domingo, marzo 22, 2026
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De la Isla Epstein a los documentos: cómo las élites bailaron en el abismo y siguen en pie (Psicología)

Por Alba Lobera

NOTA: Las cuentas de X aquí citadas se mencionan con fines informativos y de análisis, sin intención de desacreditar a sus autores ni de calificarlas como promotoras de teorías conspirativas. Se busca señalar ideas y matices, no personas, ya que los contenidos expuestos se basan en documentación publicada y verificable, por lo que los citados no deben considerarse aludidos.

Como periodista especializada en denuncias sociales y abusos de poder, he dedicado gran parte de mi carrera a visibilizar casos que revelan las grietas más oscuras del sistema, donde la impunidad de las élites permite atrocidades que marcan vidas para siempre. Uno de mis trabajos más “ligeros” -pues tener que catalogar de eso un trauma personal es aberrante- es el programa «El robo de bebés que implica al PSOE: cuando el alma llora», donde entrevisté en exclusiva a Clara Alfonsa, una mujer valiente que expuso un entramado de robo de bebés en la década de los 80, durante el gobierno de Felipe González. Clara, entonces una menor de 14 años tutelada por el Estado, proveniente de una familia desestructurada con abusos y violaciones, fue llevada a la prestigiosa Clínica Dexeus en Barcelona. Allí, le practicaron una cesárea innecesaria bajo anestesia general, le mintieron diciéndole que su bebé (un varón, según le indicaron falsamente, pues resultó ser una niña) había fallecido, y lo entregaron a una pareja adoptiva sin su consentimiento. Lo más escalofriante: documentos falsificados la presentaban como «madre desconocida» con paradero ignorado, mientras ella seguía ingresada en el hospital. Clara denunció la implicación de figuras como Margarita Robles (actual ministra de Defensa), la ginecóloga Victoria López Rodó y otros, incluyendo conexiones con el PSOE. En el juicio, Clara enfrentó preguntas hirientes sobre su pasado (como recordatorios de la prostitución de su madre), y la adoptante incluso se rió de ella al salir, levantándole la mano en gesto de la tensión. Años después, Clara descubrió que su hija estaba viva gracias a una llamada de la Dirección General de Atención a la Infancia; el ADN confirmó un 99,99% de parentesco. Sin embargo, el caso se archivó pese a evidencias de falsificación documental y adopción ilegal, y Clara recibió amenazas por teléfono para que callara sobre Robles. Esta historia no solo ilustra el robo sistemático de bebés en España (similar al caso del doctor Vela), sino cómo el poder silencia a las víctimas, dejando cicatrices eternas en supervivientes como Clara, quien luchó sola contra un sistema que la abandonó a los 15 años, totalmente destrozada física y emocionalmente. 

En línea con esta denuncia, en mi programa «Cuando el tráfico humano salpica a la Élite«, investigué junto al bloguero Doramas (ya difunto) el escándalo de «18 LoVas» en las Islas Canarias, una red de prostitución de menores tuteladas por el Gobierno de Canarias, salpicada por el PSOE. El empresario Eustasio López (incluido en la lista Forbes) fue investigado como presunto cliente; admitió estar en una fiesta con chicas, pero alegó que no eran menores ni pagadas. Escuchas policiales revelaron conversaciones degradantes, como tratándolas como mercancía, y una menor quedó embarazada, lo que detonó la denuncia de su madre. Doramas expuso cómo el Gobierno autónomo (dominada por coaliciones con PSOE) cobra miles de euros por menor tutelado, pero falla en protegerlos, derivando en ONGs que lucran con el sistema. Tanto menores marroquíes como autóctonos habrían sido explotados en chalés de lujo, con fiestas que involucraban a «viejos verdes» con poder. A pesar de detenciones iniciales, el caso se empantanó judicialmente, con silencios mediáticos pagados por publicidad, y condecoraciones a implicados durante gobiernos del PSOE. Doramas no temió en afirmar que esto persiste, tapado por el dinero y la falta de separación de poderes.

