Por Alfonso de la Vega
La publicación de la documentación relativa al agente pederasta y proxeneta judío Epstein, debiera suponer un antes y un después en la comprensión de la terrorífica realidad actual de occidente. No obstante, a juicio de sus comentarios y actitudes queda gente muy resiliente contra la verdad. Ya no cabe tapar los crímenes ni ser neutral ante la gravedad del Mal, ni ya se puede seguir disimulando como si no pasase nada. Muchas de estas horribles cosas de la isla de las lolitas que ahora se van haciendo públicas, incluso con el aval de credibilidad de instituciones oficiales como el FBI, ya eran conocidas o al menos barruntadas pero se mantenían en el más reducido ámbito de los descalificados como conspiranoicos, que mira por donde resulta que van a tener razón en sus críticas y diagnósticos.
La gravedad del problema se acentúa cuando comprobamos que la isla se había convertido en una especie de gabinete especializado de formación y selección de personal para las élites. Por allí pasaban para divertirse causando sufrimiento ajeno, hacer méritos y ser seleccionados para las altas responsabilidades presidentes de EEUU, senadores, congresistas, proxenetas, primeros ministros y miembros de la realeza europea, empresarios, banqueros, zurdos de todo jaez, titiriteros,… de modo que así se explica que las cosas vayan tan mal y con tendencia a empeorar,
La corrupción se ha enseñoreado de la arrumbada civilización cristiana occidental. Y la primera corrupción es la del entendimiento. Ahora bien, aparte de la dificultad meramente intelectual o el ejercicio de voluntad, la elaboración de estos mapas de inmundicia, degeneración y corrupción no deja de tener sus riesgos al mostrar sin disimulos ni retóricas la realidad que el Poder pretende ocultar. La naturaleza e identidad de los centros o focos de corrupción desde donde irradia la corrupción hasta sus últimos tentáculos o ramificaciones derivadas.
En los mapas antiguos se indicaban los territorios más peligrosos o inexplorados, las áreas desconocidas, con serpientes marinas o tenebrosas criaturas y un “Hic sunt dracones”, es decir, “aquí hay dragones”. También en El nombre de la rosa se explicaba que existe un tremendo guardián del umbral que vigila la entrada prohibida al “finis africae” al que sin embargo el estudioso merecedor puede acceder mediante una sabia combinación de raciocinio e intuición. Hoy los dragones serían nuestros dirigentes. Para ser justos conviene pensar que puede que alguno se salve por no haber caído aún al otro lado de la frontera. Si el desastre posee una dimensión político social evidente es preciso comprender las causas psicológicas profundas.
Carl Gustav Jung es autor de Mysterium coniunctionis, un difícil libro publicado a mediados de los cincuenta casi hacia el final de su vida que recoge muchos años de investigaciones bibliográficas y de experiencia clínica.

“El juicioso sabe y siente que su alma está afligida e intranquila por la pérdida de algo que fue de sus antepasados. El no juicioso no echa nada de menos y sólo descubre a través del periódico, cuando ya es demasiado tarde, síntomas preocupantes que ahora están realmente fuera porque antes no fueron percibidos en uno mismo, igual que tampoco se percibió la presencia del símbolo. Si se le hubiera prestado atención, se habría elevado un lamento fúnebre por el dios perdido, igual que en la Antigüedad al morir el gran Pan. En vez de eso los bienintencionados han asegurado que simplemente hay que creer que sigue estando ahí, con lo cual sólo se favorece la inconsciencia.
Una vez que los síntomas están fuera en forma de de una enfermedad mental político –social, ya no se puede convencer a nadie de que el conflicto está en el alma de cada individuo, pues ahora todo el mundo sabe dónde está su enemigo. Se produce precisamente ese conflicto que en el alma del juicioso es un fenómeno intrapsíquico, pero que en el nivel de de la proyección se convierte en la división política y la violencia asesina.
Para que se produzcan estas consecuencias hay que convencer a fondo al hombre de la insignificancia de su alma y de la psicología misma; hay que dejarlo claro desde cualquier púlpito de autoridad que toda salvación viene de fuera y que el sentido de su existencia está en la “comunidad popular”. Así se le puede conducir fácilmente al lugar donde ya por su naturaleza más le gusta ir: al país de los niños, donde se plantan exigencias únicamente a los demás y la injusticia siempre la comete otro.
Cuando el hombre ya no sabe qué es lo que sustenta su alma se incrementa el potencial de lo inconsciente, que asume el mando. El deseo vence al hombre, y fines ilusorios que ocupan el lugar de las imágenes eternas despiertan su avidez. El animal de presa se ha adueñado de él y no tarda en hacerle olvidar que es un hombre. Con sus afectos cierra el camino a cualquier reflexión que pudiera representar un obstáculo para sus ilusiones infantiles, a cambio de lo cual le proporciona el sentimiento de una nueva justificación de la existencia que le embriaga de codicia y crueldad. Solo la presencia viva de las imágenes eternas es capaz de conferir al alma la dignidad que la hace verosímil y moralmente posible al hombre perseverar en su alma y estar convencido de que vale la pena permanecer junto a ella. Solo entonces se le hará evidente que el conflicto le pertenece, que la escisión es su doloroso patrimonio, del que no se libra atacando a otros, y que, si el destino le hace cargar con una culpa, es una culpa respecto a sí mismo.
De este modo reconoce el valor de su alma, pues nadie puede ser culpable en relación con una nada. Pero si el hombre pierde sus propios valores se convierte en un ladrón hambriento, en un lobo, en un león, en cualquier animal de presa que sirve a los alquimistas como símbolo e esos apetitos que se disparan en cuanto las aguas negras del caos (es decir de la inconsciencia de la proyección) han devorado al rey.”…
En pocas líneas Jung nos ofrece una explicación psicológica de la actual enfermedad mental político social causada por las fuerzas diabólicas promovidas por cierta plutocracia. Que se corresponden con los trastornos en el alma, aunque muy diferentes entre los pocos líderes que los provocan y las masas inconscientes o embrutecidas que les apoyan.
La dimensión espiritual de la crisis acorde con ciertos valores jázaros demostrados.

