Por Alfonso de la Vega
“El medio es el mensaje” decía Marshall McLuhan y el acto de entrega en este sábado del premio de la Asamblea francesa al rey viene a ser una notable confirmación de tan famoso aserto. Acto paradójico en la sede republicana en el que estuvo acompañado por sus dos hijas y su nieto mayor que, en rigor y coherencia feminista, debiera ser el auténtico heredero de la Corona después de la infanta Elena.
La escandalosa ausencia de su hijo y nuera indicaría que está lejas la reconciliación y más aún cuando acaso no se habrían repuesto de su soponcio de frustración y envidia al constatar a quien guarda aún cierto respeto y benevolencia parte del pueblo español pese a las campañas denigratorias de la Casa Real y cortesanos palanganeros. Circulan por las RRSS una serie de vídeos o reivindicativos de la candidatura de don Froilán o altamente críticos con su ausente sumiso tío y sobre todo en contra de la consorte. Se constata, pues, que la reconciliación familiar borbónica sigue pendiente. Si el verdadero motivo es la corrupción no se entiende, salvo la ley del embudo, tanta rigurosa severidad con el padre o suegro y tanta manga ancha con el resto.
Desde luego cabe revisar la memoria histórica más allá de la verosimilitud u objetividad de la visión del rey acerca de la Transición, así como su propio papel personal en el proceso, según fueron expresados en su discurso de agradecimiento:
“En 1975 heredé, junto con el trono, todos los poderes que el régimen de la época había concentrado en manos del jefe del Estado, el general Franco, y desde esa posición privilegiada los utilicé para desprenderme de ellos y devolverlos a su legítimo propietario, el pueblo español. La Corona que entonces asumí deseaba hacer de España un Estado social y democrático de derecho, en el marco de una monarquía parlamentaria en la que la soberanía residiera en el pueblo español. Este cambio, que representaba una ruptura radical con el sistema institucional anterior, quedó consagrado en el artículo primero de la Constitución aprobada en 1978. Una Constitución que dotó a los españoles de instituciones democráticas y de un marco de libertades y derechos que han favorecido el progreso de España en todos los ámbitos.
A menudo ocurre en la historia que figuras excepcionales surgen en tiempos igualmente excepcionales. En esta coyuntura verdaderamente extraordinaria, en un momento de grave preocupación por el presente y de incertidumbre respecto al futuro, la aspiración a la libertad del pueblo español y la lucidez de una notable élite política, tanto de izquierda como de derecha, permitieron a España, siguiendo la senda trazada por la Corona, emprender decididamente ese proceso que conocemos como la Transición, que abrió las puertas de mi país a la libertad y a la democracia y lo devolvió a la comunidad internacional en el lugar que le correspondía.

Siempre supe, desde mi infancia, que mi destino coincidía con mi vocación: el servicio a mi país. Hoy, al mirar atrás, el presente no me abruma, aunque a veces, lo admito, puede entristecerme. Soy consciente de que nadie es profeta en su tierra y de que siempre habrá juicios divergentes sobre casi todo. Pero yo, que siempre he tenido claro que la democracia, el respeto de los derechos humanos y el progreso de la sociedad española eran los objetivos por los que debía trabajar constantemente, he querido dejar constancia en mis memorias de mi orgullo al ver cómo España se ha transformado de manera radical y positiva en todos los niveles durante mi reinado. Y creo que es precisamente este testimonio personal el que es reconocido por este Premio especial del libro político. Estoy muy agradecido y emocionado de recibirlo hoy aquí, con ustedes, en la Asamblea Nacional.»
El rey reconoció errores y debilidades de las que no podía sentirse orgulloso y también defendió el título de sus memorias.
Sea como sea, el acto en la Asamblea tiene muchas lecturas y no deja de resultar interesante. No dejar de tener su aquel en la traición y veto del hijo, la nuera y el valido que acusen al anciano destronado de lo mismo que ellos pudieran advertir en sí mismos de mirarse al espejo. Una familia llena de escándalos, de excesos, desestructurada y poco ejemplar, en la que el libertinaje de propios y añadidos es marca habitual de la Casa. El resto no está mejor, el partido del gobierno y sus dirigentes más rodeados de corrupción y traicioneros de España, gentes que han hecho su terrible carrera política gracias a la explotación de la prostitución por enriquecidos proxenetas familiares, tienen la hipócrita osadía de vetar y calificar a don Juan Carlos de «libertino» y «corrupto».
Si es que para entonces el Preparao sigue en la Zarzuela y la dinastía no hubiera sido otra vez derrocada, en verdad cuesta trabajo barruntar qué logros en el otoño de su oscura vida pudiera alegar para la posteridad a lo largo de su lamentable reinado. A la periodista ya se le ocurrirá algo.

