jueves, marzo 19, 2026
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Sobre el origen mítico de la Monarquía

Por Alfonso de la Vega

Es lugar común entre cortesanos de la actual Europa degenerada lo de la necesidad de modernizar la Monarquía. Una contradicción en términos pues la Monarquía es una antigualla que no puede modernizarse sin dejar de ser Monarquía. Ni rey Cristianísimo, ni Su Majestad Católica, ni Jefe de la Iglesia de Inglaterra. Es normal criticar el nepotismo, pero la esencia de la Monarquía es precisamente el nepotismo por el que se hereda un cargo tan importante como la Jefatura del Estado solo por razones familiares sin ningún mérito o virtud demostrados para ejercerlo. Es verdad que a lo largo del tiempo ha habido injertos para mejorar una genética degenerada por el incesto o la consanguinidad, pero realizados de tapadillo en tálamos clandestinos, no a las claras casando oficialmente a sus príncipes con plebeyas de buen ver, aunque de pasado más que dudoso en muchos casos. Baste por citar solo un ejemplo notorio actual: las andanzas eróticas de la Mette Marit que, si es verdad lo publicado, se habría preñado del mismísimo Epstein, de modo que habría tenido que abortar. El lector seguro que conoce muchos más casos de coronadas señoritas de moral distraída, pero dejémoslo ahí.

La Monarquía puede entenderse como un mito reflejo del arquetipo colectivo jungiano que intenta servir a la aspiración humana a ser protegido o ayudado por representantes del Espíritu en graves momentos de zozobra, peligro o aflicción. Una manifestación de la propia conciencia de debilidad o fragilidad del hombre. En este caso de los reyes desde luego no exento de superstición, de modo que no puede modernizarse en el sentido racional del término sin traicionar su propia naturaleza.

Pero sobre el origen histórico remoto de la idea supersticiosa monárquica ha habido muchas especulaciones.

Evhemero fue un autor griego del siglo III antes de Cristo que afirmaba que los dioses de la Antigüedad habrían sido hombres preclaros e ilustres que por su fama y acciones habrían terminado divinizados por el pueblo con el beneplácito del poder existente. De manera que según Evhemero, los dioses serían reyes o líderes tribales divinizados. Es decir, la teogonía en realidad sería historia mitificada.

Ahora bien, tal planteamiento no dejaría de ser justo el opuesto y anterior en la historia de que los reyes son dioses. Si nos trasladamos al antiguo Egipto cabe recordar que durante la ocupación de los hicsos hacia el final de Imperio medio los reyes se hacían llamar Yekeb -el (Jacob es dios) o Yekeb -ba`al (Jacob es Señor). Podemos retroceder al Egipto predinástico en la etapa del dominio de los adoradores de Horus, donde cabe imaginar que el diablo tentase al jefe con argumentos más o menos de este jaez: «no ves que por ti reina la paz en los Dos Países, quién sino tú contiene a los enemigos de Egipto, quién mantiene los regadíos. Por tu gran poder el Nilo crece y los campos se llenan de frutos, tu fuerza sobrenatural impide el avance del desierto y de la muerte. Tú eres dios.» Con tal respaldo todo capricho, salvajada o crimen real sería consentido.

Sin embargo, lo de explotar las supuestas fuerzas sobrenaturales del rey tenía su lado peligroso. Cuando el faraón envejecía y se producían sequías no quedaba más remedio que sacrificar al rey inútil en beneficio de otro con poderes sobrenaturales en vigor que pudiera sustituirle para garantizar la prosperidad del reino. Bien porque al rey no le apetecía ser sacrificado en beneficio del pueblo o en la medida que se sucediesen demasiadas calamidades de repetición se introdujo una innovación; en vez de sacrificar al rey se efectuaban ceremonias mágicas que le mantuviesen en los poderes sobrenaturales, de manera que el faraón pudiese seguir siéndolo hasta que la palmase, lo que constituyó un gran adelanto en ciencia política, sobre todo para el faraón. Tal privilegio vitalicio evitó que ya nada humano cohibiese los caprichos o vicios del rey e impulsó otros habituales entre los reyes como la soberbia, la codicia, la lujuria o la crueldad. Todo un clásico del que el tipo de Ricardo III puede ser buen ejemplo.