Otro episodio clave es «Entrevista a una víctima de Kote Cabezudo» -considerado el Epstein español-, donde Diana (pseudónimo), una de las afectadas, narró su calvario contra el fotógrafo procesado por pornografía infantil, agresiones sexuales y corrupción de menores. Cabezudo falsificaba contratos para hacer pasar a menores como adultas, subiendo sus imágenes a sitios pornográficos. Diana describió años de silencio forzado, con denuncias archivadas y chantajes, hasta que, con el abogado Mario Díez, lograron su ingreso en prisión en 2020. Sin embargo, el proceso fue tortuoso: fiscalía inicialmente prescribió delitos como falsedad documental, y la sociedad (incluidas asociaciones feministas) mostró poco apoyo comparado con casos como La Manada. Diana sintió que la prensa lo trató como tabú, imprecisa y sensacionalista, mientras Cabezudo se escudaba en supuestas enfermedades mentales. A lo largo de cinco años, Diana luchó contra el estigma, el aislamiento y la incredulidad, pero no se arrepiente: «Lo volvería a hacer, aunque el daño es irreparable». Este caso, con lazos al PSOE local en Euskadi (donde Cabezudo operaba con impunidad), refuerza cómo el poder protege a los depredadores.

Quienes me conocen, saben que desde hace años he abordado temas de una crudeza extrema, como el satanismo y los rituales que acarrean a ciertos grupos de poder, omitiendo detalles escabrosos para no alimentar el morbo ni revictimizar a los invitados afectados, priorizando siempre su dignidad y ofreciéndoles apoyo real más allá de la entrevista. Psicológicamente, las reacciones del público ante estos casos revelan patrones humanos tan fascinantes como perturbadores: muchos caen en la negación absoluta, tildándolos de «mentira» o «bulo» para proteger su visión del mundo, un mecanismo de defensa cognitiva que evita la incomodidad de aceptar que el poder corrompe hasta extremos aberrantes; otros, impulsados por un morbo ‘voyerista’, me han invitado insistentemente a programas para «dar detalles jugosos» y desfilar a las víctimas como trofeos, explotando su trauma para inflar los números de audiencia sin considerar el estrés postraumático que esto agrava. Por el contrario, hay quienes estiran la verdad hacia lo fantasioso, añadiendo conexiones inexistentes, vinculándolo a leyendas, cayendo en falacias o el efecto Dunning-Kruger, multiplicando suposiciones que son humo solo para viralizar o validar sus prejuicios. También he visto indiferencia pasiva, donde la sobrecarga informativa genera apatía, o empatía genuina que impulsa acciones como donaciones o campañas, aunque minoritaria; en última instancia, estas respuestas reflejan cómo el cerebro humano procesa el horror: ya sea minimizándolo para preservar la cordura, amplificándolo para sentir control narrativo, o ignorándolo para evitar responsabilidad colectiva.

El caso es que estas circunstancias reflejan un patrón recurrente: el abuso no se limita al sexual; incluye el psicológico, el institucional y el silencio cómplice. Y esto nos lleva al tema principal de mi reportaje actual, inspirado en la célebre frase de Edmund Burke: «Cuanto mayor es el poder, mayor es el abuso». Las recientes revelaciones de los archivos de Epstein en X (anteriormente Twitter) ejemplifican esto a la perfección. Estos documentos, que detallan una red de tráfico humano y abusos sexuales involucrando a billonarios, políticos y celebridades como Bill Gates, el príncipe Andrew y otros, están bajo investigación federal en EE.UU., con actualizaciones en 2025 confirmando más nombres y testimonios. No es sorprendente: si cualquiera con el suficiente dinero organiza fiestas con prostitución y drogas, ¿por qué creeríamos que los dueños del mundo iban a ser menos… O lo mismo? No, operan en otro nivel. Lo que para el común es un exceso prohibido, para ellos es, incluso, parte de su rutina. Participar en estos horrores podría ser lo único que les genera adrenalina verdadera, un «chute dopamínico» que solo el dominio absoluto proporciona. 

Hablando en general, los medios de comunicación oficialistas suelen abordar este asunto con pinzas, bien contextualizándolo desde una óptica política, bien optando por no profundizar en él. En otros casos, determinadas informaciones se encuentran todavía inmersas en procesos judiciales o requieren un tratamiento prudente, lo que conduce a un silencio deliberado en nombre del rigor y del respeto a los tiempos legales.

De hecho, en RT encontramos: “El Departamento de Justicia advierte que la información contenida en los archivos ‘puede incluir imágenes, documentos o vídeos falsos o presentados de forma fraudulenta’, argumentando que ‘todo lo que la ciudadanía envió al FBI se incluyó en la producción que responde a la Ley’ sobre la Transparencia de Archivos Epstein, aprobada en noviembre pasado tras meses de presión pública y política”. 

