El impresentable que usurpó el poder valiéndose de malas artes y que ahora dirige la banda dedicada a delinquir, a la práctica de los peores vicios, a llenarse los bolsillos con los fondos que deberían emplearse en el mantenimiento de la sanidad, la educación, las carreteras y el resto de infraestructuras, es gafe.
Y ya van muchas. Aún tenemos presente la mala gestión de la pandemia, con el parlamento inconstitucionalmente cerrado, y aquel comité de guerra, al mediodía, en la televisión, para infundir miedo a la población con el “quédate en casa”, “no beses”, “no abraces”, mientras sedaban a los viejos aplicando el llamado “triaje de guerra”, y se hacían ricos con la compra de mascarillas y otros insumos sanitarios, por los que ahora se encuentran en la cárcel el exministro José Luis Ábalos y el portero de prostíbulo Koldo García, ascendido a consejero de Renfe.
Después vino la riada de Valencia, mal llamada Dana, en la que se dejó morir a la gente, algunos agonizando durante días porque el gobierno se negó a enviar al ejército e incluso dificultaban la ayuda de los ciudadanos, llegando a destruir toneladas de comida y ropa. Es difícil de entender para una mente normal y equilibrada, pero no fue por dejadez o mala gestión; había una intención clara de causar el mayor daño y caos posible. Y aún no sabemos el número de muertos, pero muchos más de lo que indican las cifras oficiales. No debemos olvidarnos de Valencia.
Y una vez realizado el sacrificio de agua, tocaba ofrecer el de fuego. Y en el verano de 2025 España ardió por los cuatro costados, abrasando todo a su paso: montes, campos, cultivos, empresas, casas, animales y personas. La ayuda fue escasa y llegó cuando solo había cenizas. Fue un auténtico infierno. ¡Y ahora los muertos de los trenes! Una negligencia de manual.
Esta banda gobernante nos va a destruir. ¿Pero qué hacemos?, preguntaba un lector ayer en los comentarios. Y no sé qué responder. A estos no hay quien los mueva; no les importa nada; no tienen ni vergüenza ni empatía y su perfil psicopático les permite aguantarlo todo sin inmutarse. ¿Qué más tiene que ocurrir para que esta gente se vaya? A estas horas deberían haber dimitido uno tras otro, pero no. Seguro que, además de la conveniencia de los aforamientos, piensan que aún les queda mucho por robar y, a pesar de los casos pendientes, harán todo lo posible para mantenerse en el poder. Todos sabemos lo expertos que son en pucherazos. Tienen práctica y lo hacen sin ningún rubor. Esto es muy preocupante, y ya lo han practicado en España. El grupo Elecciones transparentes denunció las anormalidades en las últimas elecciones generales y a la empresa Smartmatic, incriminada también en los comicios fraudulentos de julio de 2024 en Venezuela, a cuyo usurpador Maduro la justicia conserve en la cárcel de por vida. Y lo mismo se hizo en Bolivia con Evo Morales.
Aparte del posible robo electoral, al que debemos estar muy atentos, no hay que descartar que antes o durante de la campaña monten algún bulo, alguna historieta rara contra los candidatos de la derecha.
Santiago Abascal dice que “la corrupción mata”, remedando el mantra del cambio climático con el que Sánchez y la Unión Europea torturan a los ciudadanos, y de manera inmisericorde a automovilistas, ganaderos y agricultores. Pero se merecían algo más fuerte.
Demasiado suave también el Partido Popular; siempre con el complejo y con miedo a qué dirán los medios hostiles. Es notorio que una buena parte de la prensa está podrida y vendida, tomada por camorristas, gracias a la cobardía congénita del PP. Encima, cuando consiguen el poder, en lugar de enviarlos a Siberia, dejan a parte de los enemigos en puestos clave de los medios públicos, mientras desprecian a quienes les han ayudado en la travesía. Siempre se dice que “el PP no trata bien a los suyos”. Siempre andan con miedo a lo que diga la izquierda. No aprenden que hagan lo que hagan, van a decir siempre lo peor. No han entendido que el pacto del Tinell es una idea envenenada, un muro mental que construyó Zapatero con golpistas y etarras –justo los que ahora gobiernan– y sigue vigente. La derecha es odiada porque, aunque muy desdibujadas, aún conserva las raíces del catolicismo; y aunque el PP del siglo XXI es más socialdemócrata que otra cosa, el alma colectiva lo sigue viendo como el partido de Fraga. ¡Y nada que ver!
Núñez Feijóo tiene que perder el miedo a las opiniones; debe espabilar e ir entrenándose en el uso de la espada para cuando llegue al palacio de la Moncloa y la izquierda sin civilizar inunde las calles y organice huelgas generales. ¡Verán cómo resucitan los sindicatos! Ya puede llevar preparada una ley antidisturbios para tramitarla cuanto antes. ¡¿O cree que se van a quedar quietos y resignarse a abandonar sus cuotas de poder?! Además, el caos es su elemento, su esencia más genuina.

