lunes, enero 26, 2026
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El verdadero rostro del «preparacionismo»

Por Alba Lobera (MundoViperino)

Cuando alguien menciona “preparacionismo”, la primera imagen que suele venir a la cabeza es la de búnkeres escondidos, estanterías abarrotadas de latas o escenarios apocalípticos dignos de una película. Sin embargo, la realidad es mucho más sencilla y, en buena medida, más cercana a nuestra vida cotidiana de lo que parece. Ser preparacionista hoy no significa aislarse ni obsesionarse con cada posible desastre. Significa, más bien, contar con la tranquilidad de poder enfrentar imprevistos sin depender completamente de sistemas externos. Es como tener un seguro, solo que tangible: hecho de decisiones conscientes y recursos que uno mismo controla.

De hecho, casi todos practicamos algún tipo de preparación sin darnos cuenta. Ahorrar dinero para emergencias, tener un botiquín en casa, revisar el coche antes de un viaje o aprender a cocinar platos básicos son formas de preparacionismo. No son dramáticas ni extraordinarias, pero reflejan la misma lógica: anticipar problemas y buscar soluciones prácticas. Lo que diferencia a un preparacionista es la conciencia y el método; no se trata de acumular por acumular, sino de organizar de manera sensata y sostenible.

El preparacionismo no nace del miedo irracional; surge de la observación serena de la realidad. Vivimos en un mundo complejo donde los sistemas que damos por seguros a veces fallan: un huracán que corta la electricidad durante días, una enfermedad inesperada, un apagón de internet o incluso una crisis económica local. Ninguno de estos eventos exige imaginar el fin del mundo, pero sí nos recuerda que nuestra vida cotidiana depende de ciertas cadenas: energía, transporte, agua, comida.

Muchas veces, lo que impulsa a prepararse son experiencias personales. Conozco a alguien que, después de varias tormentas que dejaron su ciudad sin luz por días, comenzó a guardar velas, linternas y pilas. No lo hizo por miedo irracional, sino porque esas situaciones repetidas le enseñaron que podía estar mejor preparado. Otros se motivan por la familia, la salud o simplemente por la sensación de autonomía que da saber que uno puede responder ante lo inesperado. Prepararse, en esencia, es un acto de responsabilidad hacia uno mismo y hacia quienes dependen de nosotros.

Comenzar no requiere transformar la casa en una tienda de supervivencia ni gastar una fortuna. Lo más importante es avanzar paso a paso, con sentido común. Una buena manera de empezar es pensar: si mi vida cotidiana se interrumpiera por unos días, ¿qué necesitaría para mantenerme a salvo y cómodo? Agua, alimentos, medicamentos, calor, luz, comunicación… Poco a poco, eso es suficiente para empezar.

En cuanto a los alimentos, conviene almacenar productos duraderos y que, además, se consuman con normalidad. No sirve acumular cosas que nadie comería; sí tiene sentido guardar arroz, legumbres, pasta, conservas, aceite y algo de proteína como atún o alubias (frijoles). En cuanto al agua, la prioridad es absoluta: se recomienda al menos tres litros por persona al día solo para beber, más algo adicional para higiene. No hace falta llenar la casa de garrafas; botellas rotativas y filtros portátiles cumplen perfectamente la función.

Un kit de emergencia básico debería incluir linterna, pilas, botiquín, mantas, comida y agua, herramientas para abrir latas y algún medio de carga para dispositivos electrónicos. Poco a poco se puede ir ampliando, siempre según necesidades, experiencia y presupuesto. Lo importante es que sea accesible, funcional y que se revise periódicamente.

Los pilares básicos de la preparación

Si pensamos en pilares de la preparación, podríamos resumirlos en siete: alimentos, agua, refugio, energía, salud, seguridad y autonomía básica.

