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Así son los Borbones: de Carlos III a Isabel II

La monarquía borbónica en España, que se inicia con Felipe V en 1700 y se extiende hasta la actualidad con interrupciones, ha sido marcada por periodos de absolutismo y reformas, pero también por episodios donde los reyes mostraron un claro desdén hacia el pueblo español, viéndolo como una masa pasiva, ignorante o incluso como «canalla» (rabble). A continuación, detallo algunos pasajes históricos clave, basados en fuentes documentadas, enfocándome en acciones y actitudes que reflejan este desprecio. Estos ejemplos ilustran cómo los monarcas priorizaron su poder absoluto sobre el bienestar o la participación popular, a menudo con represión y paternalismo.

1. Carlos III (1759-1788): El despotismo ilustrado y la máxima «Todo para el pueblo, pero sin el pueblo»

Carlos III, considerado el máximo exponente del despotismo ilustrado en España, implementó reformas modernizadoras (como la centralización administrativa, la promoción de la educación y la expulsión de los jesuitas en 1767) con un enfoque paternalista que excluía cualquier participación popular. Su lema implícito, «Todo para el pueblo, pero sin el pueblo», resume este desprecio: el rey decidía qué era lo mejor para sus súbditos, tratándolos como niños incapaces de gobernarse. Esta frase, atribuida a él y a otros déspotas ilustrados, refleja una visión del pueblo como objeto de reformas, no como sujeto activo. Por ejemplo, durante el Motín de Esquilache (1766), provocado por reformas en vestimenta y precios que afectaban a las clases bajas, Carlos III respondió con represión y exilio de ministros, culpando a conspiraciones externas en lugar de atender las demandas populares. Su reinado priorizó el control estatal sobre la Iglesia y la economía, ignorando el descontento campesino y urbano, lo que generó resistencias como revueltas en Madrid y otras ciudades.

2. Carlos IV (1788-1808): Debilidad real y favoritismo a Godoy, ignorando el sufrimiento popular

Carlos IV, un monarca débil e influenciable, delegó el poder en su ministro Manuel Godoy, ampliamente odiado por su corrupción y favoritismo. Este periodo vio alianzas desastrosas con Francia napoleónica, que llevaron a derrotas como la Batalla de Trafalgar (1805) y crisis económicas que empobrecieron al pueblo. El rey mostró desprecio al priorizar sus placeres personales (caza y vida palaciega) sobre las necesidades de la población, que sufría hambrunas y altos impuestos para financiar guerras. El culmen fue el Motín de Aranjuez (1808), donde el pueblo se rebeló contra Godoy, forzando su destitución y la abdicación de Carlos IV. En una carta a su hijo Fernando VII (2 de mayo de 1808), Carlos IV escribió: «Todo debe hacerse para el pueblo, y nada por él: olvidar esta máxima es hacerse cómplice de todos los delitos que le son consiguientes», adaptando la frase ilustrada para justificar su absolutismo indiferente. Esta actitud contribuyó al caos que permitió la invasión francesa y la Guerra de Independencia.

3. Fernando VII (1808-1833): El «Rey Felón» y la represión absolutista

Fernando VII, conocido como «el Deseado» durante su exilio napoleónico pero luego como «el Felón» por su traición, es el ejemplo más flagrante de desprecio borbónico. Al regresar en 1814, abolió la Constitución de 1812 (promulgada por las Cortes de Cádiz en nombre del pueblo) mediante el Decreto de Valencia (4 de mayo de 1814), declarando: «Mi real ánimo es no solamente no jurar ni acceder a dicha Constitución… sino el de declarar aquella Constitución y aquellos decretos nulos y de ningún valor ni efecto, como si no hubiesen pasado jamás tales actos». Esto anuló las reformas liberales que reconocían la soberanía popular, restaurando el absolutismo y persiguiendo a liberales con ejecuciones y exilios. Llamaba a los opositores «esa canalla» y veía al pueblo como una masa manipulable, usando su apoyo inicial para justificar represión.

Durante la Década Ominosa (1823-1833), tras el Trienio Liberal, ordenó una purga feroz: cerró universidades y periódicos, restauró la Inquisición de facto y ejecutó a héroes como Juan Martín Díez «El Empecinado» (1825), a pesar de su lealtad previa. En 1823, retractó promesas de clemencia ante los franceses, condenando a muerte a regentes liberales y respondiendo a críticas con: «¡Carajo! Tengo más cojones que Dios. Tengo bastantes cojones para comerme a todos vosotros». Su indiferencia ante la pérdida de las colonias americanas (1810-1824) agravó la pobreza española, priorizando su poder personal sobre el bien común. Historiadores lo describen como vengativo, cruel y psicopático, con un desprecio por los derechos y sentimientos ajenos.

4. Isabel II (1833-1868): Escándalos cortesanos y corrupción, culminando en la Revolución Gloriosa

Isabel II, hija de Fernando VII, heredó un legado de inestabilidad. Su reinado estuvo marcado por corrupción en la corte, favoritismos a amantes y ministros, y un desprecio por las clases bajas, que sufrían crisis económicas mientras la reina acumulaba riqueza. Apodada «la de los Tristes Destinos», ignoró reformas sociales, permitiendo especulación ferroviaria y ventas de bienes eclesiásticos que beneficiaron a oligarcas, no al pueblo. El descontento culminó en la Revolución Gloriosa (1868), que la exilió, con el pueblo acusándola de despotismo y escándalos. Propaganda republicana la retrataba como símbolo del rechazo borbónico, uniendo al pueblo en contra de la monarquía por su indiferencia ante hambrunas y desigualdades.

Estos pasajes reflejan una patrón borbónico de absolutismo que veía al pueblo como plebe manipulable e ignorable, priorizando el poder real sobre la participación o el bienestar genuino. Aunque algunos reyes como Carlos III trajeron avances, su enfoque paternalista subraya el desdén subyacente.

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