Por Alfonso de la Vega
«Si no hubiera venido un tren en dirección contraria no estaríamos hablando de víctimas de ninguna clase» (Declaraciones del Excelentísimo Señor Óscar Puente, ministro de Transportes y Movilidad Sostenible de la Corona).
El otrora próspero reino de España se va deslizando por el tercermundismo más absoluto debido a la incompetencia y corrupción que desbordan el vertedero borbónico. Un mundo al revés en el que toda atrocidad tiene su asiento y además habitualmente queda impune. La extensión de corrupción material y del entendimiento se ha convertido en un nuevo Moloch que requiere sacrificios de sangre de víctimas inocentes. O ya no tan inocentes con carácter general cuando se suceden las fechorías, los desfalcos, los abusos nacionalistas, los atropellos a la constitución, a la razón y a los derechos civiles y ¡no pasa nada!
Otras veces la cosa mueve incluso a tomárselo con humor como la de la compra de trenes que no caben por los túneles. O con paciencia de santo por los retrasos y averías habituales. Pero el tremendo siniestro ferroviario de Adamuz propio del tercer mudo está aún por aclarar, si es que al final se aclara dado otros precedentes anteriores, aunque ya haya algunas pistas importantes: las repetidas denuncias sobre el mal estado de las infraestructuras en la zona del siniestro que habían sido elevadas a la cadena de responsabilidad. Se habrían realizado reparaciones durante estos últimos meses sin que por lo que se ve se hubieran solucionado los problemas. La aparición de un tramo de raíl faltante junto a una soldadura lo que pudiera ser debido a un fallo de ella acaso pudiera ser una explicación del descarrilamiento. Convendría hacer público qué empresas han participado en las reparaciones, con qué presupuestos y en qué condiciones de adjudicación y operación. Se precisan auditorias operativas y financieras que «sin bulos» dilucidasen responsabilidades técnicas, empresariales y políticas pero también quizás penal para algunos de los implicados, lo que deberán aclarar los tribunales.
Sin embargo, por triunfalismo oficial WOKE que no quede. Según la web de Adif:
“Somos una entidad pública empresarial adscrita al Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible. En Adif ejercemos un papel principal como dinamizador del sector ferroviario, haciendo del ferrocarril el medio de transporte por excelencia y facilitando el acceso a la infraestructura en condiciones de igualdad. Teniendo en cuenta que esta es nuestra actividad principal y asumiendo el marco legal que nos es de aplicación, hemos concretado nuestros principios en siete puntos:
- Inclusión y justicia.
- Prosperidad de las personas.
- Excelencia en el servicio.
- Igualdad y transparencia.
- Responsabilidad con los recursos.
- Innovación e intra-emprendimiento.
- Capacidad de transformación.
Conócenos”
Conocer sí que nos vamos conociendo. Con gentes tan ilustres y preparadas como algunas de su elenco investigadas por la Justicia ¡qué puede salir mal! Más allá de la verborrea estupefaciente de unos y otros o de otras y unas, cifras asombrosas de miles y miles de millones públicos se barajan como simple calderilla, pero ¿a dónde van esas prodigiosas sumas? La descomposición avanza imparable con un futuro negro para la juventud. La Sanidad cada vez está peor, no hay viviendas nuevas, las infraestructuras se deterioran sin mantenimiento suficiente, los índices de miseria aumentan… No obstante, el presidente del gobierno de Su Majestad puede aprobar créditos mil millonarios para proyectos ferroviarios en Marruecos, Egipto e incluso ¡Uzbekistán!
Una de las antiguas virtudes perdidas con la Monarquía borbónica es la noción de servicio público, de responsabilidad moral hacia los administrados. La concepción de que un puesto político, funcionarial o de puertas giratorias no debe ser un momio, un tapabocas, un botín, un derecho de pernada para ligar, enriquecerse y someter a la gente que tiene la desgracia de caer bajo su poder, sino que requiere honradez, competencia personal, técnica y moral. El asunto adquiere características dramáticas cuando ascienden al poder gentes sin escrúpulos, motivadas por la codicia, el ansia de rapiña o el resentimiento de la envidia igualitaria. Gentes que se creen con derecho a robar y avasallar como una especie de compensación por su frustración personal o social.
Sin auténtica vocación de servicio, sin someter su conducta a los principios superiores de orden espiritual, moral o jurídico, la prioridad se encuentra entonces en mantenerse en el poder a toda costa. Y esto es común en un Felipe VI, un Sánchez, una Susi, una Yoli, un Feijoo, un Puigdemont, un Otegui, un Illa, un Junqueras, un Rufián,… en “un suma y sigue” de una casta política inepta y parasitaria de la nación y de sus súbditos.
Sin embargo, por desgracia más pronto o más tarde al final se produce el descarrilamiento. Todo un símbolo del terrible proceso en el que estamos, que no se puede descalificar como «bulo» o «desinformación». Ni tampoco es aceptable la solicitada unidad con los corruptos o los ineptos.
Durante la época de los virreinatos se instauraron los llamados juicios de residencia en virtud de los cuales quienes dejaban el cargo debían someterse a una investigación sobre su desempeño. La principal defensa pública frente a la corrupción se encuentra en la integridad moral e intelectual de la persona que ejerce la autoridad, pero no cabe duda que un ordenamiento jurídico que lo dificulte y el ejercicio de una auténtica Justicia independiente y con sentido del honor ayudan.
Resulta motivo de esperanza y cabe congratularnos de que la bondad, la solidaridad, la fraternidad, no han desaparecido del pueblo español más noble. De esa España tradicional y así se ha demostrado también esta vez con los vecinos que han ayudado a socorrer a las víctimas.

