Por Alfonso de la Vega
El gran Valle Inclán puede considerarse un curioso pero certero cronista de otro momento lamentable de la historia de España cuando se estaba a punto de mandar a un merecido exilio a los Borbones, en este caso a la Isabelita y su melifluo consorte, un homosexual cuyo mayor oficio y beneficio para la Corona era legitimar bastardos. Con más de una importante similitud, aunque también con notables diferencias, de especial oportunidad y enorme interés hoy resulta releer la saga novelada de la descomposición de la corte de los milagros isabelina. Los espadones de la época hartos del mal gobierno conspiraban para quitarse de en medio la garrapata borbónica. Una época con momentáneo final feliz “Doña Isabel puso píes en polvorosa, tirando los trastos de reinar, porque el cristo revolucionario la sorprendió en lugar vecino a la frontera, donde tomaba los baños de mar tan saludables para el humor herpético.”
Con su prosa barroca, enrevesada, que requiere el uso constante del diccionario por el uso y quizás abusos de la jerga de germanías, Valle nos da toda una lección de historia, una incursión en la auténtica memoria con muchos párrafos notables además de divertidos:
En los amenes isabelinos ocurrieron notorios milagros, pero ninguno tan sobresaliente como la puntual llegada del tren andaluz, aquella clara tarde madrileña, cándida tarde de milagro, perfumada de lilas y canciones de Primavera.
…sin tomarse descanso, metiendo prisa al asistente, revistióse los arreos militares y engomadas las guías del bigote, ilustrado el pecho con todo el cuelgue de medallas, cruces y veneras, echóse a la calle:
El Rey Don Francisco, que se sonaba en el fondo de un balcón, vino a los medios, doblando con primor el pañuelo, el pasi-trote currutaco.
Deja la caballerosidad a un lado, y sirve lealmente a tu Reina.
-No es otro mi deseo.
-¡Pues no lo parece!
¡Al rey la hacienda y la vida
se han de dar, pero el honor
es patrimonio del alma
y el alma sólo es de Dios!
-¡No me vengas con coplas progresistas!
-Don Pedro Calderón no creo que tuviese noticia de don Baldomero Espartero.
-¡Muy antiguo haces tú ese texto! ¡Parece del Gil! ¡Y es el caso que me suena! ¿De dónde me suena? ¡Del Teatro! ¡Justo! La comedia que representan en la Cruz, Julián y Valero. Ya recuerdo, es un cantable de Valero. Los monterillas en el teatro hablan siempre para la cazuela. ¡Está bien! ¡Un Grande de España que rehúsa servirme y aduce coplas de un rústico, que tuvo la vara de alcalde en Zalamea! ¡Está bien! ¡Un Grande que se zafa del real servicio con un cantable de teatro! ¡Un Grande que toma ejemplo de un monterilla rural, posponiendo las obligaciones de su sangre y el primordial deber de su clase, que es el Servicio de las Reales Personas! ¡Lo tendré presente!
La nieta de cien reyes, empopada y augusta, señalaba la puerta.
El Duque de Montpensier tiene algo de Rey de Oros… Prefiero al Príncipe… ¿Pero quién regenta? ¡No hay más que aguantarse con lo que tenemos!… La República acabará haciéndose fatal en España… El Príncipe es un candil sin aceite.
¡Por sus prendas al hombre estimamos, no tan sólo por ser conde o marqués!
-¡Una España con honra queremos!
Creo, señores, que aún no es ocasión de liarse la manta a la cabeza… Confío que esta aldabada produzca saludables efectos en Palacio. ¡Calma! ¡Calma! ¡Calma!
Estalló el General Nouvilas:
¡Esa Señora es imposible! ¡Se está buscando una patada en el tafanario!
El Ejército no es, no puede ser, una demagogia contagiada de las utopías modernas. El Ejército es la encarnación del Orden. Elementos de los partidos populares conspiran contra la forma monárquica, y otros partidos, más afines con nuestros ideales, conspiran contra la Reina. ¡En nuestro seno combaten opuestas tendencias! ¡Ah! Señores, cualquiera decisión en estos momentos me parece temeraria. ¡Ah! Yo os diría, recordando al llorado Duque de Tetuán: Consultad con la almohada.
Sobrevino un tumulto de voces:
¡Basta de tolerar sofiones!
¡Mesalina en el Trono de San Fernando!
¡Antes que los avances ultramontanos, la República!
El Ejército no puede ponerse el gorro frigio. El Ejército es el Orden. Retirado en Logroño, el glorioso anciano, invicto adalid de los principios constitucionales, ha consagrado una frase que es todo un programa: Cúmplase la Voluntad Nacional.
El general Nouvilas interrumpe:
¿Y si la voluntad nacional fuese la República?
-¿Isabelita se resuelve?
-¡Es madre!
Sulfurados tiples:
-¡Y Reina! ¡Primero Reina!
-Ahí está el camino de la amargura. Y Reina, que tiene un plazo muy perentorio para comparecer con gravísimas responsabilidades ante el Justo Juez.
-¿Y se obstina?
-¡Es madre!
-No lo comprendo. Por muy grande que sea la ceguera por su hijo, la salvación del alma es lo primero.
-¡Ciertamente! Y esas son las lágrimas de Su Majestad.
-Yo salvaré mi conciencia, sea cual sea la decisión de Isabelita. ¡Es el caso de los Reyes Católicos y la Beltraneja!… ¡Un heredero que, a bien decir, no es de tálamo! ¡Pues es el mismo caso!
Vuestras Majestades procederán en todo de acuerdo, dando ejemplo de la mejor avenencia, como debe ser entre esposos que tanto se quieren.
-Padre, es mi mayor deseo. ¡Si en todas las ocasiones he dado pruebas de ser un espíritu conciliador y tolerante!
-¡Muy loable! ¡Muy loable!
Sobre el hombro del valido lucían las reales tumbagas. Con arrumaco de bailarín, bombón y pulido, se puso en pie el Augusto Consorte.
Los de la Gloriosa buscaban sin éxito a alguien medianamente presentable para colocarlo en el Trono. El desastre español no es cuestión solo política sino también de honor, aunque tal rara cosa hoy sea patrimonio de «rústicos con monterilla» más que de encumbrados cortesanos cuyo “primordial deber de su clase es el Servicio de las Reales Personas”.
(Ilustraciones de Valeriano Bécquer, de la colección Los Borbones en pelota)