Enlace al post original de la Comunicadora Gessami (quien fue bloqueada por Podesta por sus incisivos comentarios)

Al margen de los grandes medios, periodistas independientes, creadores de contenido o aficionados a temas de investigación han tratado el asunto con mayor libertad y, en ocasiones, con un nivel de detalle que no siempre se encuentra en la prensa tradicional. No obstante, los lectores o los espectadores tienden a caer en el barro por más que alguien les lleve de la mano con el máximo cuidado. El componente más llamativo del caso tiende a ser el aspecto morboso, lo que ha favorecido que en Internet se difunda de forma fragmentada o sensacionalista, llegando incluso a ser percibido como una suerte de leyenda urbana o creepypasta.

Conviene recordar, sin embargo, que no se trata de una obra de ficción, sino de hechos reales cuya gravedad exige un análisis en frío.

Enlace al post original de LilithsCoven

Desde un punto de vista psicológico, las personas que concentran grandes cuotas de poder, control y acceso privilegiado a recursos suelen experimentar una desensibilización progresiva: el cerebro se acostumbra a esos estímulos constantes, de modo que aquello que antes resultaba emocionante (como el estatus, el dinero o la influencia) se vuelve rutinario y pierde su capacidad de generar impacto. Esto ocurre porque el sistema de recompensa dopaminérgico se recalibra, exigiendo dosis cada vez mayores de novedad o intensidad para generar la misma excitación; en algunos casos, esto deriva en la búsqueda de experiencias extremas, no tanto por placer sexual o hedonista, sino por la necesidad de recuperar sensaciones de dominio absoluto, adrenalina o incluso un sentido de vitalidad en un mundo donde todo parece predecible y a su disposición. El morbo, la transgresión de normas sociales o el sometimiento de otros actúan como catalizadores que rompen esa monotonía, pero con un costo: el poder prolongado puede erosionar la empatía, ya que las decisiones sin consecuencias inmediatas fomentan una desconexión emocional, donde los demás se perciben no como iguales con derechos y sufrimientos propios, sino como meros elementos en un juego personal, reforzando un narcisismo patológico o un sentido de excepcionalidad que justifica lo injustificable. Para la mayoría de la gente, en cambio, la empatía actúa como un freno innato, arraigado en la socialización temprana y mecanismos morales que activan alarma ante el abuso o la violencia, manteniendo un equilibrio psicológico que hace impensable cruzar ciertos umbrales; no es falta de curiosidad, sino una protección instintiva que preserva la funcionalidad diaria y las relaciones humanas. Cuando el poder se ejerce sin límites, conductas que resultarían aberrantes pueden llegar a normalizarse para quien las practica, aunque sigan siendo inaceptables para la sociedad, ya que la impunidad va erosionando poco a poco la percepción de lo que es normal.

Por qué preferimos negar lo evidente: mecanismos de defensa ante el horror

En cuanto a por qué muchas personas prefieren negar que esto sea posible incluso cuando existen evidencias, la explicación psicológica suele estar en mecanismos de defensa como la disonancia cognitiva. Aceptar que élites con poder cometen abusos de forma sistemática no es solo incómodo: pone en cuestión creencias muy profundas sobre cómo funciona el mundo, como la idea de que el esfuerzo se recompensa, de que las instituciones protegen a la ciudadanía o de que el sistema, con todos sus fallos, es básicamente justo y estable.

Estas creencias no se forman de manera individual ni accidental. Se interiorizan a lo largo del tiempo a través de la educación, los discursos mediáticos, las narrativas culturales y las propias instituciones, es decir, a través del mismo entramado de poder que estructura la vida social y del que muchas veces dependen nuestra seguridad y nuestra identidad. Es sencillo: cuando una información amenaza ese marco aprendido, no solo desafía una opinión, sino una forma de entender la realidad y el propio lugar que se ocupa en ella.

Ante ese choque, el malestar psicológico puede ser tan intenso que el cerebro busca protegerse: se relativizan los hechos, se cuestiona la fuente o se descarta directamente la información calificándola de exageración, conspiración o bulo. No tanto porque falten pruebas, sino porque aceptar su veracidad implicaría reconocer que el sistema en el que se confía (y del que se depende) también puede ser abusivo. Negar se convierte así en una forma de preservar la sensación de orden, control y estabilidad mental frente a una realidad que resultaría profundamente desestabilizadora.

Enlace al post 1 y enlace al post 2

Además, el sesgo de confirmación hace que busquemos pruebas que refuercen nuestra visión optimista del mundo, ignorando datos incómodos, mientras que el miedo subyacente (a la vulnerabilidad propia o a la fragilidad del sistema) impulsa una negación colectiva que preserva la ilusión de control y seguridad cotidiana.

