Por Alfonso de la Vega
Técnica del golpe de estado es un libro escrito por el escritor italiano Curzio Malaparte y publicado en entreguerras. El autor se propone teorizar sobre los métodos adecuados para tomar el poder en un Estado moderno, así como para defenderlo. Sin embargo, los golpes de Estado de ahora, salvo en sitios atrasados para las nuevas tecnologías, ya no suelen ser como los de antes que en todo hay modernidades y grandes adelantos. Ahora son de naturaleza más taimada, más sibilina, e incluso a veces tienen una especie de cobertura pretendidamente democrática. El amaño electoral por diferentes medios o su retraso sine die son armas habituales. Los déspotas y tiranos tienen miedo a las elecciones porque no siempre resulta posible hacer trampas en el grado necesario para mantenerse en el poder.

Ahora bien, cabe separar los datos de las interpretaciones más o menos audaces que se puedan hacer con ellos. Así, desde un punto meramente especulativo, como hipótesis de sociología o política ficción cabría comentar acerca de las futuras amenazas en el horizonte. El emperador americano e íntimo compadre de Epstein teme a las votaciones del midterm y el social comunista español a las próximas generales, de manera que se suceden maniobras y ocurrencias insólitas cuando no peligrosas, sin contar con los respectivos parlamentos.
Con crecientes problemas económicos y sociales internos, el desencanto de MAGA, la importante inestabilidad internacional o los terroríficos documentos de Epstein que le colocan bajo chantaje, las elecciones intermedias en Estados Unidos de este año no parece que vayan a traer muchas satisfacciones a Trump. Los republicanos temen perder la mayoría en la Cámara de Representantes. Pero problema aún mayor sería perder el control del Senado. En el primer caso, Trump sufriría un gran freno a su poder, y si se produjese la pérdida del Senado su presidencia quedaría muy tocada, la incertidumbre y la improvisación aumentarían e incluso se abriría la posibilidad de un juicio político.
Y aquí, según se viene denunciando incluso por personalidades del régimen, la feliz gobernación borbónica se perpetra mediante el recurso abusivo en fraude de constitución a los decretos, sin presentar ni menos aprobar presupuestos generales del Estado. Para los remiendos se recurre a trampas como los decretos ómnibus, un totum revolutum que mezcla toda clase de atropellos y aberraciones con el ajuste nominal de las pensiones a la inflación. O con decretos en notorio fraude de ley puesto que un reglamento no puede oponerse a lo que estable la ley que desarrolla, en este caso una ley orgánica, como es el de legalizar las invasiones de inmigrantes sin control. Las instituciones se están convirtiendo en un decorado, una tramoya sin contenido real ni conformidad con su misión constitucional. Todo muy propio del régimen «democrático» que disfrutamos según nos quieren hacer creer.
Esta cuestión de las inmigraciones ilegales es un asunto muy importante susceptible de que pueda ser utilizado por el poder con fines de desestabilización social, conflictos inducidos que pueden ser empleados como pretexto para posponer elecciones. Veamos, algunas hipótesis.

Tanto en EEUU como en España se están produciendo maniobras desestabilizadoras en relación con las invasiones. Ambas crean conflictos pero paradójicamente con medidas opuestas. En el caso de EEUU con la violentísima persecución de inmigrantes ilegales. Primero se declara la lucha contra los ilegales sobre todo en estados de influencia del partido demócratas. Se realiza por una hueste llamada ICE que está demostrando verdadero salvajismo a la que se concede naturaleza federal, es decir rango superior a las autoridades de cada estado. Sus hazañas no se perpetran en zonas industriales más o menos retiradas sino en los centros de las ciudades y a plena luz del día de modo que la gente común se asombra y escandaliza de tal grado de brutalidad, e incluso empieza a organizarse en grupos de autodefensa. ¿Incompetencia o cálculo malintencionado? El siguiente paso probablemente será acusar a la población y autoridades locales de incitación a la rebelión contra la autoridad federal, haciendo actuar incluso al Ejército. Con el conflicto abierto generalizado se podría justificar la declaración de emergencia nacional y la suspensión de elecciones.
Aquí al falsario se le ve muy ufano pese a todas las calamidades que causa su feliz gobernación. Cabría especular desde luego con una futura posible situación similar en España en cuanto a consecuencias o resultados que no por los métodos que serían los opuestos, en vez de persecución como en EEUU una barra libre para los invasores pero si por el mismo motivo o pretexto, la inmigración ilegal. Hasta ahora todo parece indicar que Sánchez no está dispuesto a abandonar el gobierno e intentará resistir a toda costa. De modo que legítimamente cabe especular con la posibilidad de que, como ya está habiendo con los presupuestos, no convoque elecciones en el plazo constitucional si sus maniobras para inflar el censo o «gestionar» el voto por correo o la misteriosa maquinita cuenta votos no ofreciesen garantía suficiente. O porque la conflictividad social inducida o provocada se agrave con el efecto llamada y las siguientes invasiones «obligue» a declarar un estado de excepción o similar.
No deja de ser paradójico lo que ocurre pues los más perjudicados son los que apoyan estas felonías. El votante autóctono del socialismo parece sufrir el síndrome de la maltratada pues defiende a quien le maltrata u obstaculiza su integración o ascenso social o les condena a la miseria, pues los importados compiten por los puestos de trabajo, degradados servicios sociales, restos del estado de bienestar, paguitas o sopa boba. Tras medio siglo de Monarquia el reino de España está resultando un estado fallido del que huye el que puede. Con carácter general, hay matices, exportamos españoles bien formados y con ganas de trabajar e importamos extranjeros, menesterosos, vagos, gentes sin preparación cuando no hampones o delincuentes. Un intento de sustituir el electorado por otro acomodaticio, y más adecuado a la catadura de nuestros dirigentes.
Sin embargo, la situación es incierta. Es posible que la presumible indignación causada por los efectos de la publicación de los documentos de Epstein allí en EEUU, o aquí en España, en caso de que se publicasen los similares existentes, puedan condicionar el futuro agravando la inestabilidad, También cabría esperar revueltas sociales violentas y su represión. Y surge la hipótesis: de ser así, ¿nos encontraríamos ante un proceso planificado dentro del famoso esquema «acción, reacción, solución» o estamos llegando al borde del abismo por simple corrupción e incompetencia?
Si viviera Curzio Malaparte actualizaría su libro con nuevos capítulos para recoger estos grandes adelantos y modernidades.

