Por Alfonso de la Vega
En agosto del año 2011 publicaba en mi blog una entrada con sensaciones de un viaje a tierras de cátaros. Como ahora se está hablando del tema lo reproduzco a continuación por si le interesase a los lectores.
Desde el siglo XI al XIII el sudeste de Francia fue escenario de un movimiento religioso místico político conocido como catarismo o movimiento herético de los albigenses o los puros. Todo el territorio del Languedoc y, en especial, el último bastión cátaro, el castillo de Montségur en las estribaciones del Pirineo, está relacionado con la hermosa leyenda del grial. Al parecer, según documentos de época, en enero de 1244 poco antes de la caída de la fortaleza bajo las tropas del Papado, cuatro cátaros se descolgaron por el precipicio cercano portando un pequeño tesoro en el que según la leyenda estaría incluido el propio grial. El 16 de enero caía el bastión y más de doscientas personas entre hombres, mujeres y guiños fueron quemados vivos por las fuerzas del Papado en la explanada existente bajo el castillo llamada desde entonces Camp des Cremats.

Hoy existe una estela conmemorativa del terrible genocidio. Presenta una cruz paté y otra druídica, con una inscripción dedicada a los cátaros, a los mártires del puro amor cristiano. Junto a ella ciertos movimientos nacionalistas emergentes reivindican de modo acaso sacrílego este lejano sacrificio provocados por otros fanatismos e intolerancias para sus objetivos políticos actuales. En uno de sus panfletos se puede observar un pintoresco mapa en el que el territorio de los occitans irredentos alcanzaría Cerdeña, Cataluña y Levante hasta Guardamar, cerca de Murcia, sin olvidar las Baleares. Una profunda incursión imperialista en la España oriental no menos aberrante ni delirante que la de los etarras en la Francia occidental. Con santa desvergüenza nacionalista donde toda estupidez y granjería tiene su asiento se comparan a sí mismos con países oprimidos como el Tibet, Bosnia o Armenia.

La visita al castillo de Montségur es de gran interés no solo histórico sino paisajístico. Abandonado el trasporte junto a la carretera de Lavenet a la población de Monstségur y luego a Fougax et Barrineuf se precisa subir a pie por una empinada ladera de la montaña a través, primero, de un precioso hayedo, y luego, de una zona casi desnuda de vegetación que permite admirar unas majestuosas vistas de la naturaleza agreste del Pirineo francés. Trayecto no muy largo pero difícil por la fuerte pendiente hasta los 1216 m de altitud por lo que el viajero si quiere disfrutar más del mismo deberá ir provisto de buen calzado y ropa de algo de abrigo para después de la ascensión.

De la solitaria fortaleza apenas se mantienen en pie sino los muros. Pero, aún devastada y todo, conserva una austera, impresionante y solemne belleza. Lugar mágico se presta a meditación sobre los anhelos y las pasiones humanas. Sobre la brutalidad del poder que pretende ser omnímodo sin resquicio siquiera para la libertad de conciencia o de culto. Sobre lo perecedero a nivel personal e histórico de tantos anhelos, vividos de modo tan radical que llevan a sacrificar la propia vida.

Cierta leyenda cátara, que recuerda la de Santiago y san Millán contra la morisma, cuenta que durante el asedio un pariente de la condesa Esclemonde de Foix llamado Roger de Mirepoix, una ciudad medieval que conserva una preciosa plaza en la que se esperaría que en cualquier momento pueda surgir una compañía de juglares o cómicos, se apareció montando un caballo blanco causando estupor y pavor entre las tropas papales enemigas que le creyeron un misterioso caballero de la Tabla redonda presto a defender el grial.

Pero el grial ya no está presente allí, ni quizás en ninguna otra parte espacio temporal de la civilización occidental. Acaso no lo estuvo nunca pues quizás no sea sino una enriquecedora leyenda, una quimera conmovedora, motor de la conducta del que trata de ser mejor. Acaso porque como diría el caballero Gurnemanz a Parsifal mientras ascienden hacia su templo el mundo del grial es el mundo del noúmeno y no del fenómeno. De “la cosa en sí”, donde espacio y tiempo se confunden.
Desde los restos de los muros y almenas de Montségur, de repente, me viene a la memoria la imagen del castillo templario berciano de Cornatel, cerca de Ponferrada, donde Gil Carrasco dispone algunos momentos de acción de su novela El Señor de Bembibre, en especial cuando sufre el asedio del conde de Lemos.
Pugnas, revueltas, luchas, combates feroces, con motivos o sin ellos, con pretextos o sin ellos, constituyen nuestra Historia. La metafísica les brinda a veces un halo de contacto con lo sagrado. El anhelo de ser más puros, como los cátaros.

En 1209 Simón de Monfort había tomado la que entonces se creía fortaleza inexpugnable de Carcassonne. La ciudad medieval hoy convertida casi en una especie de parque temático recuerda otras ciudades de afluencia turística de España como Toledo, Segovia o Ávila. El mucho público que atiborra el recinto reduce la sensación grata que puede proporcionar al viajero más sensible o demorado que desea sentir las emociones impresas en las piedras de los edificios. En la catedral un grupo de músicos rusos cantan una muestra de arte sacro ortodoxo.

Resulta especialmente atractivo, además de permitir una visión más certera y despejada de la grandiosidad del recinto monumental, el paseo por la vía existente entre los dos sistemas de murallas que protegían la ciudad medieval. Restaurado por el arqueólogo y arquitecto Viollet-le Duc, famoso por sus teorías sobre la unidad de estilo en la restauración que pretende salvar la influencia destructora del hombre, la naturaleza y el tiempo, el conjunto medieval de Carcassonne resulta magnífico y pasear entre sus pequeñas calles sería una delicia si no hubiera tanto figurante en el decorado que ha sustituido la cota de malla por el no menos bizarro disfraz de guiri, con su máquina de fotos, su pantalón a media asta, camiseta chillona, gorrilla beisbolera y chanclas a juego.
El actual Foix es la pequeña capital del departamento francés de Ariège Pyrénées, no muy lejos de la frontera española por Puigcerdá. Algo decadente como toda esta zona del Sur de Francia, conserva un casco histórico cuidado, interesante, bajo el amparo del impresionante y majestuoso castillo condal. No todo el castillo actual procede de la época medieval relacionada con los cátaros. Una de sus torres es renacentista. Su situación actual es resultado de la rehabilitación dirigida por un yerno del ya mencionado arquitecto restaurador francés Viollet de Duc, quien intentó recuperar con mayor o menor intuición y acierto el aspecto del monumento medieval.
Merece la pena subir al castillo condal emplazado en lo alto de peñasco para contemplar desde sus almenas el impresionante paisaje así como la singular vista de la ciudad a sus pies. El castillo ya es citado en documentos del año mil, y en el siglo IX existía una abadía vecina en la confluencia de los ríos Arget y Ariège que parece ser fue la primera base de asentamiento de la población en el medioevo. Se cree que el castillo de Foix estaba comunicado visualmente con la fortaleza de Montségur mediante un sistema de señales instalado en las cresterías de las montañas. Dentro del castillo se ha instalado un pequeño pero interesante museo con noticias y recreaciones de época. Se exhibe la disposición de la alcoba condal con una pintoresca cama dotada de dosel. Es muy curiosa la precisión con la que se han construido las escaleras de caracol de acceso a las diferentes partes de las torres.
Un conjunto muy bonito que merece la pena ser visitado con tiempo suficiente para poder disfrutar de su belleza.