  • Alimentos y agua: No basta con la cantidad; la calidad y la rotación son esenciales. Cocinar con lo almacenado ayuda a familiarizarse con los recursos y evita desperdicios.
  • Refugio: Asegurarse de que el hogar sea seguro y confortable, con posibilidades de resguardarse ante cortes de servicios, lluvias intensas o temperaturas extremas. Revisar ventanas, techos, calefacción y ventilación es un buen punto de partida.
  • Energía: Fuentes alternativas como linternas, baterías, cargadores solares o un generador pequeño pueden marcar la diferencia, pero siempre evaluando costo, mantenimiento y riesgo real.
  • Salud: Botiquines completos, conocimientos básicos de primeros auxilios y medicación esencial son pilares silenciosos pero fundamentales. Conocer a profesionales locales y servicios de salud cercanos es un extra de seguridad.
  • Seguridad: No se trata de armas ni paranoia, sino de proteger a la familia y los recursos de manera sensata. Cerraduras, iluminación exterior y acuerdos con vecinos son medidas más eficaces que cualquier fantasía de autosuficiencia extrema.
  • Autonomía básica: Aprender habilidades prácticas —desde reparar una fuga hasta conservar alimentos o purificar agua— aumenta la confianza y reduce la dependencia de terceros.

Prepararse siempre tiene límites. Nadie puede hacerlo todo ni acumular indefinidamente. Saber priorizar según contexto, presupuesto y estilo de vida es la clave que diferencia al preparacionista práctico del obsesivo.

Cuando la mente es el verdadero campo de batalla

En cualquier tipo de crisis, el impacto psicológico puede ser tan devastador como la propia situación física. Estrés, ansiedad, pánico, confusión y decisiones precipitadas son efectos inevitables de encontrarse ante lo inesperado. Es fácil subestimar cómo una mente alterada puede complicar aún más una emergencia. Y es que, cuando las emociones dominan, la capacidad de actuar de manera efectiva disminuye considerablemente. Por eso, entrenar la calma y mantener la claridad mental son habilidades fundamentales, igual de esenciales que almacenar alimentos o asegurar un refugio. La respuesta mental y emocional ante una crisis determina en gran medida nuestra capacidad para adaptarnos y manejar las adversidades.

Al enfrentar un problema inesperado, el primer desafío no es solo la solución técnica, sino cómo manejar el caos interno que genera. Tomemos, por ejemplo, un apagón prolongado: la incertidumbre de no saber cuándo volverá la electricidad puede causar ansiedad, sobre todo si hay niños pequeños o personas mayores en casa. En situaciones como esta, la mente tiende a llenarse de pensamientos descontrolados y a generar escenarios apocalípticos que solo agravan el estrés. Sin embargo, una respuesta calmada y metódica puede marcar la diferencia entre reaccionar de manera adecuada o caer en el pánico. Por eso, es esencial practicar la autorregulación emocional, algo que pocos tienen en cuenta cuando piensan en preparación.

El entrenamiento de la calma implica ser consciente de las emociones y aprender a gestionarlas antes de que tomen el control. Existen diversas técnicas que pueden ayudar en este proceso, como la respiración profunda, el mindfulness o la visualización positiva. Estas herramientas permiten tener el control sobre la mente cuando el miedo se desata. Un ejemplo de ello es el simple acto de detenerse a respirar profundamente antes de tomar una decisión. En una situación de emergencia, esta pausa, aunque breve, puede evitar errores fatales que resultan de la impulsividad.

Por otro lado, la resiliencia no se mide únicamente por la cantidad de recursos que podamos almacenar. Se trata más bien de nuestra capacidad para adaptarnos a los cambios, para mantener la calma en medio de la tormenta y para tomar decisiones razonadas bajo presión. Esta capacidad mental es un músculo que se entrena, y cuanto más lo hagamos en situaciones cotidianas, más preparados estaremos cuando llegue lo inesperado. Las personas que practican este tipo de habilidades con regularidad, como a través de ejercicios de meditación o enfrentando pequeños retos diarios, suelen reportar una mayor confianza en sí mismas y menor ansiedad cuando se enfrentan a problemas. La clave está en aprender a escuchar y a gestionar nuestras emociones para que no nos dominen.

En un contexto más práctico, una estrategia simple es simular escenarios de crisis en la vida cotidiana. Esto no significa hacer predicciones catastróficas, sino tener en cuenta posibles inconvenientes y entrenar nuestra mente para enfrentarlos de manera efectiva. ¿Qué harías si el transporte público se paraliza por varias horas? ¿Cómo actuarías si un miembro de la familia se sintiera mal y tuvieras que tomar decisiones rápidamente? Practicar la toma de decisiones bajo incertidumbre, aunque sea en situaciones menos graves, es un excelente ejercicio para cuando realmente importe. La diferencia entre una persona que se desespera y otra que toma acción rápida y efectiva está en gran medida en cuán entrenada está la mente para la calma y la claridad.

