sábado, marzo 28, 2026
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Antena 3 sigue en su línea despreciable: ya lo hizo Nieves Herrero en Alcáser y ahora Sonsoles Ónega con el caso de Noelia Castillo hace exactamente lo mismo

Hay espectáculos que avergüenzan a una sociedad entera. Y cuando la televisión pública-privada decide convertir el dolor ajeno en prime time, el bochorno se multiplica. El caso de Noelia Castillo, la joven de 25 años de Barcelona que este 26 de marzo de 2026 recibirá la eutanasia tras dos años de un proceso judicial, ha sido tratado por el programa Y ahora Sonsoles (Antena 3) con la misma delicadeza que un reality de «friquis». Entrevista exclusiva, detalles íntimos de su sufrimiento, el drama familiar en primer plano y Sonsoles Ónega al borde de las lágrimas despidiéndose con un “nuestra forma de abrazarte es esta”. Un abrazo televisivo, claro. De esos que dan cuota de pantalla.

Noelia, parapléjica tras precipitarse desde un quinto piso en 2022, con un trastorno límite de la personalidad, TOC e ideas suicidas, concedió —según insistió la propia presentadora— su “única y última entrevista”. La periodista Bea Osa le preguntó por sus motivos (“no puedo más con todo lo que me atormenta en la cabeza”), por cómo quiere morir (“quiero morirme mona, me pondré el vestido más bonito”), por si su madre estará presente (no) y por su relación con un padre que intentó paralizar el proceso legalmente. Todo ello a escasas horas de su muerte. El programa emitió avances, la entrevista completa y hasta el testimonio desgarrador de la madre, que respeta la decisión aunque no la comparte. Un festín emocional servido en bandeja para la audiencia vespertina.

Y aquí viene el paralelismo que duele: esto no es nuevo. Es el mismo guion que Antena 3 estrenó en 1993 con el caso Alcáser. Aquella noche del 28 de enero, cuando aún no se habían enfriado los cadáveres de Miriam, Toñi y Desirée, Nieves Herrero plantó su programa De tú a tú en directo desde la Sociedad Musical de Alcáser. Con los familiares destrozados sentados frente a ella, la presentadora les lanzó perlas como: “¿Alguna vez vas a superar este dolor?”, “¿Cómo valoras que se hagan estas atrocidades?” o “Tras los resultados de la autopsia, ¿se puede decir si fueron maltratadas?”. Primeros planos de rostros rotos, detalles escabrosos de torturas y violaciones, un 31,9% de share y seis millones de españoles pegados al televisor. Aquello marcó el nacimiento oficial de la telebasura en España. Herrero lo reconoció años después: “Fue un error de pies a cabeza”. Pero el daño ya estaba hecho. El morbo se había convertido en formato rentable.

Treinta y tres años después, el decorado cambia, pero el espectáculo es idéntico. En 1993 se exhibía el dolor fresco de unos padres que acababan de perder a sus hijas asesinadas. En 2026 se exhibe el dolor anticipado de una joven que se quiere morir y de una familia rota por la decisión. En ambos casos, la misma cadena, el mismo afán por convertir la tragedia privada en contenido público. En Alcáser se vendía el morbo de la muerte violenta; con Noelia se vende el morbo de la muerte elegida. El resultado es el mismo: un país que mira, comenta y puntúa mientras alguien se desmorona en pantalla.

El argumento de que “ella lo pidió” no exime de responsabilidad. Una persona en situación de vulnerabilidad extrema —con un sufrimiento “grave, crónico e imposibilitante” reconocido judicialmente— puede tomar decisiones que un medio de comunicación no está obligado a amplificar como si fuera un estreno de Netflix. Todo esto suena a una promoción despreciable de la eutanasia, a costa del sufrimiento de una familia. Convertirlo en “la última entrevista” con luz, cámara y presentadora compungida no es periodismo; es morbo para conseguir aduciencia. Es el mismo mecanismo que en los 90 convirtió Alcáser en circo: la audiencia lo demanda, la competencia lo exige y la ética se guarda en un cajón hasta que pase el escándalo.

Sonsoles Ónega, como antes Nieves Herrero, se escuda en el “testimonio único” y en el supuesto deseo de la protagonista. Pero el periodismo no consiste en dar al público lo que pide cuando ese deseo se cruza con el umbral de la dignidad. El deber de los medios es proteger a los más frágiles, no ponerles un micrófono en la boca mientras se preparan para morir o acaban de perder a un ser querido. Porque detrás del share hay familias destrozadas, hay una joven que no quiere “ser ejemplo de nadie” (palabras de Noelia) y hay tres niñas de Alcáser cuyos últimos minutos de vida siguen siendo recordados más por el espectáculo televisivo que por la barbarie que sufrieron.

Antena 3 lleva décadas perfeccionando el arte de vender sufrimiento ajeno con envoltorio de “sensibilidad”. Lo hizo con Alcáser y lo repite ahora con Noelia. El formato evoluciona —de directo en plató improvisado a entrevista pregrabada con lágrimas en HD—, pero el fondo permanece: la muerte como espectáculo. Y mientras los presentadores se emocionan en pantalla, la telebasura sigue viva, sana y con excelentes datos de audiencia.

España merece algo mejor. Las víctimas de Alcáser lo merecían. Noelia también. Y los espectadores, hartos ya de tanto circo, también.

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