domingo, enero 25, 2026
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El experimento de Privación Sensorial de McGill: ¿Qué pasaría si te pagaran solo por acostarte en una cama cómoda, sin hacer nada?

El Experimento de Privación Sensorial de McGill, también conocido como los estudios de aislamiento sensorial dirigidos por Donald O. Hebb en la década de 1950, constituye uno de los capítulos más impactantes y reveladores de la psicología experimental del siglo XX. Realizado en la Universidad McGill (Montreal, Canadá), este trabajo demostró de forma dramática hasta qué punto el cerebro humano depende de un flujo constante de estimulación sensorial para mantener un funcionamiento normal y estable.

Contexto histórico y motivación científica

A mediados de los años 50, durante la Guerra Fría, surgieron preocupaciones serias en Occidente sobre las técnicas de lavado de cerebro empleadas por Corea del Norte y China con prisioneros de guerra estadounidenses. Se rumoreaba que el aislamiento extremo, combinado con otras técnicas, podía alterar creencias y comportamientos de manera profunda.

Donald O. Hebb, psicólogo de gran prestigio y director del departamento de psicología en McGill, recibió financiación (incluyendo fondos de fuentes militares y gubernamentales) para investigar los efectos de la privación sensorial en la cognición humana. Su hipótesis central era que el cerebro necesita un nivel mínimo de input sensorial para mantener su organización y funcionamiento; sin él, se desorganizaría rápidamente.

Los experimentos comenzaron alrededor de 1954 y se extendieron varios años, involucrando principalmente a estudiantes universitarios voluntarios (muchos de ellos alumnos de posgrado del propio departamento).

Diseño del experimento

Los participantes eran pagados (alrededor de 20 dólares por día, una cantidad atractiva en esa época) para permanecer el mayor tiempo posible en condiciones de aislamiento sensorial extremo.

Las condiciones típicas incluían:

  • Cubiertas oculares translúcidas que impedían la visión de patrones, pero permitían algo de luz difusa (en algunos casos se usaron gafas completamente opacas).
  • Guantes y mangas de cartón que reducían al mínimo la sensación táctil y la propiocepción en brazos y manos.
  • Auriculares con ruido blanco constante para bloquear sonidos significativos.
  • Cama cómoda en una pequeña habitación o cubículo insonorizado.
  • Alimentación y necesidades básicas cubiertas sin que el participante tuviera que moverse o interactuar.

El objetivo era reducir al máximo el patrón sensorial significativo (patterned sensory input), no eliminarlo por completo (como se haría en una cámara anecoica total o tanque de flotación moderno).

Resultados principales

Los hallazgos fueron sorprendentes y en muchos casos alarmantes:

  • Tiempo de permanencia muy corto: La mayoría de los participantes no aguantaba más de 2 a 3 días. Muy pocos llegaron a 6 días, y ninguno superó significativamente esa marca de forma voluntaria.
  • Dificultades cognitivas rápidas: Tras pocas horas ya aparecían problemas para concentrarse, incapacidad para mantener líneas de pensamiento coherentes y fuerte deseo de estimulación intelectual (muchos pedían urgentemente escuchar cintas o hablar).
  • Alucinaciones vívidas: Uno de los efectos más espectaculares. Comenzaban como puntos de luz, líneas geométricas o formas simples (después de 12-24 horas), pero evolucionaban hacia escenas complejas, figuras humanas, animales, paisajes, incluso experiencias casi oníricas o terroríficas. Algunos participantes describieron alucinaciones auditivas y táctiles.
  • Alteraciones emocionales: Irritabilidad extrema, ansiedad, regresión emocional (comportamientos infantiles), inquietud incontrolable y, en algunos casos, estados cercanos al pánico.
  • Dificultad para volver a la normalidad: Tras salir, muchos reportaron que les costaba readaptarse al mundo normal durante horas o días; algunos describieron sensaciones de irrealidad o despersonalización transitoria.

Estos efectos se producían en personas mentalmente sanas, sin historia psiquiátrica previa, lo que hizo aún más impactante el resultado.

Implicaciones científicas y legado

Los experimentos de Hebb demostraron que:

  1. El cerebro no es un receptor pasivo de información, sino un órgano que genera activamente patrones cuando no recibe suficiente input estructurado.
  2. La privación sensorial extrema produce una hiperactividad compensatoria del sistema nervioso central, lo que explica las alucinaciones.
  3. La mente humana tiene una necesidad intrínseca de variedad y novedad sensorial para mantener la estabilidad psicológica.

Estos hallazgos influyeron en múltiples campos:

  • Psicología cognitiva y neurociencia (concepto de “arousal óptimo” y plasticidad cerebral).
  • Diseño de entornos espaciales y submarinos (NASA y armadas estudiaron privación sensorial para misiones largas).
  • Tratamiento de ciertos trastornos (posteriormente se exploró la privación sensorial controlada como terapia, aunque con resultados mixtos).
  • Ética en investigación psicológica (los experimentos de Hebb se consideran hoy éticamente problemáticos por el sufrimiento inducido).

También sirvieron de base científica para los controvertidos experimentos de Ewen Cameron en el mismo Allan Memorial Institute de McGill (parte del programa MKUltra de la CIA), que combinaron privación sensorial con electrochoques, drogas y “psychic driving”, aunque esos trabajos fueron mucho más extremos y abusivos.

El experimento de privación sensorial de McGill sigue siendo una poderosa demostración de que el aburrimiento extremo es insoportable para el ser humano y de que nuestro cerebro está diseñado para un entorno rico en estímulos. Lejos de ser un estado de paz, la ausencia casi total de input significativo convierte la mente en su propio generador de caos.

Como dijo uno de los participantes al salir: “No es que no hubiera nada… es que mi cabeza empezó a llenar el vacío con cualquier cosa”. En un mundo actual lleno de pantallas y distracciones constantes, el trabajo de Hebb nos recuerda paradójicamente lo contrario: que una mente sin desafíos ni novedad también puede “pudrirse” lentamente, aunque de forma menos dramática.

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