En el corazón de la monarquía noruega, un escándalo de proporciones históricas ha expuesto las grietas de una institución que se presentaba como moderna y cercana al pueblo, pero que en realidad oculta una serie de privilegios, encubrimientos y decisiones más que cuestionables. Marius Borg Høiby, el hijo mayor de la princesa Mette-Marit, se enfrenta a un juicio en febrero de 2026 por 32 cargos graves, incluyendo cuatro violac¡ones, maltrat0s, filmación ilegal de mujeres sin consentimiento, amenazas de muerte y vandalismo. Si es condenado por los delitos más serios, podría pasar más de 10 años en prisión. Este caso no solo revela la conducta criminal de un joven de 28 años con un historial de dr0gas sino que también pone en evidencia cómo la familia real noruega, liderada por el príncipe heredero Haakon, ha intentado barrer bajo la alfombra las «fechorías» de su hijastro durante años.

Mette-Marit, la madre de Marius, surgió de un ambiente humilde y bastante controvertido. Antes de convertirse en princesa, trabajaba como camarera en Oslo, inmersa en un mundo de fiestas salvajes donde las dr0gas eran moneda corriente. Ella misma admitió públicamente su «pasado disoluto» y su coqueteo con sustancias ilegales antes de conocer a Haakon. Su hijo Marius nació en 1997 de una breve relación con Morten Borg, un delincuente convicto, quien estaba en prisión al momento del nacimiento. Borg, un padre ausente inicialmente, tenía un historial criminal que incluía vínculos con el tráfico de estupefacientes, lo que añade una capa de ironía a la narrativa de redención que la monarquía noruega vendió al público.
Sirva como anécdota o recordatorio que Mette-Marit tenía una amistad cercana con Eva Sannum, la exnovia del entonces príncipe Felipe de España (actual rey Felipe VI). Sannum, una modelo noruega, mantuvo una relación con Felipe entre 1997 y 2001, un romance que causó revuelo en España por el origen plebeyo y el trabajo de Sannum en publicidad y modelaje. Mette-Marit y Sannum se movían en círculos sociales similares, y la boda de Haakon y Mette-Marit en 2001 fue el escenario donde Felipe y Sannum aparecieron públicamente por primera vez como pareja. Esta conexión transfronteriza subraya cómo las élites reales europeas comparten redes de amistades que a menudo rozan lo controvertido, lejos de la imagen inmaculada que proyectan.

La familia real noruega, particularmente los príncipes Haakon y Mette-Marit, ha sido acusada de intentar ocultar los graves delitos de Marius. En 2022, la policía ya había advertido al joven sobre su uso de sustancias, posibles vínculos con el crimen organizado y los riesgos de seguridad que representaba para la realeza. Sin embargo, estas advertencias no derivaron en acciones inmediatas, lo que sugiere un encubrimiento implícito. Diversas fuentes indican que la policía y el palacio real minimizaron incidentes previos, como arrestos por violencia y drogas, para proteger la imagen de la monarquía. Incluso después de sus arrestos en 2024 y 2025, la familia real ha mantenido un silencio estratégico, limitándose a decir que es un «asunto para la corte», mientras que víctimas y críticos denuncian la lentitud judicial y el impacto en la confianza pública. Varias mujeres, presuntas víctimas de la violencia de Marius, se pusieron en contacto con los príncipes para contarles los episodios que sufrieron con el joven pero todo lo que recibieron fue un silencio ensordecedor.
Haakon merece una crítica especialmente dura por su decisión de casarse con Mette-Marit en 2001. ¿Qué impulsó al príncipe heredero a unirse a «semejante elemento», una madre soltera con un pasado oscuro, vínculos con delincuentes y un historial de dr0gas? Esta unión fue vendida como un «toque moderno» para la monarquía, y una parte del pueblo noruego la aplaudió, argumentando que humanizaba a la realeza y la acercaba a la gente común. Pero esta percepción ingenua ignora los riesgos inherentes: al integrar a alguien con tal bagaje, Haakon no solo expuso a la familia real a escándalos futuros, sino que perpetuó la hipocresía de una institución que predica valores mientras tolera comportamientos destructivos en su seno. Encuestas recientes muestran una caída en la popularidad de la monarquía noruega, con el público cuestionando si estos «toques modernos» no son más que una fachada para privilegios irresponsables.
Pero esta crítica no se limita a Noruega; las monarquías europeas en general son un anacronismo plagado de escándalos que revelan su obsolescencia. En España, Letizia Ortiz, una periodista divorciada convertida en reina, ha enfrentado alegaciones de infidelidad con su excuñado Jaime del Burgo, quien afirmó que mantuvieron una relación antes y después de su boda con Felipe VI en 2004. Su pasado polémico, los escándalos de familiares de su entorno, su matrimonio con un rey cada día más cuestionado y la figura de su suegro, quién abdicó en medio de corrupciones financieras (Juan Carlos I), subraya la misma hipocresía: se presenta como una monarquía «renovada», pero está envuelta en conflictos personales, ideológicos y financieros que desgastan la confianza pública. Otras casas reales, como la británica con sus divisiones familiares y el monumental escándalo del expríncipe Andrés en el caso Epstein o la familia belga con hijos secretos, demuestran que estas instituciones sobreviven gracias a encubrimientos y un aura de intocabilidad, no por mérito real.
¿Cuánto más tolerarán los ciudadanos europeos estos relictos feudales que cuestan millones mientras acumulan escándalos?
(Por Lourdes Martino)

