En la primavera de 1808, España vivió una de las crisis más profundas de su historia moderna. Mientras las tropas francesas ocupaban el país con el pretexto de dirigirse a Portugal, la monarquía borbónica se desmoronaba por dentro. El Motín de Aranjuez provocó la caída de Manuel Godoy y forzó la abdicación de Carlos IV en favor de su hijo Fernando VII. Napoleón Bonaparte, que ya había decidido colocar a un miembro de su familia en el trono español, convocó a padre e hijo a la ciudad francesa de Bayona.
Allí, bajo presión militar y diplomática, se produjeron las llamadas Abdicaciones de Bayona. Fernando VII renunció de nuevo a la corona en favor de su padre, y Carlos IV cedió a su vez los derechos al trono de España e Indias a Napoleón. El emperador designó entonces a su hermano José Bonaparte como rey de España con el nombre de José I. El proceso se cerró formalmente en junio de 1808.
Mientras estos hechos ocurrían en Bayona, el 2 de mayo estalló en Madrid el levantamiento popular contra las tropas del mariscal Murat. La represión fue brutal, pero el alzamiento se extendió rápidamente por todo el país. Se formaron Juntas provinciales que asumieron el gobierno en nombre de Fernando VII y organizaron la resistencia. Comenzaba la Guerra de Independencia (1808-1814), una contienda en la que el pueblo español, junto con la guerrilla y el apoyo británico, enfrentó a uno de los mayores ejércitos de Europa.
El contraste entre la actitud de los monarcas y la del pueblo es uno de los elementos más documentados del periodo. Desde su confinamiento en el castillo de Valençay, Fernando VII mantuvo una correspondencia con Napoleón en la que expresaba adhesión y sumisión. Una de las cartas más citadas, fechada el 22 de junio de 1808, felicita al emperador por la instalación de José Bonaparte en el trono español. En ella, Fernando afirma dar “muy sinceramente” la enhorabuena y expresa el deseo de mantener amistad con el nuevo monarca. Cartas similares de Carlos IV y otros miembros de la familia real también circularon.
Napoleón ordenó la publicación de parte de esta correspondencia en el diario oficial Le Moniteur. El objetivo era claro: deslegitimar a Fernando VII ante los españoles que combatían en su nombre y presentar a los Borbones como colaboradores o, al menos, resignados a la nueva dinastía. Aunque muchos españoles consideraron inicialmente estas cartas apócrifas o producto de la coacción, su difusión formó parte de la campaña de propaganda francesa.
La historiografía ha subrayado durante décadas esta divergencia. Mientras las Juntas y el pueblo organizaban la defensa, rechazaban a José I y elaboraban las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812, los reyes permanecían en Francia y, en algunos momentos, expresaban públicamente conformidad con el orden impuesto por Napoleón. El episodio se convirtió en un símbolo de la distancia entre la dinastía y la nación que decía representar.
El paralelismo entre 1808 y la crisis de Ceuta de 2026
El episodio de Bayona y la correspondencia de Fernando VII desde Valençay se convirtieron en un símbolo duradero de desconexión entre la Corona y la resistencia popular. Mientras el pueblo organizaba juntas, se levantaba en armas y rechazaba la imposición extranjera, los monarcas permanecían en territorio francés y enviaban mensajes de conformidad o felicitación a Napoleón, incluido el reconocimiento de la instalación de José Bonaparte. Napoleón utilizó esas cartas en el Moniteur precisamente para debilitar la legitimidad de la resistencia.
Ese contraste histórico es el que algunos críticos actuales invocan al analizar la visita de Felipe VI y la reina Letizia al cementerio musulmán de Sidi Embarek, en Ceuta, el 13 de octubre de 2026. Allí rindieron homenaje a las aproximadamente 90 personas fallecidas los días 30 y 31 de julio durante una entrada masiva de más de 80.000 migrantes que intentaron cruzar desde Marruecos hacia la ciudad autónoma. La mayoría de los cuerpos no fueron identificados y fueron enterrados en el camposanto; el acto tuvo carácter ecuménico, con presencia de representantes de las confesiones cristiana, musulmana, judía e hindú presentes en Ceuta.
Para quienes establecen el paralelo, la diferencia de actitud es similar a la de 1808: mientras una parte de la población de Ceuta y de España percibía la llegada masiva como una amenaza grave para el control del territorio, la integridad de la frontera y la capacidad de las instituciones locales, la Casa Real optó por un gesto de recogimiento y solidaridad con los fallecidos en el intento de entrada irregular. El discurso oficial enfatizó el respeto a las víctimas y la convivencia interreligiosa de la ciudad; los críticos, en cambio, lo interpretan como una señal de prioridad simbólica hacia quienes intentaron forzar la frontera, en detrimento de una posición más firme de defensa del perímetro español.
La analogía no es idéntica —no hay abdicación formal ni invasión militar clásica—, pero se apoya en el mismo argumento de desconexión: en 1808 la monarquía no se alineó con el levantamiento popular contra la ocupación francesa; en 2026, según esta lectura, la monarquía no se alineó con la percepción de que Ceuta estaba sufriendo una presión migratoria extraordinaria que ponía en cuestión el control efectivo del territorio. Las cartas de Valençay y la visita a Sidi Embarek se presentan, desde esta perspectiva, como dos momentos en los que la Corona adoptó una posición de acomodación o de gesto conciliador mientras una parte de la sociedad española reclamaba resistencia o defensa más decidida de las fronteras.