Otra forma de sacrificio real aunque menos cruento se producía en China: también era costumbre que el emperador se encerrase periódicamente en el pequinés Templo del Cielo sin concubinas para renovar el pacto sagrado y asegurar fidelidades y cosechas. El primer emperador de la dinastía Chu también fue divinizado según el libro Chu-Li.   

Según nos cuenta la Biblia desde luego Jehová tampoco era partidario de la monarquía. Así lo manifiesta en Samuel I. Pero el tozudo, violento y caprichoso pueblo elegido no escarmentó en cabeza ajena e introdujo como rey a Saúl con resultados desastrosos. Probablemente, con la excepción de David o de Salomón, ninguno salió medianamente aceptable. Lo de Herodes el Grande fue para nota. El actual rey de Jerusalén es don Felipe, aún inédito en su cometido.

El mito no es enemigo de la ciencia como sostenía Ortega y lo hacen, en general, casi todos los progres modernos. Por el contrario, defiendo la concepción clásica tradicional del mito como vehículo de transmisión e iniciación de verdades espirituales de singular importancia para la conformación de la conducta humana. Así por ejemplo, el mito cristiano medieval de Santiago puede tratarse de una “porfidización” mitológica o de una simple adaptación de mitos anteriores, en este caso de la mitología griega o la tradición védica, a las necesidades del Cristianismo de la época.

En cierto modo el mito de Santiago sigue siendo de actualidad. España se encuentra nuevamente amenazada. Incluso parecen abundar más los traidores don Opas y mercenarios varios dedicados a favorecer la causa del enemigo que los que aún desean defender a la Nación y a la tradición española, grecorromana, cristiana, ilustrada y libre.

El Cristianismo o la genuina Tradición, e incluso la Ilustración son fuerzas declinantes en el Occidente avasallado por la construcción del NOM, como también está gravemente amenazado todo lo que tiene que ver con lo Sagrado, las Humanidades o la Cultura. O cuando las realidades históricas pretenden ser sustituidas por fanáticas y sectarias memorias sesgadas e impuestas por la violencia de leyes inicuas.

Hoy la unidad ambivalente o bien la alianza tradicional entre el Trono y el Altar están siendo arrumbadas. La legitimidad del Trono ya no se asienta e la divinidad, en lo sagrado, sino en complacer las bajas pasiones del ruinoso socialismo ateo y liberticida de la posmodernidad. De ahí al proscripción de ceremonias religiosas y su sustitución por engendros materialistas que reniegan de la condición sagrada del hombre. En la hipocresía más fragrante aunque se finge cara a la plebe seguir siendo una Monarquía católica y virtuosa. Desnudada de toda significación simbólica la figura del Rey se ha rebajado a la de un funcionario más, de querencia absentista cuando no mete patas que se adorna con vistosos uniformes para presidir desfiles o inaugurar saraos o diferentes calamidades. Un Rey consentidor en todos los planos tanto privados como públicos, que es lo que a los españoles más nos interesa. Pero que, sin embargo, en un alarde de ignorancia culposa o de cobarde felonía osa criticar la prodigiosa gesta de la Hispanidad y con estulta imprudencia se atreve a decir que la mejor manera de honrar a la constitución es cumplirla. Él, que ha jurado cumplirla y hacerla cumplir.

Forma parte de nuestras naturalezas psicológica y afectiva más profundas, la aspiración humana a ser ayudado por enviados del Espíritu en graves momentos de zozobra, peligro o aflicción, pero la Corona hoy no representa el Espíritu. El Espíritu debe seguir vivo si queremos sobrevivir.  Tal es nuestra mayor fuerza. El escenario de la batalla es nuestra consciencia que los mitos ayudan a esclarecer, así como a conmover la voluntad.

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