Por Alfonso de la Vega
Entre otros dos grandes hitos de un año históricamente excepcional para España y sin demasiada exageración también para la humanidad, tal día como hoy 31 de marzo pero de 1492 se establecía el decreto de expulsión de los judíos. Ya había habido otro, limitado a los judíos andaluces. Desde entonces se había venido preparando para tratar de que se mantuviese en las mayores cotas de justicia posible tratando de evitar los previsibles abusos y demasías que conlleva toda política de esa naturaleza y dimensión. En 1496 los Reyes Católicos nombraron a un pesquidor, Diego de Vitoria, que recorrió Castilla de lado a lado para averiguar cómo estaba la situación en la práctica. Para ello el comisionado real iba dejando tres cédulas. Una, exigiendo cuentas a los receptores de los bienes; otra, a los corregidores y la tercera a cualquier otro oficio regio.
La idea de controlar los abusos del poder por parte de funcionarios reales era semejante a la que se implantaría para valorar el desempeño de las altas autoridades de la Hispanidad mediante los llamados juicios de residencia. Benéfica costumbre hoy perdida. Como se puede comprender el empeño de exigir cuentas de su administración o notificación escrita de entradas, gastos, diligencias o libranzas resultaría demasiado ambicioso no solo por las debilidades de la naturaleza humana sino para los medios de la época. Si vemos lo que pasa hoy con el Tribunal de Cuentas borbónico la cosa no es debe extrañar.

Contra lo que se suele creer, la iniciativa final sería de don Fernando. Según el testimonio de Abrabanel durante una audiencia especial concedida para debatir el caso, la reina le habría confesado. “¿Creéis que esto viene de mí? El Señor ha puesto este pensamiento en el corazón del rey.” Al parecer Abrabanel intentó “debilitar la voluntad” regia fernandina con una primera “entrega” de 300.000 ducados pero el rey se mantuvo firme en su decisión sin aceptar el soborno ni prevaricar.
La propuesta del decreto en términos reducidos fue: o conversión o expulsión. Se produjeron algunas conversiones de notables bien apoyadas por las autoridades incluso con promesas personales de promoción real pero la gran mayoría prefirió el exilio. La comunidad judía sefardita ofreció un notable ejemplo de firmeza, de fidelidad a su religión, e incluso de cierta solidaridad comunitaria. De manera que también demostró, de modo paradójico, que era muy difícil su integración en la sociedad de entonces. Esta consideración mostraría que además del componente religioso comúnmente achacado también existirían otros muy importantes de integración político social o incluso de ciertos atavismos raciales. Aunque se trata de un tema polémico no se ha probado que la expulsión hubiera producido una auténtica catástrofe económica.
La necesidad de convertir dinero en letras de cambio les hizo preciso recurrir a banqueros italianos que les dieron un “alguacil alguacilado” u otro “donde las dan las toman” en cuestión de intereses.
Muchos judíos regresaron a España, existen testimonios que hablan de cierta condescendencia de oficiales reales que les dieron entrada sin exigir el certificado de bautismo. Esta situación fomentaría la cuestión del criptojudaísmo.
En la España medieval los judíos pudieron vivir en Castilla incluso durante el siglo XV bajo el amparo real. Con carácter estamental o diferenciado, serían judíos y no se confundirían con los castellanos. Eran considerados vasallos de la Corona y como tales tenían sus derechos y obligaciones. Son muy numerosas las pruebas documentales de su protección oficial y no es momento aquí de intentar siquiera enumerarlas. También disponían de un cierto estatuto diferenciado a efectos fiscales, lo que, como el injusto cupo vasco actual, no dejaría de promover el natural disgusto o irritación entre los demás. La comunidad judía pagaba un cupo o montante que luego era repartido por ella entre sus miembros.
Las cosas empezaron a cambiar con idea del Estado moderno y las nuevas exigencias del poder absoluto que fue disolviendo la concepción feudal de la sociedad y promoviendo una cierta homogeneidad en la comunidad social sin estamentos. Pero hubo resistencias al cambio por ambas partes, se dificultaba la asimilación o integración, incluso cayendo en la discriminación. Uno de los temas más espinosos era el de la usura, con protestas por ambas partes en las que a veces, como en el caso de la aljama de Maqueda (Toledo), intervino la autoridad real para llegar a un arreglo.

Sin embargo, al cabo se crean guettos producto de la impopularidad generalizada que les rodeaba. Otro caso más de una regla histórica general pues como indicaba Vicente Risco se quiera o no, durante milenios y en casi todas partes los judíos no se han querido integrar y siempre han causado problemas al resto de la sociedad. Por instinto, acaso por una arcana incompatibilidad casi biológica, de un modo u otro así se manifiesta en la historia. De modo que esta impopularidad no sería ajena a su auto percepción supremacista como pretendido pueblo elegido y sería resultado de un proceso continuado, ligado a la psicología de masas, con sus lamentables notas de intolerancia, fanatismo, resentimiento o deseos de represalias.
Ha transcurrido más de medio milenio desde entonces pero algunos de los problemas siguen. Y también las diferencias. Entre estas, los judíos actuales descienden en su mayoría no de los sefarditas y del Oriente medio semita sino de los jázaros y muchos son sionistas o ateos. Por lo que se observa hoy el “debilitamiento de voluntades” acaso tendría mucho más éxito que Abrabanel con el rey Fernando.
El Estado nacional heredero del absoluto ahora está en disolución y con él la identidad y el patriotismo de modo que cabe comprender la derrota al recordar las palabras de Monopantos:
“ha considerado esta sinagoga que el oro y la plata son los verdaderos hijos de la tierra que hacen guerra al Cielo… el dinero es una deidad de rebozo que en ninguna parte tiene altar público y en todas tiene adoración secreta; no tiene templo particular porque se introduce en los templos…Tenemos costumbres y semblantes que convienen con todos, y por esto no parecemos forasteros en alguna seta o nación. Nuestro pelo le admite el turco por turbante, el cristiano por sombrero, y el moro por bonete y vosotros por tocado. No tenemos ni admitimos nombre de reino ni de república, ni otro que el de Monopantos: dejamos los apellidos a las repúblicas y a los reyes, y tomámosles el poder limpio de la vanidad de aquellas palabras magníficas; encaminamos nuestra pretensión a que ellos sean señores del mundo y nosotros de ellos”.

