lunes, febrero 9, 2026
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Cirugía cerebral para implantar un electrodo a los 17 años por un TOC, ¿estamos locos?

En un mundo donde la medicina se cruza cada vez más con el sensacionalismo mediático, el periódico La Razón ha publicado un artículo titulado «Llevar un electrodo en el cerebro me ha salvado del TOC que había arruinado mi vida», que narra la historia de Manuel Domínguez, un joven español que, según el relato, sufrió un trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) severo desde los ocho años y fue «salvado» por una intervención quirúrgica cerebral a los 17 años. Ahora, con 20 años, Manuel proclama que el electrodo implantado en su cerebro le ha devuelto la vida. Suena inspirador, ¿verdad? Pues no lo es. Este artículo no es más que una pieza propagandística irresponsable que glorifica una procedimiento invasivo y potencialmente peligroso, minimizando riesgos éticos, científicos y humanos graves.

Primero, hablemos del elefante en la habitación: ¿cirugía cerebral en un adolescente de 17 años para un trastorno psiquiátrico? El artículo presenta esto como un «milagro» moderno, con testimonios emotivos de Manuel y opiniones de neurocirujanas como Cristina Torres y Marta Navas del Hospital Universitario de La Princesa. Pero, ¿dónde está el escrutinio? La estimulación cerebral profunda (ECP) implica perforar el cráneo e implantar electrodos en el cerebro para modular funciones neuronales. Esto no es una pastilla o una terapia; es una intervención irreversible con riesgos que incluyen infecciones, hemorragias, convulsiones, cambios de personalidad e incluso algunos todavía peores. Estudios independientes, como los publicados en revistas como The Lancet Psychiatry, han advertido sobre la alta tasa de complicaciones en procedimientos similares, especialmente en pacientes jóvenes cuyos cerebros aún están en desarrollo. ¿Y La Razón menciona esto? Apenas un susurro sobre «precisión y seguridad», como si fuera un paseo por el parque. Es una omisión que pinta la cirugía como una «herramienta con muy buenos resultados» sin contextualizar que solo se recomienda en casos refractarios extremos, y aun así, con evidencia limitada en menores.

El artículo insiste en que Manuel había agotado todas las opciones: psicoterapia desde los 10 años, múltiples psiquiatras y un cóctel de fármacos (ansiolíticos, antidepresivos y antipsicóticos) que, según él, le causaron un trastorno de personalidad y episodios psicóticos. ¿Suena familiar? Es el clásico argumento para justificar lo extremo: «nada más funcionaba». Pero, ¿fue realmente así? El TOC es un trastorno tratable con terapias cognitivo-conductuales (TCC) especializadas, exposición y prevención de respuesta, y medicamentos selectivos. Sin embargo, el relato omite detalles cruciales: ¿se probó una TCC intensiva adaptada a su edad? ¿Se consideraron enfoques no farmacológicos innovadores, como la terapia de aceptación y compromiso o intervenciones basadas en consciencia? En lugar de explorar estas alternativas seguras, el artículo salta directamente a la cirugía, presentándola como «la luz al final del túnel». Esto no solo es reduccionista, sino que perpetúa el mito de que el TOC es una «enfermedad cerebral» incurable sin bisturí, ignorando que factores ambientales, traumas y dinámicas familiares juegan un papel clave. Manuel menciona aislamiento social y rechazo, ¿pero se abordó eso en profundidad antes de abrirle el cráneo?

Además, el tono triunfalista es nauseabundo. Manuel, ahora de 20 años, dice que puede ir al gimnasio, tener una relación y trabajar en una cocina de guardería. ¡Qué victoria! Pero, ¿y los efectos a largo plazo? La ECP requiere baterías que se reemplazan quirúrgicamente cada pocos años, y hay casos documentados de pacientes que desarrollan dependencia del dispositivo o regresan a síntomas peores si falla. El artículo cita a las expertas afirmando que «normaliza el área del cerebro encargada de sentir miedo o asco», como si el cerebro fuera un interruptor simple. Esto es pseudociencia disfrazada de avance: el TOC no es solo un «área hiperactiva»; es una compleja interacción de genética, neuroquímica y comportamiento. Glorificar esto en un menor –el más joven en España para este procedimiento– plantea serias cuestiones éticas. ¿Obtuvo consentimiento informado real, considerando su edad y vulnerabilidad? ¿No viola principios como el de «primero no hacer daño» promover cirugía cerebral en adolescentes cuando organizaciones como la Asociación Americana de Psiquiatría recomiendan agotar todas las terapias no invasivas?

Y no olvidemos el contexto: el artículo surge de una aparición en El Hormiguero, un programa de TV ligero. ¿Es esto periodismo o marketing hospitalario? La Razón da visibilidad a «alternativas» como esta, pero ¿para qué? Para inspirar esperanza falsa en familias desesperadas, potencialmente empujándolas a procedimientos caros y de alto riesgo sin evidencia robusta. Estudios meta-análisis, como uno en JAMA Psychiatry, muestran que la ECP para TOC tiene tasas de respuesta del 40-60%, no el 100% milagroso que implica el testimonio de Manuel. ¿Dónde están las voces críticas? ¿Los pacientes que no «revivieron»? Este sesgo de superviviente es típico de la prensa sensacionalista, que ignora el sufrimiento de quienes no encajan en la narrativa feliz.

En resumen, este artículo de La Razón no es informativo; es irresponsable. Al cuestionar un «supuesto» TOC –término que el usuario acertadamente usa, pues diagnósticos psiquiátricos en niños pueden ser erróneos o influenciados por presiones externas– y promover cirugía cerebral en la adolescencia como salvación, fomenta una medicalización excesiva de la salud mental. Necesitamos más escrutinio, no más bombo publicitario. Si Manuel realmente mejoró, bien por él, pero no a costa de minimizar riesgos que podrían arruinar vidas de otros. La verdadera «luz al final del túnel» es una atención integral, no un electrodo implantado prematuramente.

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