Por Alfonso de la Vega
Buena parte de la población española está horrorizada y busca impotente e implorante una vía de salvación. Las instituciones no funcionan o se han pasado al enemigo. No es solo un problema de técnica constitucional o jurídica, que también. Los dramas que padecemos adquieren resonancias escandalosas al tiempo que reveladoras sobre la verdadera naturaleza del poder que nos oprime.
Muchas personas de buena voluntad se preguntan por qué van las cosas tan mal en el mundo actual. El porqué de que las promesas de progreso y de un mundo mejor se estén viendo desmentidas una y otra vez por la Historia, pese o quizás ¿a causa? de los muchos adelantos tecnológicos de los que ahora disponemos. Adelantos que si se aplicarán a la educación y al desenvolvimiento espiritual, intelectual y emocional de las gentes permitirían un gran salto adelante. Pero se constata más bien lo contrario, una creciente descomposición y la amenaza cada vez más cercana de un horizonte de esclavitud. De la peor esclavitud posible, de la del esclavo que ni siquiera es consciente que lo es. Es como si el Poder, el de verdad, no el que se nos muestra como cimbel o tramoya por las instituciones sociales tales como políticas o los media, conspirara en contra del bienestar y el progreso de la Humanidad. Pero, ¿por qué?
Las interpretaciones son muchas. Para algunos, los representantes y cada vez menos beneficiados del Poder, estamos en el mejor de los mundos posibles. Para otros, sin embargo, la culpa de lo que nos ocurre está en el capitalismo, el comunismo, el terrorismo, el nacionalismo o el Islam. El proceso de globalización teóricamente pude tener muchas ventajas pero desde luego no tal como se está acometiendo. La devastación del orden cultural y social en curso está arrasando con las instituciones nacionales conocidas, vaciándolas de soberanía real o efectiva, para que sea expropiada por instituciones internacionales globalistas sin arraigo popular, no democráticas y lo que aún parece mucho peor, sin estar dirigidas al bien común.
El universo del Mal, ¿acaso tiene existencia propia? ¿Existen criaturas no humanas que lo forman y sirven? ¿Se alimentan con el sufrimiento, el miedo, la angustia que nos provocan? ¿Existe, en consecuencia, también un lenguaje de los ángeles?
Ciertos importantes textos más o menos históricos o legendarios así lo sostienen. Entre ellos, por ejemplo: La Biblia, el Libro de Toth, el Libro de Enoch, las Estancias de Dzyan, el manuscrito de Mathers base de la Golden Dawn, la Esteganografía del abad Tritemo, los escritos de John Dee, las obras de Pico de la Mirándola basadas en antiguos textos de Orígenes, la Cábala, o las de Nicolás de Cusa, Santo Tomás de Aquino… Para Orígenes el origen del Mal está en libre albedrío de ciertos seres espirituales. Sin embargo, acerca de esto existen varias teorías: para Santo Tomás de Aquino los pecados de los ángeles son los “espirituales” de soberbia y envidia. Para Henoc y orígenes la causa de la iniquidad es el orgullo y la lujuria.

El precioso templo de los Jacobinos, en Toulouse (Francia) es una rara iglesia de dos naves separadas por una singular fila de esbeltas preciosas palmeras de piedra. Un templo extraño, elegante, bellísimo, donde se custodia la tumba de Santo Tomás de Aquino, cuya festividad celebramos hoy, con las palmeras vivas sufriendo una plaga devastadora.
Tras el Vaticano II la famosa Suma Teológica como parte de la Tradición también parece yacer como en otra tumba del olvido. Santo Tomás de Aquino, patrono de las Universidades, representa por antonomasia el desarrollo de la Escolástica, fundamental según Jung en la formación en Europa de lo que él llamaba el pensamiento dirigido.
Pero no es solo la cuestión epistemológica, Aumentan las personas que advierten un aspecto satánico en lo que ocurre hoy en España y en gran parte del mundo occidental. En efecto, en mi opinión la peor dimensión de la actual crisis de la civilización es su naturaleza o carácter espiritual. Hoy, en pleno dramatismo de los trágicos y escandalosos acontecimientos podemos recordar la advertencia de San Pablo en la epístola a los Efesios (cap. VI, 12): “Revestíos de la armadura de Dios para que podáis resistir los asaltos del diablo. Que no es nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los principados y las potestades, contra los poderes mundanales de las tinieblas de este siglo, contra los espíritus malos que andan por los aires. Por esto tomad la armadura de Dios para que podáis poner resistencia en el día malo y, poniéndolo todo en obra, manteneros en pie. Manteneos, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y revestidos con la corona de la justicia…”
Para San Pablo la cuestión posee una dimensión metafísica y así con tal carácter debe ser enfrentada con nuestra propia armadura espiritual: Con Firmeza, Verdad y Justicia. No en vano en la Suma Teológica Santo Tomás dedica un Tratado a los ángeles. En la cuestión 63.2: “el primer pecado del ángel no pudo ser más que el de soberbia. …tras el pecado de la soberbia el de la envidia, porque se dolió del bien del hombre y también de la excelencia divina, por cuanto Dios se sirve del hombre para su gloria en contra de la voluntad del demonio… En la Sagrada Escritura no se atribuyen a los demonios los nombres de algunos órdenes como el de serafines o el tronos, porque estos nombres están tomados del ardor de la caridad y de la inhabitación de Dios, que no pueden coexistir con el pecado, y en cambio se las atribuye a querubines, potestades y principados, porque éstos se toman de la ciencia y el poder, que pueden ser comunes a los buenos y a los malos.” El Conocimiento sin Amor favorece la soberbia y la envidia y es causa de muchos males.
En la monumental obra del santo de Aquino también se encuentra otro debate de extraordinaria actualidad como es el de la guerra justa. En lo que llevamos de este desgraciado siglo sufrimos un auge de la guerra como práctica habitual de dominación, pero también como justificación en lo ideológico, así la mayoría de los dirigentes de la decadente civilización occidental no se cortan en expresar sus deseos del empleo de violencia bélica por la rapiña, disimulada con pretendidos deseos de promover la supuesta santa democracia o el mantenimiento del no menos santo dólar. Una democracia sui generis, desmentida una y otra vez, que practica la ley del embudo, en realidad una timba con cartas marcadas. El concepto histórico de la guerra justa se basa en la idea general de que la guerra puede justificarse en algunos casos y debe entenderse dentro de ciertos criterios éticos determinados. En una guerra justa tanto el propósito final como la conducta cumplirían ciertos estándares éticos y, por lo tanto, pueden tratarse como moralmente justificados.

No deja de ser interesante recordar que el concepto de guerra justa o el del tiranicidio, unas formas de oponer obstáculos morales al poder omnímodo fue desarrollado por grandes pensadores católicos a lo largo del tiempo. Para Santo Tomás de Aquino cabe distinguir entre guerra justa e injusta utilizando dos clases de criterios: 1) Jus ad bellum o la justicia de la causa; y 2) Jus in bello o la justicia de la conducta. Porque incluso en una guerra justa no vale todo. Por ejemplo, destruir intencionadamente a la población civil no combatiente como sucede con beneplácito de mucho biempensante.
El Mal debe ser enfrentado aunque el pesimismo de la razón nos muestre pocas posibilidades de victoria por haber ocupado las instituciones. Pero existen otras dimensiones de la Vida y del Ser reveladas por la Tradición. Todas unas lecciones que deben ser rescatadas para guiar nuestra conducta.

