Por Alfonso de la Vega
El 18 de julio fue, y aún sigue siendo ochenta y nueve años después, una fecha decisiva en la Historia de España sobre la que conviene pensar. En parte por aprender por aquello de lo que sucedió puede ser lo mismo que sucederá o puede volver a suceder porque la naturaleza humana de fondo cambia poco, aunque desde luego hoy veamos entre nuestros compatriotas rasgos que parezcan extraños a las señas tradicionales de nuestra identidad española, producto del embrutecimiento programado del régimen. Por mi parte he tratado de formarme opinión sobre lo sucedido en esta etapa tan trágica de la Historia de nuestra patria y de sus causas, para ello he ido reuniendo una nutrida biblioteca con las memorias de unos y otros protagonistas, así como ensayos de diferentes autores e ideologías o incluso obras de ficción muy reveladoras.
Hoy España parece haber sufrido una mutación. Acaso por esa pérdida de espiritualidad y su sustitución por el nihilismo más descarnado y embrutecedor, ahora todo parece estar al revés, lo que no impide que mucha gente no se preocupe por nada, confunda tolerar con consentir y disfrute mientras llega su San Martín. El reino de la Mentira que es el reino de Satán domina todo y buena parte de la población española tras medio siglo de embrutecimiento programado parece complacerse en chapotear y revolcarse en la pocilga borbónica. Se promueven y disculpan las conductas más infames y degeneradas mientras el más narcotizado populacho aguarda inconsciente el descabello aplaudiendo a los matarifes.
En el comportamiento de buena parte de nuestra sociedad apenas se observa ya lo que venían siendo consideradas invariantes de la ecuación: la sobriedad, austeridad, valentía, senequismo, ni desde luego la religiosidad, tanto a nivel individual como en la vida pública, desde cuando los concilios toledanos civilizaron a la monarquía visigoda, creando una legislación extraordinaria adelantada de su tiempo. Un espíritu religioso que permitiera resistir la adversidad, animar a la reconquista incluso contra toda razonable esperanza. Sin ese espíritu que animaba no solo a las mejores élites sino también a la gente del pueblo España hubiera perecido ante la invasión musulmana, ni se habrían ideado las Partidas de Alfonso X El Sabio, ni los Fueros castellanos, ni las Leyes de Indias, o la Escuela de Salamanca…ni tampoco podido desarrollar la ingente obra de España en América. Ni inspirar a un Donoso Cortés su apasionada defensa de la libertad como irrenunciable bien metafísico.
El 18 de julio la España tradicional histórica tampoco pereció. Se produce un conflicto armado abierto que en cierto modo cabría decir tuvo su primera fase ya en octubre de 1934, con el violento golpe de Estado contra la República perpetrado por sediciosos catalanistas y socialistas. Y luego, tras la fraudulenta victoria del Frente Popular la impunidad para los traidores cobardes causantes de miles de víctimas. Y la decisión del PSOE de Largo Caballero, antiguo alto cargo de la Dictadura de Primo de Rivera, de provocar el conflicto bélico. Entendía que la democracia era incompatible con el socialismo por lo que había que ir a la Revolución violenta. El factor desencadenante fue el vil secuestro y asesinato del diputado opositor Calvo Sotelo por funcionarios de las fuerzas de seguridad republicanas, guardaespaldas del siniestro y corrupto dirigente socialista Indalecio Prieto. Desde el pucherazo de febrero que aupara al poder al Frente Popular la República había muerto dando lugar a una tiranía violenta e infame.
El embajador norteamericano en España, J H Hayes, catedrático de Historia, lo percibe así: “No intento entablar, como no lo hice entonces, una discusión sobre el pro y contra de la guerra civil española o lo que a ella condujo. Debo señalar, sin embargo, basado en una cuidadosa y creo que objetiva investigación y profundo estudio de España, que no fue tan sencilla como muchos publicistas extranjeros quieren presentarla. No fue una lucha bien delimitada entre democracia y fascismo, ni el primer “round” de la Segunda Guerra Mundial.» El hispanista Burnett Bolloten lo tenía claro mostrando la realidad tiránica del bando “republicano” en obras lúcidas como El Gran engaño. También Orwell sufriera la realidad roja durante su estancia en Cataluña como brigadista internacional, que le inspiraría obras como 1984 o Rebelión en la Granja.