Recuerdo otro programa, en esta ocasión desde ‘Mundo Insólito Radio’, en el que estuve hablando del narcisismo psicopático ese narcisismo que se enquista como una patología cuando se mezcla con poder real, y que enlaza directamente con todo lo que hemos hablado antes: la desensibilización por exceso de privilegios, la búsqueda de estímulos extremos para romper la monotonía y la erosión de la empatía que convierte a los demás en meros accesorios. El narcisismo no es solo vanidad superficial; en su versión patológica (como describí en esa charla con Juan Carlos) se trata de una grandiosidad cada vez más hinchada que oculta una autoestima frágil, una necesidad compulsiva de admiración y un sentimiento de superioridad que justifica explotar, manipular o humillar sin remordimientos. Estos individuos se creen únicos, protagonistas de un guion donde el resto somos extras prescindibles; fantasean con éxito ilimitado, poder absoluto y ser «especiales», y cuando el poder les da impunidad, ese culto al yo se convierte en el motor de sus abusos. No buscan placer común, sino control total que les haga sentir vivos en un mundo donde todo lo demás ya les aburre. En política, en élites económicas o en cualquier esfera de alto poder, este patrón se repite: el carisma inicial atrae seguidores, pero luego viene la manipulación, el victimismo fingido, el castigo intermitente (premio-castigo) y la creación de dependencias emocionales para mantener el dominio. Lo peor es que, como señalé, muchos no son conscientes del daño (o lo justifican como merecido) porque su lente es puramente egocéntrica: los demás existen para validar su grandeza o para ser sacrificados si amenazan su pedestal.

Este «culto al yo» -que, si nos fijamos, también se ve en el ciudadano de a pie adaptado a la sencillez de nuestros límites en comparación- amplifica la desensibilización que mencionábamos: lo que para cualquiera sería aberrante (abusos, transgresiones morales) se normaliza porque el yo patológico lo convierte en prueba de su excepcionalidad, sin frenos éticos ni empatía real. Y en entornos de poder, el sistema lo refuerza: aduladores, impunidad y admiración constante alimentan el ciclo, mientras que la crítica se percibe como ataque personal que hay que aplastar. Por eso, en casos como estos, el patrón narcisista aparece una y otra vez: figuras que se creen intocables, que explotan vulnerables sin culpa y que, cuando se les confronta, responden con rabia, negación o contraataque. Al final, como concluí en ese programa, el narcisismo sano (pues todos tenemos cierto grado) es útil, (en la medida que nos impulsa a crear o destacar desde la autosuperación), pero cuando se patologiza en el poder, se vuelve tóxico y destructivo, aislando al individuo en su burbuja de grandiosidad mientras el resto pagamos las consecuencias. 

En otra ocasión hablé de lo que el poder hacía a nuestras mentes —o más precisamente, a las de quienes lo ejercen en niveles extremos—, preguntándonos qué pasa en la cabeza de aquellos que nos gobiernan o controlan recursos descomunales, más allá de la casta política visible. No es solo arrogancia o corrupción; es un proceso que puede pudrirnos por dentro, cambiando irreversiblemente la forma de percibir la realidad, los demás y a uno mismo. El poder absoluto corrompe absolutamente, como decían otros, pero la psicología moderna lo ha estudiado con precisión: el síndrome de hubris (o hybris, del griego «desmesura»), propuesto por el neurólogo y exministro británico David Owen junto al psiquiatra Jonathan Davidson en 2009, describe exactamente esto. Es un trastorno adquirido (no innato) que surge del ejercicio prolongado de poder sin frenos, y que transforma a líderes razonables en figuras grandiosas, impulsivas y desconectadas. No está en manuales como el DSM porque no es un trastorno clásico, pero sí se observa en presidentes, CEOs, magnates y élites que, tras años en la cima, desarrollan un ego inflado que les hace creerse omnipotentes, intocables o incluso «elegidos».

