Este domingo el Gobierno y la Junta de Andalucía han acordado posponer el funeral de Estado por las 45 víctimas del trágico accidente ferroviario en Adamuz (Córdoba), ocurrido hace apenas una semana. El acto, inicialmente programado para el próximo sábado 31 de enero en Huelva –ciudad de origen de muchas de las víctimas–, se aplaza supuestamente para garantizar una mayor asistencia de los familiares.
Pero, ¿quién se cree este cuento? Detrás de esta excusa piadosa se esconde un cúmulo de descontentos que revelan el hartazgo de la sociedad con la hipocresía política, el laicismo impuesto y el comportamiento cobarde de las altas esferas.
Oficialmente, el aplazamiento se justifica en la necesidad de adaptar el homenaje a las circunstancias de los familiares, muchos de los cuales aún lidian con el duelo y las secuelas del desastre. Sin embargo, las voces críticas no tardan en desmontar esta narrativa. Fuentes cercanas a las familias y testimonios en redes sociales pintan un panorama bien distinto: el aplazamiento huele a intento desesperado por evitar un estallido de protestas que podría exponer las vergüenzas del sistema.
Empecemos por lo obvio: el carácter laico del homenaje. Huelva, una provincia profundamente católica y devota de la Virgen –no en vano se la conoce como «mariana»–, se rebela contra un funeral civil que ignora la fe de las víctimas y sus familias. Muchas de las personas fallecidas eran cristianas practicantes, como revelan testimonios que han sorprendido incluso a medios y políticos.
¿Por qué imponer un acto secular en una tierra donde la religión es el alma de la comunidad? La indignación es palpable: «Huelva es mariana, no cabe un funeral laico», claman voces locales, que ven en esto una profanación de la memoria de los difuntos.
Un usuario en X lo resume crudamente: «¿Será cristiano u otro infame ceremonial masónico? Los pasajeros fallecidos eran cristianos. ¿Profanarán su memoria?».
Familiares han expresado abiertamente su rechazo, reclamando un homenaje religioso que honre la espiritualidad de los suyos, no un evento descafeinado para contentar a un gobierno y una consorte real obsesionados con el laicismo progresista.
Pero el descontento no se detiene ahí. El comportamiento de los reyes (con minúsculas) durante su visita a la zona de la catástrofe ha sido calificado de «cobarde» por los propios afectados. Un familiar lo describe sin tapujos: «Nos hizo bajar de donde estábamos, nos metimos en una sala, después en otra… Después de todo, el señor rey tuvo un acto de cobardía, no dio la cara y se fue sin dar una explicación».
Otro testimonio acusa directamente: «Por temor a que los políticos salieran calientes en Adamuz, los reyes no entraron a dar el pésame a familiares, a pesar de que fueron cambiados de sala. Vamos a ver… sinvergüenzas… os FALTAN CATAPLINES A TODOS empezando por EL BORBÓN Y ACABANDO POR LA RIDÍCULA CHUS».
Los monarcas, que deberían encarnar la unidad y el consuelo nacional, optaron por eludir el contacto directo con los familiares, temiendo quizás un baño de realidad en medio del luto. Este episodio no hace más que avivar el fuego de un pueblo que ve en la corona una institución desconectada, más preocupada por su imagen y por ver cómo quedan en las fotos que por el sufrimiento ajeno.
Y luego está el hartazgo general con la clase política y su descarada utilización de la tragedia. Mientras el Gobierno pide «tiempo para la investigación» y clama «no politizar la tragedia», hacen exactamente lo contrario. Para ejemplo, el propio Pedro Sánc-hez en el mitin de este domingo en Aragón.
¿Hipocresía? Absolutamente. Las sospechas de errores en el rescate –tardanzas que costaron vidas– y la falta de mantenimiento ferroviario se acumulan, convirtiendo el duelo en un auténtico polvorín.
A esto se suma que familiares de fallecidos habían convocado una marcha de protesta precisamente para el 31 de enero, coincidiendo con la fecha original del homenaje. ¿Casualidad que se posponga justo ahora? Más bien una táctica para desmovilizar el descontento y evitar que el acto se convierta en un fracaso monumental.
En resumen, este aplazamiento no es un gesto de empatía, sino un parche para tapar grietas demasiado profundas. En una España cada vez más desencantada, donde la fe se pisotea en nombre del progresismo, la realeza huye del pueblo y los políticos usan el dolor como escudo, eventos como este revelan la podredumbre del sistema. Las familias merecen verdad, no excusas; respeto religioso, no imposiciones laicas; y líderes con agallas, no cobardes en palacio. Si el Gobierno quiere honrar a las víctimas, que empiece por escuchar el clamor de Huelva y deje de manipular el luto para su conveniencia. De lo contrario, este «homenaje» no será más que otro espectáculo vacío en un país que ya no traga con más teatros ni mentiras.
(Por Lourdes Martino)

