martes, abril 7, 2026
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Cuando la burla se disfraza de cultura

Por Antonio Barrera (Abogado)

Hay épocas en las que una sociedad cree estar siendo moderna cuando, en realidad, está regresando a formas muy antiguas de confusión espiritual. En los últimos años, algunos movimientos que se presentan como “culturales” han adoptado de manera cada vez más visible una estética, un lenguaje y una simbología deliberadamente hostiles a la tradición cristiana.  

Como católico, me siento en la obligación de escribir estas palabras para tratar de arrojar sentido común ante la avalancha de propaganda cultural que, casi empleando un embudo, nos pretenden obligar a tragar y a tolerar como algo dentro de la normalidad. Y en concreto, me estoy refiriendo al evento que se iba a celebrar en Valencia el pasado día 2 de abril, que muchos medios vendieron como si fuera una “misa negra” 

Para quienes no lo sepan, una misa negra consiste en una ceremonia que emula a la misa cristiana. Comúnmente es considerada como un ritual de culto a Satanás y como la parodia a la misa tradicional. No obstante es preciso aclarar que, tras consultar a varias fuentes independientes por parte de un servidor, lo que iba a acontecer ese día no era una misa negra, sino un espectáculo burlesque con temática oscura y ensalzando la figura de Lilith.  

No hablo aquí de la legítima diversidad artística, que siempre merece respeto, sino de propuestas que parecen definirse más por la provocación contra Cristo y su Iglesia que por una auténtica búsqueda cultural. Conviene decirlo sin rodeos: una cosa es la libertad creativa y otra muy distinta la exaltación de lo oscuro como gesto de rebeldía. 

 Cuando el símbolo, el rito o la estética se construyen expresamente para negar lo sagrado, ridiculizarlo o invertir sus signos, ya no estamos ante un simple ejercicio artístico, sino ante una toma de posición moral. Y esa posición, aunque se revista de modernidad, no deja de ser una forma de antagonismo frente a una tradición cristiana que ha modelado durante siglos la identidad espiritual y cultural de España y de Europa. 

Lo más llamativo es que, cuando esas iniciativas encuentran resistencia, sus promotores se apresuran a presentarse como víctimas. Entonces aparecen los grandes lemas: libertad de expresión, libertad de culto, derecho a la creación, pluralidad. Todo eso, por supuesto, son bienes reales que un católico debe defender también. Pero no con ingenuidad. Porque resulta difícil aceptar lecciones sobre tolerancia de quienes a menudo no muestran el mismo respeto cuando los cristianos celebran públicamente sus fiestas, procesionan por las calles, anuncian el Evangelio o manifiestan su fe con naturalidad.

Hay una doble vara de medir que ya nadie debería fingir no ver. Se exige comprensión para todo lo que desafía o hiere la sensibilidad cristiana, pero se ridiculiza la devoción popular, se caricaturizan las procesiones, se banaliza la adoración eucarística y se presenta la fe como una reliquia del pasado.  

Cuando el cristiano actúa con serenidad, se le acusa de imponer; cuando calla, se le desprecia por irrelevante. Y, sin embargo, cuando el católico pide respeto para lo sagrado, se le responde con burlas sobre censura o clericalismo. 

Por eso importa tanto el contexto. No es casual que ciertos actos pretendidamente culturales busquen situarse precisamente en momentos de especial densidad religiosa. La Semana Santa no es una fecha cualquiera. Es el corazón del calendario cristiano: la contemplación de la Pasión y Muerte de Jesucristo, el paso del dolor a la esperanza, de la cruz a la resurrección, de la muerte a la Vida. 

En la cultura católica, esos días no son un decorado folclórico ni una oportunidad para la provocación estética; son un tiempo de recogimiento, memoria y fe. Qué casualidad que hayan escogido precisamente estas fechas para su particular evento y anunciarlo a bombo y platillo a la prensa. Pero lo mejor de todo es que, por la repercusión que alcanzan, ven como hay grupos que se oponen – por motivos evidentes – a la celebración del evento y luego se preguntan por qué. Y yo respondo: ¿no es más que evidente? 

Celebrar en ese marco un evento que por su propia imagen, lenguaje o intención parece construirse como negación de lo cristiano puede percibirse, legítimamente, como una burla o una sátira. Y no porque el católico tema las ideas distintas, sino porque reconoce cuándo una elección temporal tiene una carga simbólica evidente. La provocación no deja de ser provocación por el simple hecho de llamarse cultura. 

La libertad religiosa y la libertad de expresión son pilares de una sociedad sana. Pero ninguna libertad está desligada del deber de responsabilidad. El respeto no consiste en renunciar a la propia convicción, sino en no convertir la ofensa deliberada en bandera. Si realmente se desea convivencia, debe empezar por algo elemental: no exigir tolerancia hacia todo mientras se niega a los cristianos el derecho a vivir y expresar su fe sin ser despreciados. 

Como católico, no me escandaliza que existan quienes no crean. Me preocupa más que, en nombre de la libertad, se vaya normalizando un clima de hostilidad hacia Cristo y hacia quienes lo confesamos. Porque cuando se ataca la fe, no solo se hiere a una comunidad religiosa: se debilita también el tejido moral y cultural que ha sostenido durante siglos nuestra civilización.

La respuesta cristiana, sin embargo, no puede ser el odio. Debe ser la firmeza serena. Defender a Cristo no significa odiar al otro, sino recordar que la verdad no necesita disfrazarse de agresión para mantenerse en pie. Y defender la Semana Santa no es imponer nada a nadie: es pedir que se respete aquello que para millones de personas no es una performance, sino el centro mismo de su esperanza.

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