Por Alfonso de la Vega
Por otra parte, hace no tantos años se consideraba que la solución del problema social agrario era fundamental para España por sus importantes problemas en la distribución de la propiedad de la tierra según regiones y comarcas. Se intentaron reformas agrarias con diferentes enfoques y resultados. En el aspecto técnico la política de construcción embalses y desarrollo de regadíos del régimen anterior produjo indisimulable prosperidad en muchas regiones españolas. Muchas cosas han cambiado desde entonces, y ahora la política oficial parece la opuesta. Desde luego que en España ya no existe la antigua y dramática presión sobre la tierra pues la población empleada en la agricultura y residente en el mundo rural ha descendido enormemente, de modo que muchas extensiones de nuestros campos se hallan ahora solitarias, abandonadas, y los sistemas agrarios se han simplificado, perdiendo gran parte de su complejidad y riqueza ecológica, cuando no desaparecido, así como la población capaz de entenderlos y manejarlos.
El problema ahora es al revés, la España despoblada y los recursos desperdiciados. No que el sistema ya no dé más de sí. Existen sistemas agrario-forestales de extraordinario interés como la dehesa, capaces de producir proteína animal de calidad con pocas necesidades de recursos fósiles y buen impacto para la conservación en biodiversidad del medio natural. Pero hoy se puede atravesar Extremadura sin apenas ver ganado, es más fácil ver un venado que un cochino ibérico.
Sin olvidar una visión integrada y preventiva de la problemática por ejemplo de los incendios forestales que suele ser resultado del abandono de la ganadería extensiva y su gestión del suelo.
Detrás de tan profunda transformación del territorio y del sector agroforestal existen muchas causas, una de ellas es la falta de personal y de relevo generacional. Otra el cambio en la utilización de la energía y sus principales convertidores: plantas, ganado y máquinas en los sistemas agrarios. De singular importancia es, frente a la ganadería tradicional integrada, el desarrollo de la ganadería intensiva alimentada con productos propios del consumo humano como el maíz o la soja.
En cierto modo, combustibles diferentes de los que usaban las máquinas vivientes de nuestra cabaña autóctona, más resistentes y mejor acomodadas al medio natural y capaces de aprovechar mejor los propios recursos pascícolas y la fotosíntesis no subsidiada con energía fósil, sirviendo además para la tracción en el caso del vacuno.
Es decir, la sustitución de la ganadería extensiva por la intensiva, consumidora de alimentos en competencia con el hombre frente a la que aprovechaba los productos de la fotosíntesis no subsidiada con energía fósil que el hombre no puede asimilar de modo directo como son los pastos. Una ganadería intensiva más sensible a las epizootías. Es verdad que entonces parte de la superficie agraria era empleada para alimentar el ganado de tracción o transporte, caballar, asnal o mular, cosa que la mecanización y el empleo de recursos fósiles ya hace innecesario. También que razas y variedades de la cabaña ganadera autóctona están en retroceso.
Una de las tendencias actuales es el intento de reducir o evitar el autoconsumo rural, el ciclo cerrado y fomentar la fragmentación mediante híbridos, transgénicos o vacunas reconocibles para distinguir ejemplares vacunados de los no vacunados con fines comerciales. No sin cierto abuso del papel de la homologación y de la certificación en la comercialización de productos.

