miércoles, enero 28, 2026
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El Funeral Religioso en Huelva: Un Acto que será Ensombrecido por el Protagonismo Político y Real

En medio del luto por el trágico accidente ferroviario que cobró la vida de 45 pasajeros, Huelva se prepara para acoger un funeral religioso el próximo 29 de enero en honor a las víctimas. Sin embargo, lo que debería ser un momento de recogimiento y respeto hacia los fallecidos y sus familias se está convirtiendo en un escenario de maniobras políticas y reales, destinadas a pulir imágenes deterioradas a costa del dolor ajeno.

Recordemos el contexto: inicialmente se había programado un «funeral laico» de Estado para el 31 de enero. Pero, en un nuevo episodio que roza el ridículo, este acto fue suspendido o aplazado sine die bajo la excusa de garantizar una mayor asistencia de familiares. Esta justificación ha sido desmontada como totalmente falsa, tal como se detalló en nuestro artículo publicado el 25 de enero.

Paralelamente, el funeral religioso del 29 ya estaba organizado por iniciativa de las familias y comunidades afectadas, buscando un espacio de consuelo espiritual lejos de los reflectores políticos.

Pero el malestar generalizado de la ciudadanía, sumado al deterioro de la imagen de la Casa Real, ha cambiado el guion. Las críticas no han cesado desde la visita de los reyes a Adamuz, donde una foto infame capturó un momento de aparente desconexión con la gravedad del suceso. A esto se suman las declaraciones inoportunas de Felipe VI, quien minimizó la tragedia al afirmar que «estas cosas pasan», y otra imagen aún más bochornosa: la comitiva real riendo las gracias de Letizia en la puerta de un hospital donde yacían los heridos. Estos episodios han generado un rechazo masivo, obligando a la Casa Real a actuar con rapidez para revertir el daño.

En un giro calculado, la Casa Real ha anunciado su adhesión al funeral religioso, asegurando la presencia de los monarcas. Esta decisión no solo busca «meterles como sea» en el evento, sino que ha arrastrado a otros actores políticos. Representantes del Gobierno, junto con figuras como Bonilla y Feijóo, confirmaron su asistencia, a pesar de las protestas de muchas familias que no quieren que estén presentes. Estas, con razón, culpan directamente a los miembros del Ejecutivo por la negligencia que llevó a la muerte de los 45 viajeros. Los familiares han expresado su deseo de no compartir este espacio íntimo con políticos, viéndolo como una intrusión que roba el foco del verdadero propósito: honrar a los difuntos.

Por desgracia, el pronóstico para el acto es desalentador. Es probable que volvamos a presenciar escenas teatrales para las cámaras, como Letizia abrazando a familiares con lágrimas que muchos calificarán de falsas. No sería sorpresa que la consorte seleccione a una «víctima» específica para detenerse un buen rato, haciendo esperar al rey y a toda la comitiva, todo con el fin de proyectar una imagen de empatía exacerbada sin quitar el ojo del objetivo. Revistas, periódicos y televisiones ya preparan sus reportajes, convirtiendo el duelo en un espectáculo mediático.

Esta no es la primera vez que ocurre algo similar. Basta recordar el funeral religioso en la Catedral de Valencia por las víctimas de la riada en 2024, donde el respeto se diluyó en aplausos dentro del templo, autofotos de algunos asistentes sonrientes con los reyes y vídeos grabados con sus móviles mientras les estrechaban las manos. Comportamientos que los monarcas deberían rechazar tajantemente, ya que no se trata de una inauguración festiva, sino de un acto solemne por los muertos. En un templo, el respeto máximo debe primar sobre cualquier afán de popularidad.

Bien lo describió en su día el excuñado real: «Los veréis en los funerales llorar, abrazarse a los familiares que se irán a casa creyéndolos sin saber que les han servido de instrumento para lo único que les importa: reparar su imagen pública. De ahí ellos a palacio. A quitarse nada más llegar la ropa y a lavarse como si los hubieran abrazado leprosos. Y a cenar con apetito y a seguir decidiendo por nosotros el destino de todos nosotros porque son el poder REAL. Cenaran frente al televisor para ver qué tal quedaron, y se asegurarán de que Hola! tenga la fotografía más «sentida» de su actuación para la siguiente portada.»

Detrás de esta dinámica hay un cambio estructural en la Casa Real que agrava aún más el problema. Desde que se nombró a Villarino como jefe y se renovó el equipo de comunicación con personas cercanas a Letizia y de clara orientación progre como Marta Carazo y Rosa Lerchundi, las decisiones parecen priorizar la imagen personal sobre el protocolo y el decoro. Todo con la complicidad y el visto bueno del rey Felipe.

En definitiva, ¿por qué no respetar a los familiares y permitirles despedir en paz a sus seres queridos? ¿Por qué robar el protagonismo en un acto tan solemne? Este funeral religioso en Huelva debería ser un santuario de consuelo, no un plató para redimir reputaciones. Las víctimas y sus familias merecen, al menos, eso: silencio, respeto y privacidad en su dolor.

(Por Lourdes Martino)

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