El cierre de la histórica fábrica de cerámica Sargadelos en Cervo (Lugo), anunciado este miércoles ha desatado un torbellino de reacciones entre los pequeños empresarios de Galicia y del resto de España. Este desenlace, comunicado por el administrador único del grupo, Segismundo García, no solo pone fin a una actividad emblemática con más de 200 años de historia, sino que también ha avivado la indignación sobre las dificultades que enfrentan los pequeños negocios ante la presión fiscal, la burocracia y las inspecciones laborales.
La noticia llegó acompañada de una carta enviada por García a la Inspección de Trabajo y Seguridad Social (órgano a cuyo mando está la ministro Yolanda Díaz) fechada el mismo día del cierre. En ella, el empresario expone con un tono que mezcla ironía y frustración su decisión de clausurar la planta de producción. «Con fecha de hoy mismo, procedemos al cierre de la planta de producción en Cervo ante la imposibilidad de resolver en plazo las deficiencias», escribe, refiriéndose a las irregularidades detectadas por los inspectores, que derivaron en una multa. Sin embargo, no se queda ahí: en un gesto desafiante, García había instado días antes, en otra misiva del 28 de marzo, a que Trabajo (órgano dependiente de la ministro Yolanda Díaz) cerrara y precintara la fábrica, argumentando que él mismo identificaba más «faltas o incumplimientos» adicionales a los señalados. «Les encarezco a que procedan al cierre y precintado de estas instalaciones, con el fin de evitar desgracias y enfermedades profesionales», decía entonces, subrayando su incapacidad para cumplir con lo que considera una «ingente normativa vigente».
En su carta del 2 de abril, García profundiza en su crítica. Recuerda que las instalaciones, declaradas Bien de Interés Cultural, requieren autorizaciones especiales para cualquier reforma, un proceso que, según su experiencia, puede demorarse entre seis meses y un año. «Es imposible cumplir sus plazos», sentencia, justificando el cierre como una salida inevitable. Con un toque sarcástico, añade: «Sepan disculpar nuestra impericia empresarial, intentamos hacerlo lo mejor que sabíamos. Los resultados nos acompañaban, pero también merecemos un descanso, sobre todo de sus innumerables normativas, ocurrencias y fatuo envaramiento». Incluso sugiere que las autoridades aprovechen el complejo para crear un «Centro de Interpretación de la Cerámica», en un guiño mordaz a la situación. La carta, además, incluye una frase demoledora: «este contribuyente, ya viejo y harto, suplica que no sean indulgentes en la exigencia del estricto cumplimiento de la legalidad. Eso sí, les ruego que no lo generalicen porque pueden provocar la parálisis productiva del país.»
Este episodio ha calado profundamente entre los pequeños empresarios, muchos de los cuales ven en la decisión de García un reflejo de su propia realidad. «Es el colmo de una presión que no para de crecer», asegura la dueña de una panadería en Santiago de Compostela. «Entre impuestos que suben cada año, trámites interminables y el miedo a una inspección que te ponga una multa por cualquier detalle, muchos estamos pensando en echar el cierre».
Otros, como un ferretero de Orense, comparten esta sensación de agotamiento. «Las inspecciones de Trabajo llegan buscando fallos en vez de ayudarte a mejorar. Si no tienes todo perfecto, te sancionan, y encima los plazos para corregirlo son imposibles de cumplir con el día a día del negocio», explica. Admite que, aunque no ha tomado una decisión definitiva, la idea de cerrar le ronda la cabeza: «No es solo el dinero, es el cansancio mental de sentirte siempre en el punto de mira». Un hostelero cuenta que «tenía dos restaurantes y una empresa de catering. Cada dos meses inspecciones de Diputación y Ayuntamiento, cada inspección había que acometer alguna reforma o cambio, además con amenazas de sanciones . No hay manera de ser emprendedor en este país». Un usuario de X comenta «llevo días pensando en darle una patada a todo y echar a 40 trabajadores con sus familias a la espalda, a la calle. Que venga alguien que tenga ganas, las mías las han agotado». Otro critica que la carga burocrática y fiscal se ha vuelto «descomunal», especialmente para quienes no cuentan con los recursos de las grandes empresas para afrontarla.
El caso de Sargadelos ha puesto en el foco un sentimiento generalizado. «Si una marca como esa no puede soportar la presión, ¿qué nos queda a los demás?», se pregunta una tendera de Viveiro.. En foros y redes sociales, numerosos pequeños empresarios han expresado su empatía con García, viendo su carta como un grito de auxilio ante un sistema que, dicen, «asfixia» a quienes intentan mantener sus negocios a flote.
El panorama que tenemos con estos políticos inútiles es desolador. La combinación de una fiscalidad excesiva, una burocracia laberíntica y unas inspecciones laborales desproporcionadas está llevando a un punto de inflexión, un punto en el que los pequeños y medianos empresarios se hartan del acoso al que están siendo sometidos y piensan tirar la toalla. Como resume Miguel Torres, el artesano de A Mariña: «Es una pérdida enorme, pero también un aviso. Si no cambian las cosas, muchos vamos a tirar la toalla». El eco de la carta de Segismundo García, con su mezcla de resignación y desafío, ha dado voz a un malestar que trasciende las fronteras de Cervo y que podría marcar un antes y un después para los pequeños empresarios en España.
Para lo que está quedando nuestra querida España…
Pero si eso es lo que persiguen desde la plandemia,acabar con todos los autonomos,(clase media) para que seamos dociles, obedientes y amamantados por papa estado,nos quieren mantener con 4 migajas, !el que las pille! BIENVENIDOS A LA AGENDITA 2030,nadie se quedara atras y por supuesto no tendras nada y seras Feliz.