domingo, febrero 8, 2026
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La relación del oscuro y sobrevalorado Woody Allen con Jeffrey Epstein

En una fotografía descolorida por el tiempo, tomada en 1988 frente al imponente Palacio de Invierno en Leningrado (hoy San Petersburgo, Rusia), aparece un Woody Allen sonriente, sosteniendo en brazos a una niña de ojos curiosos. A su lado, un grupo familiar que parece sacado de una de sus comedias neuróticas: Mia Farrow, su entonces pareja, con una expresión serena; niños adoptivos con ropa veraniega y expresiones inocentes. Pero detrás de esa imagen idílica se esconde una historia de traiciones, alegaciones de abuso sexual y conexiones turbias con uno de los criminales más notorios de la historia reciente. Esta foto, compartida recientemente en redes sociales, ha reavivado el debate sobre el legado del cineasta neoyorquino como figura envuelta en sombras.

Woody Allen, nacido Allan Stewart Konigsberg en 1935 en Brooklyn, es hijo de inmigrantes judíos asquenazíes. Su carrera como director, guionista y actor lo convirtió en un ícono de Hollywood, con obras maestras como Annie Hall (1977) o Manhattan (1979) que exploran el amor, la neurosis y la intelectualidad urbana. Pero su vida personal siempre ha sido un guion caótico. En 1980, Allen inició una relación con Mia Farrow, la etérea actriz de Rosemary’s Baby, con quien no se casó pero formó una familia extensa a través de adopciones y nacimientos.

Entre los niños adoptados estaba Dylan Farrow, nacida en 1985 en Corea del Sur y acogida por la pareja. En la foto de Leningrado, Dylan, de apenas tres años, aparece en brazos de Allen, quien se convirtió en su figura paterna. Otro miembro clave es Soon-Yi Previn, adoptada por Farrow y su exesposo, el compositor André Previn, en 1978 desde Corea del Sur, cuando tenía siete años. Allen, que frecuentaba la casa familiar, asumió un rol paternal en su crianza desde temprana edad. La dinámica era peculiar: Allen nunca vivió con Farrow, pero pasaba tiempo con los niños en su apartamento de Manhattan.

Esta aparente armonía se derrumbó en 1992. Mia Farrow descubrió en el apartamento de Allen varias fotografías Polaroid explícitas de Soon-Yi, entonces de 21 años, posando desnuda en actitudes sexuales. El escándalo estalló: Farrow, devastada, terminó la relación de 12 años. Allen, de 57 años en ese momento, admitió la aventura y, contra todo pronóstico, se casó con Soon-Yi en 1997. Hoy, con 90 años, siguen juntos, con tres hijos adoptivos. Soon-Yi ha defendido públicamente a Allen en entrevistas, describiendo a Farrow como una madre manipuladora y abusiva. Sin embargo, el asunto ha sido calificado por críticos como un abuso de poder, dada la diferencia de edad y el rol paternal de Allen.

Pero el capítulo más sombrío involucra a Dylan Farrow. En agosto de 1992, meses después del descubrimiento de las fotos de Soon-Yi, Dylan, de siete años, alegó que Allen la había molestado sexualmente en la casa de campo de Farrow en Connecticut. Según su testimonio, Allen la llevó a un ático, le pidió que se acostara en su regazo y la tocó de manera inapropiada mientras le susurraba «no te muevas».

El caso fue investigado exhaustivamente: la Clínica de Abuso Sexual Infantil de la Universidad de Yale y la policía estatal de Connecticut concluyeron que las declaraciones de Dylan eran inconsistentes y posiblemente influenciadas por Farrow, quien estaba en medio de una batalla legal por la custodia. No se presentaron cargos contra Allen, quien ha negado rotundamente las acusaciones, atribuyéndolas a una «campaña de venganza» de su ex. Sin embargo, Dylan ha reiterado su historia en múltiples ocasiones, incluyendo una carta abierta en The New York Times en 2014 y una entrevista televisiva en 2018, donde describe el trauma duradero. El documental Allen v. Farrow (2021) de HBO profundizó en el caso, presentando evidencias como videos de Farrow interrogando a Dylan y testigos que notaron comportamientos extraños de Allen con la niña.

Aunque legalmente inocente, el caso ha manchado irreversiblemente la reputación de Allen. Ronan Farrow, hijo biológico de Mia y supuestamente de Allen (aunque este lo niega), ha sido un feroz defensor de su hermana, contribuyendo a la cancelación parcial de Allen en Hollywood durante el auge del #MeToo.

Si los escándalos familiares eran suficientes para cuestionar el carácter de Allen, sus lazos con Jeffrey Epstein elevan la historia a un nivel siniestro. Epstein mantuvo una amistad cercana con Allen incluso después de su condena. Recientes documentos desclasificados por el Departamento de Justicia de EE.UU. en febrero de 2026 revelan que el nombre de Allen aparece más de 7.000 veces en los archivos de Epstein, un volumen que supera al de muchas otras figuras públicas.

Los correos electrónicos muestran una relación íntima: Epstein ayudó a Allen a organizar una visita a la Casa Blanca durante la administración Obama; conectó a la hija de Allen y Soon-Yi con el presidente de Bard College para su admisión; e incluso envió kits de prueba de ADN a Allen y al lingüista Noam Chomsky. En un email de 2012, Epstein bromea sobre un viaje a París con Allen, su vecino en Nueva York, en busca de «caza de esposas». Allen, por su parte, ha minimizado la amistad, afirmando en una entrevista de 2019 que Epstein era «un tipo agradable» pero que no lo frecuentaba mucho.

Estos vínculos no implican directamente a Allen en los crímenes de Epstein, pero levantan preguntas éticas: ¿cómo un hombre con alegaciones de abuso en su pasado se codeaba con un depredador convicto? Los archivos, que superan los seis millones de páginas, pintan a Epstein como un nexo de poder, y Allen como parte de esa élite.

Woody Allen ha intentado moldear la conciencia estadounidense durante décadas. Sus películas, con su mezcla de psicoanálisis freudiano, ateísmo urbano y romance disfuncional, han influido en generaciones de cineastas y espectadores. Pero, como señala el post viral que resucitó esta foto, «estas son las personas que han influido en la mentalidad y la conciencia estadounidense a través de la magia del cine». ¿Puede separarse el arte del artista en casos como este?

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