El valor de la comunidad

Una de las ideas erróneas más comunes sobre el preparacionismo es la noción de que debe ser una práctica solitaria. El preparacionismo no significa retirarse a una isla desierta con todas tus provisiones. En realidad, prepararse en comunidad es una de las estrategias más eficaces para hacer frente a las emergencias. En situaciones de crisis, la cooperación y el apoyo mutuo son esenciales, no solo porque la carga se reparte, sino porque las relaciones humanas proporcionan un sistema de contención emocional.

En una catástrofe, ya sea un desastre natural, una crisis económica o una emergencia sanitaria, el apoyo social puede ser la diferencia entre la supervivencia y la desesperación. Lo que ocurre cuando se establecen vínculos sólidos con vecinos, amigos o familiares es que la información fluye más rápidamente, los recursos se pueden compartir de forma más eficiente y las decisiones se toman de manera más colaborativa. Un ejemplo claro de ello ocurrió durante una fuerte tormenta que azotó una ciudad hace algunos años. Los vecinos de un bloque de apartamentos se organizaron rápidamente para compartir generadores, agua y alimentos. Aquello no solo resolvió necesidades inmediatas, sino que también creó un sentido de comunidad más fuerte y cohesionado. La capacidad de trabajar juntos redujo el estrés y aumentó la eficiencia.

El capital social —es decir, la confianza y las redes de apoyo en una comunidad— juega un papel crucial cuando el panorama se vuelve incierto. Las redes de apoyo no solo se componen de recursos materiales, sino de la capacidad de ofrecer un hombro sobre el cual apoyarse. La gente que tiene un círculo cercano con el que coordinarse en tiempos de crisis suele experimentar menos ansiedad, porque sabe que no está sola. En momentos difíciles, el apoyo emocional es tan importante como los recursos tangibles.

Al final, la idea de que «me preparo solo y no dependo de nadie» es no solo egoísta, sino también inefectiva. Es un mito peligroso que fomenta la idea de la autosuficiencia extrema, un concepto que no se ajusta a la realidad. En la práctica, las redes humanas son una de las principales fuentes de resiliencia. Si las personas que nos rodean están bien preparadas, nuestras probabilidades de salir adelante también aumentan. Por eso, cultivar y mantener relaciones cercanas, así como estar dispuesto a colaborar con los demás, es uno de los pilares esenciales de cualquier estrategia de preparación.

Entre la prudencia y la obsesión

El preparacionismo no está exento de críticas, y algunas de ellas son totalmente válidas. Es cierto que hay quienes llevan esta filosofía al extremo, viviendo obsesionados con catástrofes futuras y dejando que el miedo gobierne su vida diaria. En este tipo de casos, el preparacionismo se convierte en un fenómeno desmesurado que alimenta ansiedades innecesarias. Pero esta visión extrema no es representativa de la mayoría de quienes practican la preparación racional y equilibrada.

Una crítica recurrente hacia el preparacionismo es la acusación de que implica un enfoque de miedo irracional o una desconfianza hacia la sociedad y el sistema. Algunas voces sostienen que vivir preparándose para desastres inminentes refleja una falta de fe en la capacidad de la humanidad para gestionar crisis. Sin embargo, preparar de manera sensata no significa pensar que el sistema está condenado al fracaso, sino más bien reconocer que vivimos en un mundo interconectado y complejo, donde las fallas son inevitables.

El verdadero problema subyacente es que hemos delegado demasiadas responsabilidades en los sistemas que consideramos seguros, pero que no siempre responden cuando la situación lo exige. Pensemos, por ejemplo, en el colapso de servicios básicos tras un desastre natural o una crisis económica: las autoridades pueden verse desbordadas, y los sistemas de distribución de recursos pueden colapsar. En este contexto, la preparación personal no es una huida, sino una forma de asumir una responsabilidad compartida, no solo con nosotros mismos, sino con nuestras familias y comunidades. La verdadera preparación no busca aislarse, sino fortalecer nuestra capacidad de respuesta ante lo incierto, sin caer en la paranoia.

Así, la preparación racional y equilibrada puede verse como una respuesta lógica a los riesgos inherentes a la vida moderna, no como una condena a una vida de miedo o aislamiento. El objetivo no es estar listos para el fin del mundo, sino para la imprevisibilidad de la vida misma. Es un acto de autonomía personal, una forma de recuperar un control que, por muy cómodo que sea, hemos dejado muchas veces en manos de otros.

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