Por Alfonso de la Vega
Se ha sabido que la policía política de Marlaska cuando su jefe se digna visitar alguna zona de su depauperado imperio la despeja de sus habitantes a los que relega a lugar distante donde no lleguen sus merecidos abucheos o exclamaciones de protesta y los sustituye por populacho mercenario o semoviente apesebrada de charos y alabanciosos. También decora los lugares por donde va pasar el gran prócer y valido real, aunque cada vez más famélico y desquiciado,
La artimaña socialista borbónica no es nueva sino imitación de la que cuentan del absolutista Grigori Potiomkin o Potemkin. Un nombre famoso por la película de Eisenstein El acorazado Potemkin, un demagógico panfleto comunista muy bien realizado desde el punto de vista de la técnica cinematográfica o la eficacia de la propaganda política.
Potemkin pertenecía a una familia de terratenientes nobles. Se atrajo el favor de la zarina Catalina en su etapa golpista y se convertiría en su amante y favorito más duradero. En 1775, Potemkin se «coronó» gobernador general de las nuevas provincias del sur de Rusia. Una especie de sátrapa o gobernante absoluto que colonizó la zona tratando con contundencia a los cosacos que vivían allí y no estaban demasiado por la labor. También fundó varias ciudades tanto en el interior como a orillas del Mar Negro. Un área ahora parcialmente en disputa entre Rusia y Ucrania,
Pero Potemkin es conocido en Occidente por algo que aunque significativo no dejaría de ser anecdótico. Para dar buena imagen de su feliz gobernación ante su amante la reina y la corte de funcionarios complacientes falsificaba entusiasmos y vítores con un populacho impostado en decorados ad hoc. Una artimaña que implicaba la construcción de fachadas pintadas imitando pueblos reales, llenos de gente feliz y bien alimentada, y dirigida a confundir sobre el estado real de las cosas. En efecto, según la leyenda decidió montar una serie de pueblos de quita y pon a orillas del río Dnieper. Pueblos de madera construidos con casas que eran solo fachada, sin interiores. Cierto o no, Potemkin era famoso por sus excesos y vicios, su ambición y codicia favorecida por su poder absoluto. No pudo disfrutarlo mucho, murió de repente a los cincuenta y dos años.
Tampoco el régimen borbónico aguanta la prueba de la verdad y ha de basarse en el mantenimiento de la mentira, el disimulo o las apariencias más superficiales. Se coloca una clá alabanciosa para dar gusto a los próceres y falsificar la realidad, Un nuevo despotismo ilustrado pero sin ilustrar dirigido a envidiosos, fanáticos e ignorantes que no parece tener fin salvo que la providencia divina se apiade de nosotros.

