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Primera y Segunda Guerra Mundial: dos buenos negocios para EEUU a costa de Europa

Estados Unidos emergió de las dos guerras mundiales del siglo XX no solo como una potencia militar, sino como el gran beneficiario económico, industrial y geopolítico de estos conflictos. Aunque su participación en ambas contiendas fue tardía, el país supo aprovechar las circunstancias para consolidar su hegemonía global, transformar su economía y expandir su influencia territorial. A continuación, exploramos en detalle cómo la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) catapultaron a Estados Unidos a la cima del orden mundial.

Primera Guerra Mundial: De deudor a acreedor global

Cuando estalló la Gran Guerra en 1914, Estados Unidos adoptó una postura de neutralidad bajo el presidente Woodrow Wilson. Europa ardía en trincheras, pero América se mantuvo al margen, beneficiándose como proveedor de bienes y materias primas para los Aliados. Esta neutralidad inicial permitió a las empresas estadounidenses exportar alimentos, acero, municiones y textiles a Gran Bretaña y Francia, cuyos propios recursos estaban agotados por el esfuerzo bélico. Entre 1914 y 1917, las exportaciones estadounidenses se triplicaron, pasando de unos 2.500 millones de dólares anuales a más de 6.000 millones, según datos históricos.

Woodrow Wilson

El cambio llegó en abril de 1917, cuando el hundimiento de barcos mercantes por submarinos alemanes y el Telegrama Zimmermann (que revelaba un intento de alianza entre Alemania y México contra EE.UU.) empujaron a Washington a entrar en la guerra. Sin embargo, la intervención militar estadounidense fue limitada: sus tropas llegaron a Europa en masa recién en 1918, y el país perdió unos 116.000 soldados, una cifra modesta comparada con los millones de bajas europeas. Este bajo costo humano contrastó con los enormes beneficios económicos.

Tras la victoria aliada en noviembre de 1918, Estados Unidos se convirtió en el principal acreedor del mundo. Durante la guerra, los países aliados habían pedido préstamos masivos a bancos estadounidenses para financiar sus campañas, acumulando una deuda de aproximadamente 10.000 millones de dólares (unos 200.000 millones actuales ajustados por inflación). Gran Bretaña y Francia, antes líderes financieros, quedaron debilitadas, mientras que Wall Street emergió como el nuevo centro bancario global. Además, la producción industrial creció exponencialmente: las fábricas, que habían trabajado a pleno rendimiento para abastecer a Europa, consolidaron a Estados Unidos como una potencia manufacturera.

Territorialmente, los beneficios directos fueron menores, ya que EE.UU. no buscó anexiones en Europa. Sin embargo, el Tratado de Versalles de 1919, que Wilson ayudó a negociar, reforzó su influencia diplomática, aunque el Senado rechazó la Liga de Naciones, limitando su compromiso internacional inmediato. En el Pacífico, EE.UU. mantuvo el control de territorios como Filipinas y Hawái, estratégicos para su expansión naval y comercial.
Económicamente, la posguerra trajo una breve recesión en 1920-1921, pero pronto dio paso a los “Felices Años 20”. La riqueza generada por la guerra impulsó el consumo interno, la producción de automóviles (Ford y General Motors se beneficiaron enormemente) y la electrificación del país. Estados Unidos dejó de ser un deudor neto para convertirse en el banquero del mundo, un cambio que sentó las bases de su dominio en el siglo XX.

Segunda Guerra Mundial: El auge de la superpotencia

El estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939 encontró a Estados Unidos aún marcado por la Gran Depresión y reacio a involucrarse directamente. Bajo Franklin D. Roosevelt, el país mantuvo una neutralidad oficial, pero no desaprovechó la oportunidad de lucrarse. A través del programa “Cash and Carry” y, más tarde, la Ley de Préstamo y Arriendo de 1941, EE.UU. suministró armas, petróleo y alimentos a los Aliados (especialmente Gran Bretaña y la Unión Soviética) a cambio de efectivo o promesas de pago. Entre 1939 y 1941, las exportaciones bélicas dispararon la economía: el PIB creció de 92.000 millones de dólares en 1939 a 126.000 millones en 1941, y el desempleo cayó del 17% al 10%.

El ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 marcó la entrada definitiva de Estados Unidos en la guerra. A diferencia de la Primera Guerra Mundial, esta vez su participación militar fue masiva: movilizó a 16 millones de hombres y mujeres, y sus fábricas produjeron 300.000 aviones, 100.000 tanques y 87.000 buques de guerra. Sin embargo, el costo humano (405.000 muertos) fue nuevamente menor en proporción al de otros beligerantes, como la URSS (27 millones) o Alemania (7 millones), gracias a que el territorio continental estadounidense quedó intacto.

Beneficios económicos e industriales: La guerra transformó a Estados Unidos en el “arsenal de la democracia”. Las industrias bélicas, como Boeing, Lockheed y Chrysler, se reconvirtieron para la paz tras 1945, liderando sectores como la aviación comercial y la automoción. El PIB se duplicó entre 1941 y 1945, alcanzando los 223.000 millones de dólares, y el país acumuló reservas de oro equivalentes al 70% del total mundial. El dólar, respaldado por el Acuerdo de Bretton Woods de 1944, se convirtió en la moneda de reserva global, desplazando a la libra esterlina. Además, los préstamos masivos a Europa (como los 13.000 millones del Plan Marshall entre 1948 y 1952) aseguraron la dependencia económica del Viejo Continente, mientras las empresas estadounidenses penetraban en mercados extranjeros.

Expansión territorial y geopolítica: A diferencia de la Primera Guerra Mundial, la Segunda dejó a EE.UU. con ganancias territoriales estratégicas. Tras derrotar a Japón, ocupó sus islas del Pacífico (como Okinawa) y estableció bases militares permanentes en Alemania, Japón y otros lugares clave. Hawái y Alaska, convertidos en estados en 1959, reforzaron su dominio en el Pacífico y el Ártico. Además, la ONU, con sede en Nueva York, dio a Washington una plataforma para moldear el orden internacional según sus intereses.
Innovación y hegemonía tecnológica: La guerra aceleró avances industriales y científicos. El Proyecto Manhattan, que desarrolló la bomba atómica, posicionó a EE.UU. como la única potencia nuclear hasta 1949, mientras que tecnologías como el radar, los antibióticos (penicilina) y la producción en masa de acero y aluminio impulsaron su economía de posguerra. Empresas como IBM y General Electric surgieron como gigantes gracias a contratos militares que luego se tradujeron en liderazgo civil.

Impacto social y cultural: La posguerra trajo el “baby boom” y el auge de la clase media, alimentados por el crecimiento económico. El GI Bill permitió a millones de veteranos acceder a educación y vivienda, consolidando una sociedad próspera. Hollywood y la cultura estadounidense se exportaron globalmente, reforzando su “poder blando”.

Tras la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos se benefició principalmente de manera económica y financiera, pero mantuvo un perfil territorial discreto. La Segunda Guerra Mundial, en cambio, lo catapultó a una hegemonía integral: económica (50% del PIB mundial en 1945), militar (bases en más de 100 países) y cultural. Las guerras devastaron a Europa y Asia, dejando a EE.UU. como el único actor con capacidad para reconstruir el mundo a su imagen y semejanza. Los tratados comerciales, la OTAN y el control del comercio marítimo aseguraron que estos beneficios perduraran décadas.

En conclusión, las dos guerras mundiales fueron un punto de inflexión histórico para Estados Unidos. Mientras sus rivales contaban cadáveres y escombros, el país cosechaba dólares, territorios y poder. La combinación de oportunismo económico, una intervención militar calculada y una visión estratégica transformó a una nación aislacionista en el líder indiscutible del siglo XX.

 

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