Por Alfonso de la Vega
“El cortesano que decía que él no llegaba a comprender como era posible resistir la voluntad de su señor hablaba como un esclavo criado con las máximas del despotismo oriental, según la cual el sultán es un dios, a cuyos caprichos un delito oponerse, aún cando sean contrarios a la razón”. (Holbach, La Moral universal)
Desgraciadamente debates como el de la guerra justa no han pasado al museo de historia de las ideas porque ahora los conflictos se intenten y consigan arreglar en paz, mediante la diplomacia y el acuerdo, de modo que ya no sea necesario. Al contrario, en lo que llevamos de este desgraciado siglo sufrimos un auge de la guerra como práctica habitual de dominación, como instrumento “preventivo”, pero también como justificación en lo ideológico, así la mayoría de los dirigentes de la decadente civilización occidental no se cortan en expresar sus deseos del empleo de violencia bélica por la rapiña, disimulada con pretendidos deseos de promover la supuesta santa democracia o el mantenimiento del no menos santo dólar. Una “democracia” desmentida una y otra vez. En realidad una tiranía que es el gobierno de la injusticia sostenido por la fuerza.
El concepto histórico de la guerra justa se basaba en la idea general de que la guerra puede justificarse en algunos casos y debe entenderse dentro de ciertos criterios éticos determinados. En una guerra justa tanto el propósito final como la conducta cumplirían ciertos estándares éticos y, por lo tanto, pueden tratarse como moralmente justificados.
No deja de ser interesante recordar que el concepto de guerra justa, una forma de oponer obstáculos morales al poder omnímodo fue desarrollado por grandes pensadores católicos a lo largo del tiempo. Por ejemplo, un Santo Tomás de Aquino. Para el sabio medieval cabe distinguir entre guerra justa e injusta utilizando dos clases de criterios:
1) Jus ad bellum o la justicia de la causa; y
2) Jus in bello o la justicia de la conducta.
Porque incluso en una guerra justa no vale todo. Así, destruir intencionadamente a la población civil indefensa no combatiente como habitualmente se hace hoy.

Tampoco deberíamos olvidar a nuestros estudiosos de Teoría del Estado como el pionero San Isidoro que ya debatía sobre ley natural y derecho de gentes en sus Etimologías siglos antes que Aquino. O el P. Suárez o el P. Mariana. O a Saavedra Fajardo entre los laicos. Gentes que trataban de poner freno moral al ejercicio del Poder. De la obra del P. Mariana ya hemos comentado algo en otros textos. Al P. Suárez casi ninguna materia le era ajena. Destacó sobre todo en el estudio de la metafísica y la filosofía del derecho. Suárez suele ser considerado como el mayor representante de la Escuela de Salamanca. Su gran obra jurídica Tractatus de legibus ac Deo legislatore, es pionera de la doctrina iurisnaturalista y el dercho internacional. También se encuentra ya la idea del pactio social estudia el concepto de soberanía: el poder es dado por Dios a toda la comunidad política y no solamente a ciertas personas.
De modo más riguroso, explica lo que Don Quijote al Sancho gobernador respecto a que el buen gobierno debe estar sometido a principios éticos de orden superior y no al capricho del dirigente que debe tener una conducta ejemplar. Existe una base metafísica para el buen gobierno, y no es de extrañar esta relación entre Política y Metafísica cuando el P. Suárez puede considerarse un gran metafísico que distingue entre leyes “divinas” y humanas. De ahí también el derecho a la resistencia armada.
En realidad, la obra político filantrópica de los autores católicos españoles pudiera considerarse una especie de corolario de que la reina Isabel La Católica buscase el que, pese a las limitaciones humanas y a la dificultad de control por la lejanía, fueran justas las leyes y morales las acciones en el nuevo mundo que se abría bajo el descubrimiento de América. Poner las bases de la Hispanidad como comunidad espiritual.
Y es que las guerras entre otros males se podrían prevenir, paliar o evitar con el buen gobierno, dirigido al bien común de los pueblos. Cuando Dión de Siracusa accedió al gobierno en Sicilia una vez arrumbada la tiranía de Dionisio, Platón arrostró las dificultades de un incierto viaje para ayudarle en su difícil cometido. Ya en su controvertida carta Séptima a Dion le había explicado que “los problemas del mundo nunca tendrán solución mientras los poderosos no se rodeen de sabios siendo así, que siendo poderosos resulta casi imposible que ellos mismos sean sabios”.
Hoy, tras tantos siglos de civilización, los dirigentes suelen ser un desastre a los que nunca encajaría tal calificación de «sabios». Los actuales agentes que representan el rol de «sabios platónicos» no buscan el bien común sino que responden a la naturaleza de fanáticos endemoniados bajo las órdenes de la plutocracia anglojudía, que operan en el deep state o en diversas organizaciones del poder sionista y recurren a perpetrar guerras mediante falsas banderas o primaveras impostadas, para practicar la rapiña de recursos, defender intereses bastardos, vender armas o hacer enormes negocios con la reconstrucción parcial de lo previamente devastado. Ni siquiera se defienden los intereses particulares de EEUU, los del famoso MAGA, subordinados en la práctica a los de los beneficiarios de un pequeño pero muy belicoso estado teocrático infanticida.

No, no es cosa de “conspiranoicos”, Los famosos archivos de Epstein muestran la terrorífica naturaleza de muchos miembros de la casta dirigente occidental perpetradores de las mayores y más abominables atrocidades en clubs especialmente establecidos para la ”formación» y «selección» del personal de estas élites diabólicas degeneradas y chantajeables al servicio del sionismo. Nada que provenga de tales gentes depravadas puede ser considerado “justo”.
Vivimos en el siglo de las luces apagadas. Para unos autores, la Ilustración ha sido traicionada. Para otros, en la propia Ilustración estaba el germen de la devastación actual que padecemos al mantener una moral horizontal y dejar oficialmente de lado el Espíritu, por ser una forma de eudemonismo. Como es sabido, el eudemonismo es una concepción muy antigua que tuvo su desarrollo durante la filosofía griega, y pretende que la ética se reduce al logro de la felicidad. Habría un eudemonismo individual de carácter egoísta si está ligado al hedonismo o propio placer y otro social pretendidamente altruista o patriótico. Claro que lo del eudomonismo no siempre parece un buen criterio porque, aunque produzca felicidad a pervertidos ¿cómo se puede legitimar la pederastia o la tortura y sacrificio de niños? Y esto no es anécdota, está en la base de cimentación del dominio actual, insisto, en la explicación de muchas conductas infames y en la descomposición de Occidente. Nuevamente se impone la necesidad de la educación personal que busca la felicidad en valores del Espíritu además de la simple instrucción pública. A partir de entonces se puede empezar a hablar de guerra justa.

