miércoles, abril 1, 2026
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No poder decir «… el que no bote» atenta contra la libertad de expresión

Por David Azañón (Subinspector 87713)

No es la primera vez que afirmo que, para mi, el fútbol es un deporte deleznable cuyo fin es la manipulación de masas. Un deporte donde tipos que afirman ser hombres fingen lesiones, se escupen, se insultan, no respetan al árbitro, hacen el subnormal cuando meten un gol, etc. Se trata de un deporte sin valores donde, consecuentemente, la corrupción está asegurada y ahí están los numerosos casos. El último una sanción de 95.000€ a un equipo serbio por exhibir una imagen de Jesucristo, ya he manifestado que no soy creyente, mientras que toleran que otros pongan pancartas a favor de Palestina libre, que es la misma libertad de expresión. 

Si no me creen respecto a lo que es un deporte sin valores no tienen más que ver un partido de fútbol de niños donde muchos padres se muestran como la basura que son dando un mal ejemplo a sus hijos en cuanto a lo de la deportividad, urbanidad, educación, saber ganar, y, sobre todo, el saber perder. 

Yo procedo de otros deportes, uno de ellos también de carácter colectivo, llamado rugby.  

En un partido de rugby se respecta al árbitro sí o sí pues en caso contrario vas a la calle.  

También se respeta al compañero, nada de insultar o gritar como una nenaza, si tienes un problema lo resuelves de un placaje contundente o en una melé arrasando al equipo contrario o mediante una percusión tirando de culo a tu oponente en el próximo ataque.  

En el rugby el equipo local invita al visitante a un tercer tiempo consistente en comer y beber cerveza tras el encuentro intercambiando opiniones tras el enfrentamiento deportivo. Los que hemos vivido eso, desde categorías juveniles hasta el máximo nivel senior en España, sabemos que esto es ley y que lo que pasa en el campo se queda en el campo. 

En la grada de un partido de rugby las aficiones no están separadas, no es necesario, el público es capaz de animar a su equipo sin denostar al contrario, es más, puede incluso alabar la actuación del rival cuando realiza una jugada digna de encomio.  

En las escuelas de rugby lo que se inculca a los chavales, por encima de todo, es que se diviertan jugando y que el rival es parte necesaria para esa diversión conjunta. 

El rugby es un deporte para todos, sean fuertes pero también gordos y flacos, para los altos pero también para los bajos, para los rápidos pero también para los lentos. Es un deporte donde incluso al más alto nivel los jugadores que están en el banquillo llevan el agua a sus compañeros con la cabeza bien alta, y si es necesario se comparte esa agua con el contrario y con el árbitro. Es un deporte donde el capitán, único realmente capacitado para dirigirse al árbitro, da ejemplo al resto del equipo mediante el ejemplo, el silencio y el sacrificio.  

En suma, el rugby es un juego de bárbaros jugado por caballeros.  

Dicho esto, las organizaciones criminales que afirman falsamente, por su conciencia y honor, como si ostentaran alguna de las dos virtudes, servir al interés de los españoles y, como no, sus furcias mediáticas, que sirven a cualquier chulo menos a la libertad de información han tachado como ataque racista o xenófobo que en un campo de fútbol de España, Cataluña para ser más exactos, se haya proferido la expresión “musulmán el que no bote”.  

No seré yo quien defienda a las aficiones del deleznable deporte pero proferir esa expresión forma parte de la libertad de expresión, esa que cada día está siendo más recortada junto a esa otra basura legal denominada delito de odio, sentimiento humano del que he hablado con anterioridad. Odio no se escribe con hache salvo para los traidores de color rojo, azul, verde, morado, etc. 

Y digo esto porque he escuchado muchas veces “madero el que no bote” y, la verdad, me hacía gracia. Entiendo que haya habido policías a los que esto les moleste pero se trata de libertad de expresión. También proferían expresiones como “de azul, de verde o de marrón, un cabrón es un cabrón”. Es cierto que existen expresiones con más o menos gusto, con más o menos educación, pero la libertad de expresión está en grave riesgo gracias a todos malnacidos que llevan el pin agendista. 

Podría ser que los aficionados gritasen “musulmán el que no bote” para diferenciarse de los aficionados del equipo rival, el equipo egipcio. Pudiera ser que lo aficionados estuvieran mostrando su hastío por el hecho objetivo de que el 65,5 % de las detenciones en Cataluña se corresponden a personas de nacionalidad extranjera, siendo la mayoría de ellos, nacionales de Marruecos y de Argelia. Pudiera ser también que estuvieran reivindicando el bis de la Reconquista de España, la primera nos costó 781 años. Las interpretaciones son infinitas. 

Otra interpretación pudiera ser que los aficionados de Cataluña, también denominada Catarluña, muestren su rechazo al hecho de que la citada comunidad autónoma sufra una criminalidad sideral gracias al criminal independentismo. Independentismo, que al igual que en vascongadas, fomentó la inmigración procedente de países sarracenos, al creer de manera pueril e ilusa, que éstos serían más proclives o manejables a la hora de hablar en  catalán o vascuence en detrimento de los inmigrantes hispanoamericanos, quienes seguirían, como es lógico, hablando en español.  

El caso es que la invasión y las paguitas a inmigrantes no cesa, la administración central, autonómica o local es un nido de cada vez más incompetentes, a pesar que de si se realizan los trámites telemáticamente no tiene sentido aumentar el peso de la administración. Parece mentira que diga esto alguien que ha sido un funcionario de carrera pero la realidad es la que es. La deuda nacional tampoco se reduce, las libertades son cada vez menores y la cesta de la compra viene cada día más vacía.  

El que crea que los políticos y las furcias mediáticas están para defender al ciudadano, es que es estúpido de toda estupidez.  

Quizás sería un buen momento para que todos esos que quieren eliminar por completo nuestros derechos y libertades trabajando al servicio de poderes externos no puedan caminar por la calle sin ser increpados. Quizá sea hora de defendernos. 

 

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Es Diestro. Opinión en Libertad
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