Pero el problema de la tiranía no es nuevo, había sido objeto de estudio por el pensamiento católico. España como pionera mundial del derecho de gentes dispone de una importante doctrina política para abordar este tema. Por ejemplo, el jesuita Juan de Mariana autor del polémico libro De Rege et Regis Institutione. El P. Mariana no fue el único autor en tratar la resistencia al tirano ni la legitimidad del tiranicidio en nuestra literatura doctrinal. Así, Pedro de Osma, Francisco de Roa, Domingo de Soto, Francisco de Vitoria, Fernando Vázquez de Menchaca…
Es preciso fijarse en las élites, lo que antes se llamaba las minorías selectas, que hoy nos muestran demasiada corrupción, burdo egoísmo, nepotismo y exceso de invidencia para el futuro de la cosa pública. En el 18 de julio la acción actora inicial fue obra especialmente de una cierta élite singular, la militar llamada “africanista”, que se había enfrentado a la tremenda dureza de una guerra en territorio hostil contra feroces tribus medio salvajes, y formado su carácter y voluntad en ello. Su desempeño y promoción se debían a la adaptación a esta ruda y peligrosa vida. Más bien apolíticos, algunos como Millán Astray mostraban importante conciencia social y crearon la Legión para redimir a gentes perdidas. El citado embajador doctor Hayes describía así a Franco:”Pronto me di cuenta que ningún parecido guardaba el General con las caricaturas que de él corrían en la prensa “izquierdista” de los Estados Unidos. Desde el punto de vista espiritual me pareció no tener nada de torpe ni ser un “poseído” de su persona, antes se me reveló como dotado de una inteligencia clara y despierta, y de un notable poder de decisión y cautela, así como de un vivo y espontáneo sentido del humor.»
No todos eran africanistas. A mi me parecen especialmente esclarecedoras las motivaciones de los militares republicanos de convicción que se rebelaron contra el Frente Popular como el general de división don Ramón Cabanellas, el de mayor graduación. Hoy, estas personas son denostadas cuando ya no se pueden defender por el Régimen actual, lo que no deja de ser una cruel ironía de la Historia pues la presente Restauración borbónica se debe al más notable de ellos. Los Borbones, de memoria tan frágil para lo que les conviene, olvidan a qué hoy denostado y perseguido benefactor les deben trono y fortuna personales. No parecen darse cuenta que la deslegitimación sectaria sin matices del franquismo que la infame política actual impone es también la de su propia restauración u origen, debida la decisión personal del general Franco.
Sobre el problema de las élites rectoras conviene reflexionar sobre otra cuestión muy importante de la que ya diera cuenta como pionero Juan Huarte de San Juan en su famoso Examen de ingenios, probablemente el primer tratado de selección de personal del mundo. Me refiero claro está a la problemática del fomento del talento, la selección y promoción de los mejores, el sentido aristocrático platónico de lo político, que hoy parece definitivamente arrumbado. Un buen sistema debe evitar que un tipo inferior, aún peor si es el propio rey, llamado a regir los recursos fundamentales de una sociedad, se rodee de otros de su cuerda engordando la gusanera de las calamidades y dificultando la acción bienhechora de los mejores. La Segunda República fue un ejemplo de la baja categoría de esas élites o minorías rectoras. En palabras del presidente Azaña: “La política republicana de izquierdas es una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”. Es verdad que en esto la Monarquía, sistema basado en el linaje que no en el mérito, tampoco ayuda sobre todo si se van encadenando reyes ineptos tanto moral como intelectualmente, dedicados a su propio capricho, privilegio y granjería, relegando el bien de la nación y de la gente, rodeados de cortesanos y validos de semejante jaez. Estas suelen ser las principales causas de los desastres históricos. Cuando las cosas van mal el hartazgo crece y puede terminar provocando la violencia abierta a la desesperada.