martes, febrero 3, 2026
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Espectáculo episcopal a la luz de la Candelaria

Por Alfonso de la Vega

Cada dos de febrero el Cristianismo celebra la fiesta de la candelaria, en la que se honra la Virgen de la Candelaria, la Purificación de la Virgen tras el parto y la Presentación de Jesús en el Templo. La fiesta se centra en la iluminación de la Virgen María, pero también en la luz que ilumina el camino del bien y en la luz perpetua divina. Un día especialmente oportuno para pensar sobre lo que está pasando y adónde nos lleva la actual deriva entre tinieblas. 

La menguante Iglesia posconciliar ha seguido una deriva de abandono de la Tradición que en algunos lugares incluso traspasa lo herético sobre todo con el reinado tenebroso de Bergoglio, ese depravado personaje enemigo declarado de España y de la Hispanidad, y en consecuencia de su ingente y monumental obra histórica de civilización y evangelización.

Para la nueva religión mundial, a la que hasta ahora se apunta el Vaticano, que pretende sustituir al Cristianismo habría dos dogmas inmutables, la cosa calentológica esa del cambio del clima climáico climatizable y lo de la protección y fomento de las invasiones de la antigua Europa, mejor a ser posible de moros o islámicos, para legitimar un multiculturalismo suicida. Claro que en esto la jerarquía, empezando por el propio Vaticano cerrado a piedra y canto que cobra por entrar, y terminando por cada obispado no predica con el ejemplo pues que se sepa no acogen a nadie en sus innumerables inmuebles, palacios episcopales o del Nuncio, incluidos. También cabría mencionar un tercer dogma, el transhumanismo, el mundo de los sin alma, pero mejor no mentar esa bicha porque si no hay alma se vendría abajo todo el tenderete. 

Sin embargo, también cabe resaltar en justo homenaje a la verdad las condiciones heroicas y nada acomodaticias con el poder con que deben realizar su labor las autoridades cristianas en las zonas de mayor influencia judía o islámica.

Sabemos que Argüello, el actual presidente de la CEE, en su juventud era comunista, incluso cercano a Carrillo. Un error o desatino moral propio de la inexperiencia o inmadurez, que lo siga siendo a tan provecta edad es preocupante pues demuestra cierta lamentable incapacidad cognitiva. Pero el que lo sea a cualquier edad siendo además obispo constituye un acto de alta traición a una de las dos organizaciones: el partido Comunista o la Iglesia Católica.

Dos miembros de la CEE sustituyen a los habituales acreditados obispos nacionalistas separatistas catalanes o vascos en el escándalo permanente. Uno de ellos es el citado presidente Argüello y el otro personaje nefasto es el cardenal Cobo, una especie de intrigante mini cardenal Richelieu del Manzanares con su íntimo capitán de mosqueteros, que está siendo asociado por fuentes bien informadas sobre el submundo del hampa a los escándalos de los burdeles para homosexuales del suegro y mecenas del excelentísimo señor presidente del gobierno de Su Majestad. Según el parecer de expertos vendría a representar el equivalente al caso Epstein para el régimen borbónico. Y una manifestación  de la terrible corrupción generalizada que asola Occidente. Una corrupción no solo material sino del entendimiento y las costumbres. Incluso la depravación más abyecta como cemento de unión del sistema y modo de recluta y promoción de sus dirigentes.

El primero de los obispos por su infame apoyo a la traicionera maniobra devastadora del gobierno social comunista para legalizar y promover invasiones. El segundo por su traición firmando en fraude de ley con el tenebroso ministro Bolaños un contubernio para cargarse un monumento religioso incomparable de alta significación filantrópica, belleza y gran perfección técnica arquitectónica como el Valle de los Caídos. Y además de traidor, embustero, pues lo negó con total desahogo.

El lector argüirá que su comportamiento seguramente pudiera explicarse  por cobardía o por estar sometido a chantajes. Dada la naturaleza de tanta renuncia suicida todo, incluso lo más increíble, ya parece posible. Pero también pudiera ser que un siglo después nuestros jerarcas más ilustrados o con lecturas hayan recordado la famosa guerra cristera, rebelión popular en defensa del catolicismo frente a las agresiones del gobierno mejicano de Plutarco Elías Calles, dispuesto entonces a intentar erradicar la influencia del cristianismo en la antigua Nueva España, y para congraciarse con el actual despotismo social comunista institucional mantengan una postura colaboracionista, de bochornoso servilismo.

La suerte personal de unos obispos separatistas, comunistas o invertidos, no tendría mayor importancia si no fuera porque representan públicamente a una Institución íntimamente vinculada al dasein histórico de España. Cuesta trabajo imaginar que la decadente y menguante Iglesia Católica española actual sea heredera de la Escuela de Salamanca, de los San Isidoro, San Ildefonso, Cisneros, Arias Montano, Mariana, Vitoria, de Valencia, Ciruelo, Torreblanca, fray Luis de León o de Granada, Juan de Yepes o Teresa de Ávila, Lope de Vega, Gracián, Góngora, Calderón, Tirso ,,,,

En una especie de Esperando a Godot, como pieza del teatro del absurdo, hay quien aún confía expectante en una futura labor bienhechora del nuevo risueño pero distraído papa gringo. Sin embargo, pasan los meses y por la razón que sea si bien la cosa no empeora visiblemente tampoco mejora. Para muchos católicos españoles la clave decisiva de la credibilidad de León XIV se encuentra ligada a la defensa del Valle de los Caídos como lugar sagrado contra los intentos demoledores del gobierno de la Corona.

Una Corona católica según la arrumbada tradición española que hoy también dejaría mucho que desear. Valgan algunos recientes detalles simples pero significativos. La altiva consorte que a veces viste blanco para presumir del privilegio de reina «católica» ni se digna santiguarse siquiera por un mínimo respeto al duelo de los asistentes al funeral, Su marido lo hace torpemente, como avergonzado, de tapadillo y según otros con algo parecido a una especie de cruz invertida o seña de Monipodio.

No es superfluo  recordar estas cosas si se quiere respetar a las instituciones, en este caso la misma Iglesia Católica. El español medio se siente abandonado, desbordado. Las antiguas instituciones tradicionales tales como la Iglesia o la Monarquía no le defienden o se habrían pasado al enemigo y parecen haberle abandonado a su suerte apátrida en un mundo cada vez más inhóspito y despiadado que les quiere dejar sin alma ni hacienda. En la mayor oscuridad que ha de ser vencida por la Candelaria.

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