viernes, febrero 27, 2026
InicioHumorDistintos hipócritas antirracistas reciben llamadas de Michael Boor para que puedan acoger...

Distintos hipócritas antirracistas reciben llamadas de Michael Boor para que puedan acoger unos cuantos menas en sus casas

Distintos hipócritas antirracistas reciben llamadas de Michael Boor para que puedan acoger unos cuantos menas en sus casas. Publiqué un vídeo titulado Llamamos a una bocachancla de la acogida para meterle algunos menas en su casa (AHORA DISPONIBLE EN RADIOFANATICA.NET), una pieza que durante unas horas estuvo circulando y que después dejó de estar disponible. La idea era sencilla: poner a prueba, mediante una llamada telefónica, hasta qué punto el discurso solidario que muchos defienden en público se traduce en compromisos reales cuando la responsabilidad llama literalmente a la puerta.

Lo que os hemos comentado ya en telecreyentes no es ninguna broma. Las llamadas que he realizado a ciertas personas del entorno de los generosos por cuenta ajena que quieren integrar a todo el mundo y acoger a todo el mundo no es ninguna broma. Es el reconocimiento puro y simple de que todas las personas sin excepción que están más involucradas en todo este rollo de integrar y de acoger en realidad no acogen a nadie ni mucho menos en sus casas. Para eso ya estamos los de la comuna hippie que ellos consideran a la sociedad como tal y que tenemos que pagar con católicos queramos o no sus caprichos acogedores e integradores.

Es un calco casi exacto de la llamada que realicé en su día y que fue tan viral a una cenutria de Izquierda Unida que se dedicó a intentar explicarme por activa y por pasiva porque ella no acogía a nadie en su casa cuando le parecía también que un auto reconocido delincuente perseguido por la policía (así me presente ante ella) ocupase las casas de los demás. Esta gente está enferma y el lema de la más mínima moral de no hagas los demás lo que no quieras que te hagan a ti se lo pasan por el forro. Es su modus operandi y hasta su modus vivendi en muchos casos, pues no hay que olvidarse de que muchas personas tienen clientela asegurada y el pago también asegurado por parte del Estado con todo este tema de los presuntos refugiados.

Arranqué la conversación con tono amable. Me presenté como músico solidario interesado en participar en un supuesto concierto solidario y tanteé la posibilidad de colaborar con una asociación muy activa en causas proinmigración. Hablamos de cultura, de activismo, de la importancia de apoyar determinadas luchas. Al otro lado del teléfono encontré un discurso convencido, cómodo, incluso seguro de sí mismo. Se defendía la necesidad de acoger, de no criminalizar, de ser más humanos. Hasta ahí, todo encajaba con la imagen pública que yo quería contrastar.

Esperé el momento oportuno y cambié el eje de la conversación. Dejé de hablar de conciertos y pasé a algo mucho más concreto: la posibilidad de alojar en casas particulares a varios menores extranjeros no acompañados durante las vacaciones. Lo planteé como algo inmediato, práctico, casi logístico. Si tan clara estaba la defensa de la acogida, pensé, la propuesta no debería resultar descabellada.

El silencio fue lo primero que apareció. Después llegaron las matizaciones. Que si la asociación era cultural y no gestionaba viviendas. Que si el compromiso era ideológico, pero no operativo. Que si en el domicilio familiar no había espacio. Que si esa responsabilidad correspondía a ministerios, técnicos y profesionales. Yo insistí, no de forma violenta, pero sí directa: pregunté si, más allá de las pancartas y los mensajes en redes, existía la disposición real a abrir la puerta de casa.

La conversación se tensó. Se me reprochó que buscaba provocar, que estaba intentando desacreditarles (POR SUPUESTO). En cierto momento, la respuesta fue frontal: se me dijo que estaba intentando averiguar si la persona acogía en su propia casa por el hecho de mostrarse proactiva en estos temas, y que antes acogería a esos jóvenes que a mí, que si era un hijo de… Después de insultarme, con muy mala leche, la llamada se cortó.

Mi intención no era hacer un reportaje neutro ni una pieza académica. Quería evidenciar una contradicción que, a mi juicio, se repite con frecuencia: la facilidad con la que se defienden causas en abstracto frente a la dificultad de asumir compromisos concretos cuando afectan al espacio privado. El vídeo jugaba con el humor incómodo, con la ironía y con la exageración, pero el núcleo de la escena era real: la distancia entre el discurso público y la implicación personal.

No oculto que el tono fue provocador. Busqué precisamente esa ese momento en el que el argumento pasa del terreno simbólico al terreno práctico. Cuando se habla de acogida en términos generales, casi todo el mundo puede estar de acuerdo. Cuando se pregunta por habitaciones disponibles, responsabilidades directas o convivencia cotidiana, la conversación cambia de registro.

Para mí, la llamada funcionó como un experimento social en miniatura. No pretendía resolver el debate migratorio ni ofrecer soluciones políticas. Quería plantear una pregunta concreta: si se exige a la sociedad que asuma determinadas cargas, ¿hasta qué punto estamos dispuestos a asumirlas individualmente? La reacción que obtuve fue parte del resultado.

El vídeo, con su tono sarcástico y su puesta en escena directa, no buscaba unanimidad. Sabía que generaría críticas y enfado. Pero también sabía que obligaría a algunos a hacerse la pregunta incómoda que yo mismo lancé por teléfono.

Artículo relacionados

Entradas recientes