La casi completa pulverización de contenidos curriculares y la ausencia de límites sociales conducen a la absoluta devaluación académica y a la inexorable e irreversible regresión hacia la barbarie en nuestro suicida Occidente. El reemplazo – étnico, racial, cultural, religioso -, brutal giro de tuerca. O puntilla. Y los profesores huelguistas de Madrid, ni se coscan. Ni quieren coscarse.
Ganado sobrante
En nuestra presente era tecnofeudal, los centros (des)educativos no son aquel proyecto ilustrado de emancipación a través del saber, ni tampoco el proyecto industrial de crear obreros disciplinados para las fábricas. Foucaltianemente hablando son, ya sin fingimiento alguno, lugares de encierro, un implacable mecanismo de control: mental, social, económico. El alumnado deviene sobrante demográfico, ya no se necesita en absoluto absorber a toda la población en puestos de trabajo cualificados o de calidad. Los chaveas devienen excedente ganadero al que hay que gestionar – ora entreteniendo, ora pacificando – para evitar previsibles conflictos sociales.

Guardería o manicomios o ergástulas, tanto da, donde no se aprende nada de nada, mecanismo de sedación global. Cretinización de masas, pues. Grosso modo, centros de día donde se custodia a menores, futuro y atroz precariado laboral, ni a epsilones llegarán siquiera. Les vendieron la burra de la «felicidad», el «bienestar emocional» y la «libertad»: ergo, mayestática desdicha y calamitosas existencias a granel, insuperables esclavos. La IA y la titulitis apuntalando la vampirización: pura y dura corrupción de menores. Zoológicos hiperburocratizados, entonces, dedicados henchir registros, cumplir normativas y someterse a plurales desatinos administrativos.
Ya sin divinas palabras
Barbarie alcanzada, entre otros factores, pedabobos mediante. Saber-poder, Foucault otra vez, cómo no. Pragmatismo mercantilista en lontananza agregado a la citada barbarie que nos tutela. La fiereza humana, la hecatombe de la cultura, el pretérito subhistórico, incluso infrahumano; la ferocidad dionisíaca liberada: todo aquello que ha habido que extirpar para garantizar la civilización hogaño cada vez más destrabado. Las escuelas de la ignorancia, eximia avanzadilla.

Como nos describe magistralmente Valle en la gran obra del siglo XX en español, Divinas Palabras, las normas sociales e institucionales (la civilización) son solo un fútil embozo que vela los instintos más desalmados, ávidos y primitivos del ser humano (la barbarie). La frontera es, en tantas ocasiones, eminentemente lingüística. Cuando al final de la obra la multitud enardecida intenta sacrificar y desnudar públicamente a Mari-Gaila por adulterio, su esposo, el sacristán Pedro Gailo recita la frase bíblica en latín: «Qui sine peccato est vestrum, primus in illam lapidem mittat» (El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra, Jn 8). La plebe linchadora ignora el significado real de las expresiones litúrgicas, pero la sacra eufonía del latín pone en marcha una supersticiosa embocadura. La «civilización» (institucionalizada en esa ocasión en la religión) liberta un presunto orden, momentáneo y puntualísimo, recurriendo paradójicamente a la ignorancia y al miedo atávico de la «barbarie»…
…Obviamente, hoy ni ininteligibles latines nos pueden preservar de la adyacente pavura. En fin.