Los síntomas clave que Owen y Davidson identificaron (y que, si se me permite la apreciación, he visto repetirse en casos reales) incluyen: exceso de confianza en sí mismos hasta el punto de la omnipotencia; desprecio por consejos o críticas (viéndolos como envidia o ataques personales); impulsividad y toma de riesgos temerarios sin evaluar consecuencias; pérdida progresiva de contacto con la realidad, distorsionando hechos para que encajen en su narrativa; identificación mesiánica con la nación, la empresa o la causa («sin mí esto no existiría»); preocupación obsesiva por la imagen y el lujo como reflejo de su grandeza; arrogancia y soberbia que les hace tratar a los demás con crueldad o indiferencia; victimismo cuando fallan («yo lo di todo»); y un complejo hubris-némesis donde creen ser la pieza indispensable, castigando a quien les desafíe o destaque. En política, finanzas o medios, esto se ve clarísimo: decisiones caprichosas, rodeados de aduladores que alimentan su burbuja, y un alejamiento total de lo cotidiano, donde ya no disfrutan lo simple porque nada les basta.

Lo que más inquieta es que este síndrome no es reversible fácilmente una vez instalado: el poder recalibra el cerebro, desensibilizando el sistema de recompensa y erosionando la empatía, como hemos hablado antes. Muchos líderes caen en depresión, ira descontrolada, adicciones o aislamiento cuando pierden el poder, pero los rasgos narcisistas persisten. La «cura» que sugieren los expertos pasa por la modestia activa, el agradecimiento genuino, rodearse de voces críticas reales (no peloteo) y no soltar nunca el contacto con la realidad mundana. Pero en la práctica, pocos lo logran: el cielo del poder es adictivo, y bajar de ahí duele tanto que prefieren pagar cualquier precio, incluso moral, por quedarse. Al final, el poder no solo corrompe; nos cambia de forma que, como preguntaba en ese programa, ¿volveremos a ser los mismos? 

Para muchos en la cima, la respuesta es no: se convierten en versiones distorsionadas de sí mismos, donde el Yo patológico reina y el resto somos prescindibles. Es un recordatorio brutal de que el verdadero peligro no está solo en quienes abusan, sino en cómo el poder nos transforma para que el abuso parezca natural.

En su piel

Si uno de estos pudiese hablarte, te diría:

No pienso en las personas como iguales. Nunca lo he hecho. Para mí, la mayoría son previsibles, emocionales y torpes. Funcionan por necesidad de aprobación, miedo al rechazo y culpa. Eso los hace manejables. Yo no me dejo arrastrar por nada de eso, y ahí está la diferencia.

Cuando alguien me habla de sus problemas, no siento compasión. Evalúo. Escucho para detectar inseguridades: miedo a estar solo, deseo de reconocimiento, culpa mal resuelta. Con eso basta. Por ejemplo, si sé que alguien teme perderme, puedo desaparecer unos días y volver justo cuando la ansiedad esté en su punto máximo. Después de eso, aceptará condiciones que antes habría rechazado. No lo vivo como crueldad, sino como una secuencia lógica.

La gente cree que las relaciones se basan en afecto. Yo las entiendo como intercambios desiguales. Me acerco a quien me aporta estatus, acceso o validación. Si alguien deja de ser útil —porque envejece, se vuelve exigente o empieza a cuestionar— lo desactivo emocionalmente: retiro atención, minimizo sus quejas, lo hago sentir exagerado o inestable. Al final, suele disculparse por haber molestado. Eso confirma que el control es mío.

No siento culpa cuando miento. Miento como quien ajusta una herramienta. Si exagerar un logro me coloca por encima, lo hago. Si negar un hecho me libra de consecuencias, lo hago. Si enfrentarme a alguien no me beneficia, finjo calma y empatía. Las emociones son un lenguaje que domino, no una experiencia que me atraviese.

Cuando alguien sufre por mí, no lo interpreto como daño causado, sino como debilidad expuesta. Si una persona se rompe porque la ignoro o la sustituyo, eso habla de su dependencia, no de mi responsabilidad. Cada uno es responsable de protegerse. Yo lo hago. Ellos no.

Me irrita profundamente que se espere de mí consideración o reciprocidad. No entiendo por qué debería sacrificar ventaja por el bienestar ajeno. La moral me parece un acuerdo entre personas que no pueden imponerse. Yo no necesito justificarme: obtengo resultados. Eso me legitima.

No busco intimidad, porque la intimidad implica límites. Prefiero admiración, miedo contenido o necesidad. Son estados más estables y mucho más útiles. Y cuando ya no funcionan, cambio de entorno. Siempre hay personas nuevas, más ingenuas, más impresionables, más fáciles.

Si te preguntas cómo alguien así puede pasar desapercibido, la respuesta es simple: no actúo como un monstruo. Actúo como alguien eficaz, seguro y emocionalmente imperturbable. En un mundo que premia el rendimiento y castiga la vulnerabilidad, eso no es una desviación. Es una ventaja evolutiva mal llamada trastorno.

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