo que no sea de producción española o al menos europea, pero eso tampoco es posible siempre.
Pero mas allá de las precauciones, tractoradas o rebeliones similares resulta necesario preguntarse si se puede seguir así, dependiendo de un enemigo que ya ni disimula. Y qué se puede hacer para evitarlo. Por desgracia ninguna fuerza política del régimen borbónico parece dispuesta a abordar ese debate, uno de los más importantes que hoy pueda hacerse porque como bien dice el lema profesional “Sine agricultura nihil”.

